Archivos Mensuales: octubre 2010

“El anacoreta”.Un personaje de teatro.Una película.Una lúcida fábula sobre la libertad humana.

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 Juan Estelrich   El Anacoreta aka The Anchorite (1976)

El anacoretaEL ANACORETA ***Click the image to open in full size.

 Juan Estelrich   El Anacoreta aka The Anchorite (1976) Juan Estelrich   El Anacoreta aka The Anchorite (1976)


En el Blog,tras personajes,reales y literarios que se evadieron del mundo de muy diversas formas ,un personaje de ficción,español y cinematográfico.”El anacoreta” del trío creativo formado por Azcona,Estelrich,y Fernán-Gómez.

Un hombre, cansado de la pompa y la vanidad de la vida y en pleno uso de sus facultades mentales, decide encerrarse en el cuarto de baño de su casa. Allí encuentra la comodidad y la libertad que buscaba. De vez en cuando da noticias suyas al exterior mandando mensajes por el inodoro. Cuando lleva once años encerrado, uno de sus mensajes llega a manos de la bellísima Arabel Lee…

El único largometraje dirigido por Juan Estelrich y una de las más curiosas, apasionantes y fascinantes películas en la historia del cine español. Es la historia de un hombre (genial, divertido, único Fernán Gómez) que vive como un anacoreta, encerrado durante 11 años en el cuarto de baño, el cual ha amoldado como si de un apartamento se tratase. Solo se comunica a través de mensajes lanzados a través del retrete, hasta que uno de ellos llega a la bella Arabel Lee (Martine Ando), la cual decide conocerle y convertirse en su reina de Saba.
“El anacoreta”, situación tras situación, deviene en un feroz surrealismo que concluye en una reflexión sobre los dos sexos, surrealista también. Estelrich y Azcona hacen un guión espléndido dónde se alcanzan cotas de magnífico y magistral realismo tragicómico y cotas de kafkiana brillantez y divertido sarcasmo.
La película pregunta en voz alta: ¿Quién es más libre y lúcido: el anacoreta o los demás, que acaban allí, encerrados con él, dependientes de él, falseados en su hueca independencia?; ¿Quién es, pues, transitoriamente más feliz: el anacoreta o los demás?. Y hay que ver que los demás que conviven con él son su propia mujer, la chacha y el amante consentido de su mujer.
“El anacoreta” es, aunque no lo parezca, una historia de amor imposible, hermosa, surrealista, hermética, a la par que amplia. Regada de golpes de humor geniales (la segunda visita de Anabel con el amante en la bañera, la visita del coro flamenco, esos chándals de Fernán Gómez…) es una obra maestra de nuestro cine, una anacoreta en su estilo desmañado, poco académico, pero realmente medida y calculada al milímetro para acabar siendo un (anti)clásico de nuestro cine, un film de culto.Montada para el lucimiento de Fernán Gómez, es una película tiene tres padres, Rafael Azcona, Juan Estelrich y el propio Fernando Fernán Gómez, convierten una idea original, un estudio sobre la soledad, en una gran comedia tragicómica, un sainete en el que lo grotesco roza una humana poesía y en ocasiones el clásico esperpento.

Fernando Fernán Gómez interpreta a un “anacoreta laico”, escéptico y socarrón en esta tragicomedia de Rafael Azcona, que logra redactar un sólido manifiesto visual de costumbrismo mágico y libertario. Un cuarto de baño es convertido en recinto poético de las utopías fracasadas (hay referencias al fracaso del marxismo) en el que Fernando Tobajas se aísla del mundo exterior, a medio camino entre el anacoreta clásico y el “hikikomori” de la era electrónica. Además del desencanto ante la posibilidad de una revolución política, el desenlace del film quizás también quiere representar el destino del artista y la imposibilidad de redención por el amor. Martine Audo (Arabel Lee), una intérprete prácticamente inédita, viene a ser aquí algo así como la sombra moderna de Beatriz y proporciona las inevitables referencias al destape.

Sinopsis:


Un hombre de cierta edad, Fernando Tobajas, decide cierto día vivir en el cuarto de baño, que ha modificado de forma que parezca un pequeño apartamento y no salir nunca de él.
Es un hombre que ha renunciado a todo, excepto a su vanidad y sus contactos con el mundo se reducen a las visitas de los amigos y a los mensajes que envía encerrados en una botella, por el retrete con la esperanza de que alguien lo reciba y sepa así que él existe.
Arabel Lee, una chica preciosa, encuentra uno de estos mensajes; uno en el que este moderno anacoreta hace una reflexión sobre San Antonio y la Reina de Saba.
Arabel, decide visitarle y jugar a ser la Reina de Saba.
El amante de la chica, que no se resigna a perderla, ingenia un sistema para recuperar a Arabel; deja al anacoreta a solas con ella, sin servicio y sin dinero.
Ambos descubren que la relación no durará mucho: Fernando, fuera del baño, sería un tipo vulgar y sin ningún interés y, por otra parte, ¿Cómo ofrecería a Arabel el tren de vida al que ella está habituada?


http://www.youtube.com/watch?v=9KGQzx2Tf_0

http://www.youtube.com/v/9KGQzx2Tf_0?fs=1&hl=es_ES

Tal vez se pueda encontrar en este site:

http://www.patiodebutacas.org/foro/showthread.php?t=4895

http://rapidsharedownloadz.com/119984-el-anacoreta-1976.html

La crítica de  Fej Delvahe:


Esta película es en verdad una obra de teatro filmada, toda ella se representa en un cuarto de baño, donde un hombre se ha recluido de por vida. Y es una obra de teatro con mucha enjundia filosófica, se nota el ingenio del guionista Rafael Azcona en toda ella. De principio a fin hay que estar atentos al constante discernimiento sobre la tentación o las fuerzas poderosas (ya vitales ya de intereses de todo tipo) que tientan al ser humano que se ha marcado un objetivo de ir contracorriente.
Cuenta G. Flaubert en su novela “La Tentación de San Antonio” que siendo éste un anacoreta en el desierto de Egipto, se le apareció en visión cautivadora la bella Reina de Saba, quien le dijo al santo: “Si posas un dedo sobre mi espalda, sentirás un reguero de fuego en tus venas. La posesión de la más pequeña parte de mi cuerpo te hará más feliz que la conquista de un Imperio. Mis besos tienen el gusto de un fruto que se funde en el corazón. Embriagado por el aroma de mis senos, arrobado en la contemplación de mis miembros, abrasado en mis pupilas, te sentirás arrastrado por un torbellino”. San Antonio logró con una simple señal de la cruz, quizá por ser una visión, no una mujer de carne viva y sabrosa, que la tentadora Reina se fuera huyendo. Pero el anacoreta de este film, o cualquier otro hombre, ¿resistiría a la imantadora Reina de Saba si se presentara en el lugarcito donde uno se ha apartado del mundo, y nos camelara con sus encantos poderosos y la intención de hacernos salir de nuestra opción de ser distinto para conducirnos a ser como la mayoría: o sea uno más de los que nos volvemos locos ante la visión de dos tetas firmes y nos vamos de cabeza al matadero del “matrimonio” y luego a esclavizarnos como borregos para sostener el tinglado económico-sexual donde hemos caído? Aquí está el meollo de esta obra de J.Estelrich y R.Azcona.
La película está magistral y filosóficamente compendiada entre dos máximas: la primera de Anatole France: “En aquellos tiempos [siglos III-IV d.C.], todos los desiertos estaban llenos de anacoretas”, y la segunda del propio personaje, el anacoreta laico de este film, Fernando Tobajas: “Vendrán tiempos en que todos los retretes estarán llenos de anacoretas”. Como puede apreciarse son máximas con un mismo quid de la cuestión que ha cambiado de sentido y hay que captar su profundidad reflexiva.
Mención especial para la actriz que hace de Arabel, la bella tentadora e irrepetible Martine Ando, quien muestra su preciocísimo cuerpo desnudo. ¿Logrará esta “carne espléndida” sacar al bueno de Fernando F. Gómez de su pachorra espiritual? Esto sólo se sabe viendo entera esta lúcida y agudísima obra de teatro-película, que ha sido muy desconsiderada por los críticos; si la hubiese firmado Mornau, Tarkovsky o Almodóvar, sin cambiar un ápice del guión y con el mismo escenario y simplicidad, llevarían algunos especialistas cinematográficos, unos treinta años, lanzándole alabanzas hasta la saciedad de todas las saciedades.

Según cuenta Juan Estelrich (hijo) en su conferencia sobre la película El anacoreta, pronunciada en El Escorial con motivo de la celebración de los Cursos de Verano que la Universidad Complutense de Madrid realiza allí cada año, el origen de la película radica en el proyecto que Alfredo Matas le propone a su padre para realizar una película con catorce millones de pesetas. “Para eso hago una peli seria, aunque tenga que rodarla en un cuarto de baño” dijo Azcona. Dicho y hecho. Azcona comenzó a escribir el guión junto con Juan Estelrich, basado en el libro de Flaubert titulado La tentación de San Antonio, pero como no tenían un gran presupuesto, sustituyeron el desierto por un cuarto de baño y a San Antonio por Fernando Fernán Gómez, que accedió a hacer la película encantado. La figura de la reina de Saba fue encarnada por la bella modelo Martine Audo, que debutó como actriz en esta coproducción francesa.

En esta película las tentaciones son, principalmente, el amor, (La reina de Saba) y el dinero, el poder, representado por el marido de Anabel Lee (el famoso actor francés Claude Dauphin). Siguiendo la idea de Buñuel, buscaron una música accidental para la película, que no surgiese de la nada, sino que estuviese dentro de la acción de la misma. A pesar del poco presupuesto con el que contaban para hacer la película, El anacoreta logró recaudar una gran suma de dinero, ya que estuvo 25 semanas en cartel, algo insólito para la época. El encanto de la película reside en la gran cantidad de planos que se toman para realizarla, a pesar de haberse rodado en un espacio muy pequeño, sin que la película resulte por ello agobiante y aburrida.

http://www.starscafe.com/es/pelicula/el-anacoreta.aspx?e=fernando-fernan-gomez-actor

http://www.imdb.com/title/tt0074142/

http://www.filmaffinity.com/es/reviews/1/777844.html

http://artemisa.zonalibre.org/archives/096375.html

http://cliponload.com/2010/09/10/juan-estelrich-el-anacoreta-aka-the-anchorite-1976/

http://cliponload.com/2010/09/10/juan-estelrich-el-anacoreta-aka-the-anchorite-1976/

http://win7dl.com/movies/148315-el-anacoreta-1976.html

LLum de la Selva.Un eremita de Sabadell.Divulgador del ecologismo,naturismo y pacifismo.Un librepensador centenario

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En el Blog un personaje que ha sido calificado por alguno como “el último Patriarca”,por su aspecto y por la fascinación que ejerció especialmente en los años de la Transición.Se trató de un personaje envuelto en misterio .Del que no se tienen todos los datos.Según parece no tenía documentación oficial.No estaba “inscrito” en los registros públicos y no tenia DNI.Tampoco tenía propiedades aunque durante más de setenta años trabajó unas tierras en un paraje de Sabadell (Barcelona).Reunió en torno a su huerta,que era en los últimos años más una “selva” que otra cosa, a todo tipo de de personas chicos y mayores,artistas y chavales de barrio que le “seguían” y escuchaban sus “batallitas”,entre fascinados y asombrados.Cuentan las crónicas que de joven tuvo mucha vitalidad y que araba las tierras con una mula y mucho entusiasmo.Probablemente tuvo varias parejas ,pero las crónicas sólo aseguran la existencia de una.Fue pionero en la introducción en España del Naturismo ,vegetarianismo y todo tipo de doctrinas orientales.Durante años se aisló de un mundo que consideraba como muy hostil.Su huerta,su “jardín”,fue su único entorno durante muchos años,pues se autoabastecía y no ponía un pie en la ciudad. Se vió rodeado de todo tipo de personas que hacían que su soledad,en los años de vejez extrema, no fuera más que una quimera.En alguna ocasión ,se dejó llevar a la ciudad,le impresionó especialmente la película “Los Diez Mandamientos”.Practicaba el trueque y aceptaba de buen grado todo tipo de regalos y donaciones ,aunque luego criticara con sorna,el materialismo de muchos de sus visitantes.

En una ocasión pude comprobar la lucidez de su mente,tenía ya una edad cercana a los 100 años,pues intentaron engañarle en un trato (al final revendía algunos productos) y les afeó su conducta con un “¿Te piensas que he nacido ayer?”,muy oportuno.También recuerdo todo tipo de anécdotas referidas a su relación con la política (era de ideología anarquista),la religión ( aceptaba todo sin apoyar claramente nada) ,aunque le tenía cierta inquina a la Iglesia Católica ,tal vez por experiencias vividas en su juventud.

Recuerdo muchas más pero me voy a limitar a transcribir las que he encontrado en la red .Están bien redactadas y concuerdan con lo que yo recuerdo del personaje.Es una ventaja que no voy a dejar de aprovechar.No dejó,que se sepa obra escrita.Pero la cantidad de anécdotas seguramente daría para un buen libro.En Sabadell el Ayuntamiento le dedicó una calle con el nombre por el que fue tantos años conocido.



La noche de reyes de 1877 nació en Barcelona, Isidro Nadal Baques, más conocido por “Llum de la Selva”. Pronto se hizo vegetariano y viajó por España y Europa. Junto con tres amigos fundó en 1925 la primera sociedad naturista de España y colaboró en la revista Pentalfa que fue pionera del movimiento pacifista, ecologista y vegetariano español. Esta revista decía en su portada: “No tiene tendencia política, social ni religiosa; combate los vicios del alcohol, tabaco, carnes, tóxico, la prostitución y la pornografía.”
Llum de la Selva “compró”,es decir ,se instaló en un terreno en Sabadell y en él vivió unos 70 años sin la ayuda del exterior, sin dinero y sin electricidad, sólo de las frutas y verduras que cultivaba.
El 23 de diciembre de 1983, en la Colonia de Plana Bella (Tarragona), murió a los 106 años y próximo a cumplir los 107.
En 1980 fue entrevistado por Interviú y entre otras cosas declaró:
“A mi no me interesa vivir muchos años; nunca me ha interesado. Lo que me ha interesado es el camino y que éste haya sido agradable, sin enfermedades, sin pesadillas, sin angustias.”


Ecologista “avant la lettre”, místico en la pujanza de tiempos seculares, crudívoro cuando los naturistas eran cuatro sin tambor, indio en medio de la espesura de asfalto… no hizo grandes campañas, no acuñó proféticas frases, no promovió innovadoras revoluciones. Se sentó bajo una higuera y allí permaneció durante decenas de años. Nadie osó tocar en Sabadell el “Jardín de la amistad”, que aún en nuestros días perdura.



Nariz de pícaro, mirada de duende, barbas de sabio y corazón adelantado a su tiempo: ciento seis años testimoniando lo que entonces bien pocos alcanzaban a comprender. Ecologista “avant la lettre”, místico en la pujanza de tiempos seculares, crudívoro cuando los naturistas eran cuatro sin tambor, “indio” en medio de la espesura de asfalto…, no hizo grandes campañas, no acuñó proféticas frases, no promovió innovadoras revoluciones. Se sentó bajo una higuera. Allí estuvo durante decenas de años. Un buen día vio aparecer en su horizonte las grúas que le irían acorralando. Nadie osó tocar en Sabadell un “Jardín de la amistad”, que aún en nuestros días perdura. La higuera ha muerto, pero su ejemplo sigue vivo. Un mundo tan acelerado como el nuestro corre el riesgo de perder la memoria. Tan volcados hacia el futuro podemos olvidar con facilidad a los que nos precedieron, a quienes allanaron el presente de pies más hincados en la tierra, de mayor conciencia de lo mistérico y lo trascendente, que ahora disfrutamos. Pocos jóvenes de nuestros días inclinados a la ecología, al naturismo, a la Vida que cada día palpita con más fuerza tras la vida, conocen la historia del Isidre Nadal (Barcelona 1877-La Galera 1983), el abuelo “Llum”, que plantó su ejemplo y su jardín en medio del asfalto de la segunda mitad del siglo pasado.

La revista “Más Allá” (he encontrado quien lo refiera pero no el número y la fecha) lo reflejó así:

El Jardín de la amistad”

Este lugar en el que el abuelo pasó setenta años de su vida y que se encuentra a las afueras de Sabadell, junto al barrio de Can Rull, no era ningún parque temático, no constituía ninguna compleja instalación de acogida. “El Jardí de la amistat” era un terreno rodeado de avellanos en el que se podía encontrar una rústica cabaña que habitaba él y su compañera, una huerta bastante salvaje por aquello de no controlar en exceso a la naturaleza y campo sin labrar con multitud de árboles diferentes: higueras, almendros, palos santos, olivos, laureles, manzanos… A la entrada destacaba un chumbera de tres metros de alta. Aquello no era siquiera un vergel bien cuidado, sin embargo, desde los años sesenta, el carisma del anciano movía oleadas de gentes inquietas hasta sus puertas.

“Llum de la Selva” (Luz de la Selva) o “Avi Llum”, (Abuelo Luz) como también gustan de evocarlo sus amigos catalanes, era todo un adelantado a su tiempo, uno de esos seres destinados a despejar caminos por donde después transitarán los humanos. El abrió sendas a la vida natural y comunitaria, a un forma de encarnar la espiritualidad de forma espontánea y no circunscrita al dogma.

Como no podía ser de otra forma, su “iluminación” aconteció en plena huerta. Cuando menos se lo esperaba se vio sorprendido por un deslumbramiento interno. Así describió aquel trance: “Sólo fueron unos instantes vibrantes de luz y cuando abrí los ojos, el mundo ya era diferente: los colores más intensos, el aire más limpio y una sensación de alegría me embriagaba totalmente. Me di cuenta de que había comprendido algo muy importante. Entonces sonó una voz dentro de mí: ‘Todavía hay muchas cosas que no sabes. La Luz que acabas de ver, no todos la recibirán. Es la Luz del Padre, el resto es oscuridad…’” Fue entonces cuando decidió llamarse “Llum de la Selva”, porque sus ojos comenzaron a ver “cosas” que antes no había percibido. Podía contemplar, por ejemplo, colores alrededor de la gente y observar como éstos se trasformaban según las personas cambiaban de emoción.

Sólo dejó cartas escritas, nada de manuales, ni libros. Se limitó a vivir de acuerdo a sus profundas convicciones de amor y sumo respeto a la Madre Naturaleza . Los domingos el “Jardín de la amistad” era un hervidero de gente en torno al sabio anciano. Llegaban multitud de jóvenes y mayores de los más diversos orígenes, con el deseo de abrevar en su sencilla y práctica enseñanza. Relajación, charla bajo la higuera y comida campestre, por supuesto vegetariana, constituían el programa de aquellos días festivos que sus amigos recuerdan aún con verdadero candor. Entre los relatos y anécdotas intercalaba trozos de su vida, de su propia biografía que decía “estaba aprendiendo a olvidar”. A los nuevos el anciano les brindaba siempre un particular bautizo, otorgándoles un nombre de flor o árbol. Era su particular forma de “iniciación”.

Llum de la Selva no tenía otra propiedad que su biblioteca. En ella se podían encontrar títulos de Aurobindo, Gandhi, Blavatsky, Krishnamurti… El huerto apenas le daba trabajo pues lo mantenía en un estado semisalvaje, los pájaros y niños del barrio cercano también se nutrían de sus propios cultivos.

A su forma, Llum fue el último patriarca de la era de Piscis, profeta de pocas palabras, pero las suficientes para revelar los tiempos venideros. Ya en los años sesenta hablaba del nacimiento del hombre de la “nueva era”, de la “era de acuario”, una nueva generación de seres más conscientes que poblarían de nuevo la Tierra. A sí mismo se consideraba un “ermitaño cósmico”, el último representante del mundo antiguo.


Isidre Nadal

Con el testimonio de unos y otros amigos del “Avi” de la comarca barcelonesa del Vallés, hemos ido reconstruyendo una biografía, por lo demás no exenta de lagunas e incluso alguna confusión, que el propio Llum optó por mantener.

Los primeros años de su vida representan por ejemplo una incógnita, pues no encontramos consenso total en cuanto a la fecha de su venida al mundo. La mayoría de las informaciones recogidas apuntan, no obstante, a que nació el día de Reyes de 1877. Cuando Llum se refería a su nacimiento, decía que fue abandonado en una cesta, “cual Moisés”, en un oscuro rincón del puerto de Barcelona. Unas monjas recogieron a quien con el paso del tiempo se vendría a llamar Isidre Nadal. Isidre venía por lo de patrón de los labradores y Nadal por el gusto del chaval por la Navidad. Conservó este nombre hasta que se colgó el de “Llum de la Selva”, es decir Luz de la Selva, un nombre más acorde con su vocación de guía y “faro” entre los humanos.

Las religiosas le internaron en un orfanato del que terminó huyendo. A los catorce años se puso a trabajar y enseguida se vio seducido por las corrientes anarcosindicalistas del momento. Hay incluso quien afirma que vivió también su etapa de “petardero” en aquel tiempo convulso y de tantos sobresaltos sociales. Se las ingenió para eludir el servicio militar, cuando la defensa de las colonias se pagaba en sangre y fuego.

Fue seguidor de Ferrer Guardia, sin embargo, con el tiempo, su inclinación por la naturaleza debió de ser más fuerte que por el laicismo y la subversión popular. Pronto retornó a un campo que no abandonaría por el resto de su prolongada vida. Su conocimiento de la naturaleza le debió granjear la confianza de algún potentado payés que lo puso de capataz. Parece que estuvo también al frente de una de las comunidades agrarias que entonces proliferaban. Fue toda su vida un autodidacta, no tuvo acceso a estudios formales, pero a menudo comentaba que su tiempo libre lo dedicaba a la lectura, a menudo a la luz de unas pobres velas.

En los años veinte fundó junto a otros amigos la “Sociedad catalana de naturismo” y colaboró con al revista “Pentalfa”, pionera del movimiento pacifista, ecologista y naturista de nuestro país. Se dice que llegó a mantener también correspondencia con el propio Tolstoi.

Sus prácticas contrastaban con la mentalidad de la época. Cuenta la leyenda que en un periódico catalán de comienzos de siglo apareció con un grupo de amigos en plena estampa nudista, generando el consiguiente escándalo. En más de una ocasión debieron también de salir corriendo, pues las fuerzas puritanas del momento les perseguían a tiros cuando tomaban el sol desnudos. El espíritu libertario lo conservó, de todos modos, a lo largo de toda su vida. El ejemplo más evidente es que nunca tuvo un carnet de identidad en su bolsillo.

Con su compañera Carmen formó un peculiar hogar y se instalaron en su “Jardí” a las afueras Sabadell. Con sus propias manos levantó la cabaña y cultivó la huerta. De ese limitado espacio apenas saldría en setenta años. Durante todo ese tiempo la pareja vivió sin necesidad de apenas nada del exterior, cuál naúfragos en una isla en medio del asfalto. Hicieron muy poco uso de dinero, pues tenían su propia huerta y casi no utilizaban aparatos. No tenían luz eléctrica, no dependían del exterior.

Nacerán antes las flores”

Pocos años antes de su muerte fue llevado a Tarragona. Su compañera de toda la vida ya había partido y quienes le rodeaban entendieron que necesitaba de cuidado y protección. Dos jóvenes riojanos, que él bautizó como Clavel y Clavelina, le acogieron en su casa cercana a Puebla de la Galera, en la colonia Plana Bella de Tarragona.

Jordi Maluquer vivió muy de cerca la última etapa de Llum. “Este maniquí ya no me sirve” le dijo a este empresario del sector del perfume, el anciano que veía ya cercanos sus últimos días sobre la tierra. Añade este amigo: “Cuando después de la comida se iba a echar la siesta comentaba que iba al ‘ensayo general’. Nos quería decir que dejaba su cuerpo tan sólo un breve rato para después retornar a la vida física.”

Sin embargo el 23 de Diciembre de 1983 Llum no retornó del “ensayo general”, saltó al “plateau” celeste. Dejó definitivamente su anciano vehículo corporal a la edad de 106 años. Tomó su vuelo entre aroma de naranjos hacia un “Jardín” más eterno, por supuesto también de verdaderas y profundas amistades. Con él se encontraba la pareja que le brindó cariño, techo y compañía la última etapa de su rica vida.

Se le enterró como el quería: junto a un ciprés, con una túnica blanca y sin ataúd, “para que las flores nacieran antes”. Cuatro mujeres lo llevaron sobre una plataforma hasta su tumba. Iba tan sólo cubierto por una tela. El entierro fue a la mañana y durante todo el día no paró de pasar gente para despedirle. Una suave música de violín ponía fondo a aquella hermosa imagen, poco funeraria, entre olivos.

Maluquer cuenta también que cuando hicieron las gestiones para enterrarlo en la Colonia Plana Bella de Tarragona, en realidad no encontraron ningún impedimento legal. Al abuelo no se le podía dar de “baja”, pues en realidad nunca se le había dado de “alta”, es decir jamás había figurado en registro alguno. De hecho, cuando le solicitaban un nombre en el momento de consignar alguna de las pocas adquisiciones que realizaron, siempre facilitaba el de su compañera.


Rodeado de ecologistas

Luis Lázaro, una autoridad del movimiento ecologista, estuvo muy cerca del “Llum de la Selva”. De su pluma ha salido un acertado retrato del venerable abuelo: “Así era el padrino. Un hombre, un amante que logró mantener su visión real, frente a un mundo imaginario. Tras los naranjos de su jardín pasaron la I República, la Restauración, Primo de Rivera, la II República, la guerra, Franco, la democracia… La historia fluía sin parar y Llum seguía en su centro” Luis Lázaro vive en Cáceres donde lidera iniciativas en el campo de las energías alternativas y el ambientalismo. Para él Llum representaba un loco solitario que resistió en “una burbuja de luz y de armonía” la terrible tormenta de un siglo lleno de transformaciones. Cuando partió Llum, Clavel y Clavelina, sus anfitriones, comentaron a un joven Lázaro con un mirada de aquellos que han visto y han comprendido: “Ahora ya estamos solos. Ya no hay maestros, sólo quedan guerreros.”

Gracias éste pionero de lo alternativo en nuestro país hemos podido conocer amenas historias sobre su singular vida. En una ocasión, los “Mossos d’Esquadra” fueron a apresar al abuelo por denuncias de llevar el pelo largo y la barba despuntada. Según llegaban al jardín, Llum les comenzaba a recitar pasajes de la Biblia o lecciones de astronomía. No tenían otro remedio que marcharse por donde habían venido.

En otra ocasión cuando estaba trabajando la tierra se dio cuenta de que alguien alrededor suyo fumaba, era el rector de los escolapios. Para alejarle no se le ocurrió otra cosa que desnudarse y salir corriendo hacia él.


Rodeado de artistas

Visitamos a Floreal Sorriguera y María Dolors Duocastella en la casa de esta última en Tarrasa. Estos dos artistas octogenarios disfrutan con la oportunidad de poder hablar de quien, con tan buenos recuerdos, marcó sus respectivas vidas.

Para este pintor y esta actriz Llum de la Selva era un patriarca en el más elevado de los sentidos: “Tuvo la facultad de armonizar en torno a él a las familias espirituales del momento”. Estos ancianos, que profesan auténtica veneración por aquel ser pequeñito, de voz bajita y cuerpo semidesnudo, nos cuentan que teósofos, espiritistas, seguidores de Krishnamurti, gente de las comunidades del Arca y del Arco Iris, amén de mucha gente que, como ellos, iba por libre, se reunían alrededor del sabio.

Entre las muchas curiosidades que nos comparten, mientras que repasamos las fotos de la época, está la de que andaba con los pies descalzos para no hacer daño a las plantas. Gustaba de aplicarse baños de barro y su espartana dieta no contemplaba más que dos comidas diarias, a base de frutas.

Floreal y María Dolors recuerdan con cariño el tiempo pasado en el “Jardí de la amistat”. La intensidad de su evocación da prueba de la singularidad y carisma de “l’avi”: “No pertenecíamos a ninguna organización pero izábamos una bandera blanca, bandera de la paz y de la amistad”. En el Jardín se promovía también el esperanto como lengua de una humanidad por fin unida.

A lo largo de la charla distendida afloran muchos detalles. “Llum proponía labrar la tierra y comer sólo de los frutos que ella nos proporciona, sin necesidad de aplicarles calor, ni cocinarlos”, nos comparte el veterano pintor. Pero el abuelo no se ataba a la tierra, invitaba también a mirar a las estrellas. Animaba más a un ejercicio de simple admiración y agradecimiento por su fulgor, que a un detallado estudio de sus influencias. Promovía una “astronomía cosmogónica”, en los tiempos en los que la astrología se movía aún en estrechos márgenes de secretismo.


Rodeado de intelectuales

Nos recibe también en su masía de Cabrera de Mar, otro de los más entrañables amigos de Llum, el empresario, periodista y alto cargo cultural de la Generalitat durante muchos años, Jordi Maluquer. Este hombre, que en el año 1976 fundó el periódico el “Avui”, conserva también un grato recuerdo de la compañía del anciano. Este afecto, que ha vencido el tiempo, es buena prueba de cómo Llum supo ganarse a sectores bien diversos de la sociedad catalana y española del momento, tales como artistas e intelectuales y no sólo aquellos empeñados ya en un crecimiento espiritual.

Maluquer fue además el artífice del encuentro con otro gran gigante de aquellos tiempos: el italo-francés Lanza de Vasto, discípulo de Ghandi y fundador de las Comunidades del Arca. El contraste entre ambos patriarcas era quizá una de las claves de su complementaridad y amistad. El uno menudo y de voz limitada, el otro grande y de voz poderosa. El catalán no albergaba un mensaje de transformación a gran escala, no hacía declaraciones elocuentes, predicaba con el ejemplo; mientras que el francés tenía una clara vocación de masas. Lanza de Vasto se pasó varias veces por el Jardín de la amistad. En sus visitas fue labrando un bastón que, cuando lo hubo acabado, entregó solemnemente a Llum.

Entre la multitud de anécdotas que Maluquer guarda en su memoria, está la alusión que Llum hizo de un vegetariano que se las ingeniaba en el Jardín de la amistad para encender su pequeña hoguera en la que cocinar. “Pobrecito es vegetariano. Utiliza el fuego”, comentó irónico el “avi”.


Rodeado de líderes espirituales

La gente de las comunidades del Arco Iris también frecuentaba por aquel entonces al sabio anciano. Su líder Emilio Fiel, más conocido por Miyo, honra igualmente la memoria del “indígena que se mantuvo fiel a sus principios en medio de la explosión industrial”: “Las ‘colonias naturistas’ que promovía Llum, fueron el germen de las ecoaldeas y comunidades de nuestros días.”

Para el fundador de las primeras comunidades “New Age” en nuestro país, Llum era un hijo de la Diosa, de la Madre Tierra que les instruyó en la ciencia de vivir de acuerdo a ella sin necesidad de mayores complicaciones: “Él nos devolvió la noción del niño que todos somos”.

El anciano se llegó a vestir de naranja como por aquel entonces acostumbraban los miembros, popularmente conocidos por los “butanitos”, del Arco Iris. Miyo heredó el bastón de Llum de la Selva, que a su vez había recibido de Lanza de Vasto. El se ha encargado de pasearlo con orgullo por todo el mundo, en sus múltiples viajes y peregrinaciones. Gracias a Emilio Fiel han sabido, allende nuestras fronteras, de la vida y testimonio “del último indígena de nuestros tiempos”.

José Tevar fue también un íntimo de Llum de la Selva, pasó tiempo a su vera. Este profesor de yoga y meditación en Sabadell, monje budista y “sadhu”(peregrino) por seis años en la India y Sri Lanka, nos participa de un aspecto desconocido de “avi Llum”: “El era muy discreto a la hora de compartir esto, pero me consta que visualizaba los auras de la gente. Sobre todo se esforzaba en este ejercicio cuando se le acercaba personas nuevas. De esta forma adivinaba su grado evolutivo y el trato que era preciso dispensarle. Nunca sabremos en realidad todos los poderes que albergaba. Por ejemplo, por la forma de las nubes, sabía también del tiempo que iba a hacer en las próximas horas. ”

José conoció al abuelo en el año 1961, cuando éste contaba con la edad de 84 años, sin embargo nos indica que Llum era un poco dado a inflar las cifras de sus años, por lo que es probable que fuera preciso restarle alguno. Con respecto a la espiritualidad que profesaba el abuelo, José afirma que ésta era muy propia y a la vez de carácter universal: “Acogió dentro de sí influencias orientales, por ejemplo creía firmemente en la reencarnación. No obstante su talante anticlerical, se granjeó la amistad de diferentes monjes y religiosos, entre los que destacaban los padres Basilio y Anselmo, benedictinos de Montserrat.”


Sin fuego

El “abuelo selva” declaró en septiembre de 1982 a la revista “Integral” a propósito de su alimentación: “Dime lo que comes y te diré quien eres. El primer paso es una alimentación natural. Los alimentos naturales crudos limpian la savia de nuestra sangre y entonces recibimos el rocío bienhechor de la salud. Yo jamás cocino con fuego. La fruta es el elemento más elevado que Dios a concedido a los hombres. Es la liberación del hombre de la cocina. Toda otra comida hace que el hombre caiga enfermo, no inmediatamente, pero sí al cabo de los años. Los hombres piensan en estar fuertes, pero existe una alimentación superior que la llamo Natura. Ella hace que me alimente mucho más de los rayos del Sol, que de la comida que como. Por eso, desde los 17 años he comido fruta sin fuego y nunca he estado enfermo”


Algunos se reclaman sus “herederos espirituales”:



Porque yo soy el heredero de Llum de la Selva. Él me pasó su bastón, su estandarte. Me pasó su poder interno.
—Anciano, vegetariano y solitario, Llum de la Selva convirtió su casa, en el actual Parc Catalunya, en lugar de peregrinación de discípulos de la conciencia. Qué aprendió usted de él?
—No fue tanto aprender como reconocerse. Siempre he aprendido de los ancianos de distintos linajes sin que ellos me enseñaran. Todos han querido pasarme a mí sus atributos.
—¿Cómo era LLum?
—Defendía unos principios célticos muy elementales, como de chamanismo de andar por casa, o andar por el bosque, que en aquel tiempo eran revolucionarios.




Fuentes documentales:

Lobsang Rampa,de fontanero inglés a monje budista.Un escritor introductor del budismo en occidente.

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Animated Tibetan Prayer Wheel

En el Blog,el acercamiento a un hombre que vivió una vida llena de misterio y de controversia.Uno que se evadió de la realidad reinventándose y creando un personaje literario,con el que se identificó hasta fundirse plenamente en él.

Tuesday Lobsang Rampa fue el indiscutible introductor del budismo tibetano ante el gran público de Occidente, un nombre mítico entre los pioneros de la ‘invasión’ espiritual oriental que hoy vivimos. Supuestamente era un Lama tibetano que se hizo famoso mundialmente en 1956 cuando publicó ‘El Tercer Ojo’, un libro de extraordinario impacto que no ha dejado de ser reeditado desde entonces. Pero siempre se dudó de su autenticidad y las dudas fueron aumentando hasta su muerte en 1981. Hoy, la mayoría de los entendidos se inclina por reconocer que en realidad se trataba de un antiguo fontanero inglés,nacido en Plympton el 8 de abril de 1910, llamado Cyril Henry Hoskins que nunca había estado en los Himalayas y cuyo conocimiento del budismo tibetano era más bien escaso.
Cyril Hoskin un buen día cansado y aburrido de su vida y trabajo,decidió evadirse, se rapó el cráneo, se dejó crecer la barba y, vestido de chino bajo el nombre de Kuan Suo, comenzó a adivinar el futuro a cualquier ocioso deseoso de ser estafado. Además,se dedicó a escribir en revistas lo que quisieran publicarle. Así acabó escribiendo su primer libro “El tercer ojo”, que le daría con el tiempo fama y fortuna.Parece ser que, estando el manuscrito en la editorial, casualmente se encontraba de visita en Inglaterra el famoso explorador y atleta olímpico Heinrich Harrer . El mismo que retrata la película  “Siete años en el Tíbet”. Película que se basa en el libro escrito por Harrer, quien pertenecía al equipo olímpico de alpinismo de la Alemania Nazi. Estando en la India en un proyecto de exploración al estallar la Segunda Guerra Mundial, fue retenido por los Británicos en la India, se escapó del campo de concentración huyendo precisamente al Tíbet, donde conoció en profundidad dicha cultura. El editor ingles Rupert Hurt, quien se encontraba entusiasmado con el libro de Rampa, conocía al explorador y le enseñó los manuscritos originales, éste inmediatamente se dió cuenta del fraude pues las nociones que Cyril-Rampa tenía del Lamaísmo estaba más cerca de los conceptos Hinduistas y el orientalismo muy en boga por esa época. Entre sorprendido e indignado Harrer solicitó una entrevista con Cyril-Rampa, la cual se llevaría a cabo en  Tibetano, Cyril-Rampa, naturalmente eludió la entrevista con innumerables excusas. Entre otras meteduras de pata, mencionó que al sufrir el golpe en la cabeza,  “había olvidado hablar en tibetano”. El encuentro jamás se llevó a cabo y el escándalo fue tal que la editora inglesa se negó a publicar el libro por el evidente fraude, sin embargo la editora en los Estados Unidos, obviamente más interesada en el negocio, decidió imprimirla, del éxito del libro hablan los 18 libros que le seguirían y que fueron publicados, a parte de las innumerables reediciones, tanto dentro como fuera del país.Eso no evitó que se le investigara,en el Reino Unido por medio de un detective,descubriendo así su verdadero origen, En 1981 Cyril-Rampa, a la edad de 70 años pasó a otro “plano existencial”,pues falleció, sin embargo su “obra” goza de rebosante salud.En la actualidad ,tanto en España como en otros lugares del mundo, en las librerías,especialmente en las de temática “esotérica”, generalmente se encuentra todavía este tipo de literatura.Y ello es así,pues no son pocos los que aún defienden su memoria, los que mantienen que ‘el doctor Tuesday Lobsang Rampa era un auténtico Lama, nacido a principios de siglo en Tíbet, educado y entrenado en el monasterio-hospital Chakpori de Lhasa y en 1923 transladado a estudiar medicina a la universidad china de Chungking, que conoció a Chiang Kai Shek y que fué torturado por los japoneses como prisionero de guerra en la segunda guerra mundial’.Abrumado por las críticas,pero disfrutando del éxito de ventas,vivió en Irlanda,Uruguay,pasando finalmente a residir en Canadá,en Toronto fundó un Ashram y continuó publicando libros ,murió en Calgary el 25 de enero de 1981. En 1948 cambió su nombre legalmente por el de Carl Kuon Suo,y usó el de Martes (Tuesday) Lobsang Rampa “comercial o artísticamente”.
Entre expertos y aficionados al budismo tibetano y al esoterismo oriental se da por hecho que este lama tibetano ni fue lama ni fue tibetano. El movimiento ‘Escéptico’ hace hincapié en sus ‘indiscutibles’ profesión de fontanero y nacionalidad inglesa,así como las lagunas,incongruencias y absurdos de su Tibet “inventado”. La conocida revista dedicada a fenómenos extraños ‘Fortean Times’ en su num.63 de junio/julio de 1992 publicó un reportaje de Bob Rockard en portada caracterizándolo sin rodeos como un engaño, un ‘hoax’. El reportaje fue abundantemente reproducido en España por una revista del género. Pero curiosamente, ni los editores de ”FT’ ni la mismísima British Library conservan hoy ni un sólo ejemplar de aquel número.
Sus explicaciones ,después de su “exilio” del Reino Unido al Canada,tras las críticas recibidas:

http://www.youtube.com/watch?v=67DtFtudf4Y&feature=related

Se ha prestado a todo tipo de comentarios o explicaciones propias de “freaks”,por lo ridículas:

http://www.youtube.com/watch?v=R193Flae9dw

La fascinación por la tradición cultural tibetana.El “New Age” y demás:

http://www.youtube.com/watch?v=IsLQ0J15Ank&NR=1&feature=fvwp

http://www.youtube.com/watch?v=26At3q4VoXI&feature=related

Algunos extractos de “El Tercer Ojo”:

Allí descansamos dos días. Nos dolía la espalda del peso de nuestra impedimenta y parecía como si nos fuesen a estallar los pulmones por falta de aire. Después de aquel descanso, proseguimos la ascensión cruzando hondonadas y barrancos. Para pasar sobre algunos de éstos teníamos que arrojar ganchos que se clavaban en el hielo y a los que habíamos atado cuerdas con la esperanza de que no se soltaran. El que pasaba a la otra parte del precipicio ayudaba a los demás. A veces no podíamos clavar los ganchos y entonces uno de nosotros se ataba la cuerda a la cintura y oscilaba como un péndulo para pasar al otro lado y tender desde allí la cuerda. Esto lo hacíamos por turno, pues era una tarea muy difícil y peligrosa. Un monje murió. Se había elevado mucho por nuestra parte del precipicio y al dejarse balancear calculó mal el impulso y se estrelló contra el muro de enfrente con terrible fuerza, dejándose pedazos de la cara y del cerebro en las dentadas rocas. Rescatamos el cuerpo tirando de la cuerda, y le hicimos un funeral. No podíamos enterrar el cadáver porque sólo había por allí rocas; de modo que le dejamos expuesto al viento, a la lluvia y a las aves. El monje a quien tocaba el turno estaba muy nervioso y le sustituí yo. Tenía la convicción de que, con las predicciones que se habían hecho sobre mi porvenir, nada podría sucederme y mi fe quedó recompensada. A pesar de la predicción, me balanceé con mucha precaución y alcancé el borde del otro lado con la mayor suavidad posible. El corazón me latía como si fuera a estallar y por fin conseguí mi objetivo. Mis compañeros me siguieron uno por uno. 

En lo alto del precipicio descansamos un poco y nos hicimos té, aunque a semejante altitud no podía calentarnos el té. Algo menos cansados, volvimos a cargarnos con nuestros bultos y proseguimos hacia el corazón de esta terrible región. Pronto llegamos a una capa de hielo —quizás un glaciar— y nuestro avance se hizo aún más penoso. Carecíamos de botas claveteadas, de hachas para el hielo, así como de lo demás que suele constituir el equipo de un montañero; nuestro equipo consistía sólo de unas botas corrientes de fieltro, cuyas suelas estaban atadas con pelo de yak para que agarrasen mejor, y las cuerdas y ganchos imprescindibles.

Allí fue donde por primera vez vi un yeti. Estaba yo inclinado cogiendo hierbas medicinales cuando algo me hizo levantar la cabeza. A unos nueve metros de mí se hallaba el extraño ser del que tanto había oído hablar. Los padres tibetanos suelen asustar a sus niños cuando son traviesos, diciéndoles: «Si no eres bueno, te llevará un yeti.» Por fin, pensé, un yeti iba a llevarme con él. Y, la verdad, no me hacía gracia. Nos quedamos mirándonos fijamente, inmovilizados por el miedo, durante un tiempo que me pareció eterno. Me estaba señalando con una mano mientras emitía un curioso maullido. Me pareció notar que le faltaban los lóbulos frontales y que la frente la tenía aplastada a partir de las mismas cejas, muy pobladas e hirsutas. También la barbilla le retrocedía y tenía los dientes muy anchos y salientes. Sin embargo, la capacidad de su cráneo, con excepción de la frente, resultaba muy parecida a la del hombre moderno. Sus manos eran grandes, y también sus pies. Era patizambo y con los brazos mucho más largos de lo normal. Observé que el yeti andaba con la parte exterior de los pies, como los seres humanos. Los monos y animales semejantes no andan con las palmas de las manos y los pies. 

Seguramente debí de hacer algún movimiento brusco, quizás un brinco, cuando pude reaccionar, porque el yeti chilló de pronto, se volvió y se alejó dando saltos. Me pareció que daba los saltos con una sola pierna. Mi reacción fue también salir corriendo… en la dirección opuesta, claro está. Luego, cuando pude pensar con calma sobre aquel encuentro, llegué a la conclusión de que había batido el récord tibetano de sprint para altitudes superiores a siete mil metros. Luego vimos varios yetis a lo lejos. Se apresuraron a esconderse en cuanto nos divisaron y nosotros, por supuesto, no los perseguimos. El lama Mingyar Dondup nos dijo que estos yetis eran precedentes de la raza humana que habían tomado un camino diferente en la evolución y que sólo podían vivir en los sitios más recónditos. Con gran frecuencia hemos oído historias de yetis que han abandonado estas regiones para hacer incursiones cerca de los sitios habitados. Se habla también de yetis machos que han raptado a mujeres solitarias. Quizá sea éste el procedimiento que siguen para perpetuar su especie. Algunas monjas tibetanas nos lo han confirmado. Concretamente recuerdo que en un monasterio de monjas nos dijeron que una de ellas fue raptada por un yeti una noche en que se había alejado. Sin embargo, no es de mi competencia escribir sobre estas cosas. Sólo puedo decir que he visto yetis y crías de yetis, y también esqueletos de estos seres casi fabulosos.

Algunas personas han puesto en duda lo que he contado sobre los yetis. Incluso se han escrito libros sobre ellos; pero sus autores reconocen que no han visto ni uno. Yo, en cambio, los he visto. Hace años se reían de Marconi cuando aseguró que iba a enviar un mensaje por radio a través del Atlántico. Los sabios occidentales dictaminaron solemnemente que el hombre no podría viajar a más de setenta y cinco kilómetros por hora, ya que pasada esa velocidad morirían por la presión del aire; y cuando se decía que existían unos peces que eran «fósiles vivientes», se consideraba esto una patraña. Ahora los hombres de ciencia los han visto, los han capturado y disecado. Y si el hombre occidental se sale con la suya, nuestros pobres yetis serán también capturados, disecados, conservados en alcohol. Creemos que los yetis se han refugiado en estas zonas montañosas y que en el resto del mundo se ha extinguido su especie. Cuando se ve uno de ellos por primera vez produce una impresión de terror. La segunda vez se siente compasión por estas criaturas de una época antiquísima que están condenados a desaparecer por las exigencias de la vida moderna.

Sus diecinueve libros se pueden descargar ,en Castellano,y en diversos formatos de aquí:

http://www.lobsangrampa.org/espana/investigar.html

http://betocammpos.over-blog.com/article-lobsang-rampa-la-increible-historia-53370846.html
http://www.karenmutton.com/rampa/sheelagh.htm
http://grupoelron.org/quienes/lobsangrampa.htm
http://upasika.com/lobsangrampa.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Lobsang_Rampa
http://hunnapuh.blogcindario.com/2005/07/00222-lobsang-rampa-y-el-tercer-ojo.html
http://www.lobsangrampa.org/francais/index.html
http://www.lobsangrampa.org/espana/index.html
http://www.karenmutton.com/rampa/sheelagh.htm

Enlaces a sites muy críticos con la figura y obra de T. L.R.

El Tercer Ojo en el Museo de Fraudes
Dr. Tuesday Lobsang Rampa
http://mypage.uniserve.ca/~dharris/Rampa/rampa.htm
Extractos de la sabiduría de T. Lobsang Rampa
http://www.galactic-server.com/rampa/#english
Tuesday Lobsang Rampa ¿Sabio tibetano o impostor?
http://www.geocities.com/hgc_/naflat/hgc/esp/lobsangrampa.htm
Tíbet ficticio: El origen y la persistencia del Rampaismo
http://www.serendipity.li/baba/rampa.html
Friendly Feudalism: The Tibet Myth
http://www.swans.com/library/art9/mparen01.html

Dr. Tuesday Lobsang Rampa
http://mypage.uniserve.ca/~dharris/Rampa/rampa.htm
El Tercer Ojo en el Museo de Fraudes
http://www.museumofhoaxes.com/thirdeye.html
Extractos de la sabiduría de T. Lobsang Rampa
http://www.galactic-server.com/rampa/#english
Tuesday Lobsang Rampa ¿Sabio tibetano o impostor?
http://www.geocities.com/hgc_/naflat/hgc/esp/lobsangrampa.htm
Tíbet ficticio: El origen y la persistencia del Rampaismo
http://www.serendipity.li/baba/rampa.html
Lama Yeshe http://www.lamayeshe.com/
Tíbet, nodo oficial http://www.tibet.com/
Historia del Tíbet, en el nodo oficial http://www.tibet.com/DL/
Nodo oficial del Dalaï Lama http://www.dalailama.com/

Un escritor solitario y huraño.JD Salinger.Eremita por la fama.

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File:Catcher-in-the-rye-red-cover.jpgFile:Catcher-in-the-rye-red-cover.jpg

Adiós a un mitoFile:JD Salinger.jpgFile:Jd salinger.jpg

Tras presentar a personajes reales (Dersu Uzala),o de ficción (los de Giono,Tolstói,Hemingway),ahora le toca el turno a uno que es real y a la vez creó un mundo de ficción propio.La vida del escritor estadounidense Jerome David Salinger,sería más propia de una novela,que de la dura realidad que vivió él,y que hizo vivir a los suyos…

Después de haber obtenido la fama y la notoriedad con El guardián entre el centeno, Salinger se convirtió en un eremita, apartándose del mundo exterior y protegiendo al máximo su privacidad. Se mudó de Nueva York a Cornish (New Hampshire), donde continuó escribiendo historias que nunca publicó.
Salinger ha intentado por todos los medios escapar de la exposición al público y de la atención del mismo (él mismo declaró: «los sentimientos de anonimato y oscuridad de un escritor constituyen la segunda propiedad más valiosa que le es concedida»)). Sin embargo, se vio obligado a luchar continuamente contra toda la atención no deseada que recibe, como figura de culto que llegó a ser en vida. Cuando supo de la intención del escritor británico Iam Hamilton de publicar J. D. Salinger: A writing life, una biografía que incluía cartas que Salinger había escrito a amigos y a otros escritores, Salinger interpuso una demanda para detener la publicación del libro. El libro apareció finalmente con los contenidos de las cartas parafraseados. El juez determinó que aunque es posible que una persona sea el propietario de una carta físicamente, lo que está escrito en ella pertenece al autor.
Uno de los resultados no intencionados de este juicio fue que muchos de los detalles de la vida privada de Salinger, incluyendo el hecho de haber escrito dos novelas y muchos relatos que no habían sido publicados, salieron a la luz pública a través de las transcripciones del juzgado.
Salinger aparece como personaje en la novela Shoeless Joe de W. P. Kinsella, en la que se inspiró la película Field of dreams. En la película el personaje tiene el nombre cambiado y es convertido en ficción. Estudió a lo largo de toda su vida el hinduismo Advaita Vedanta. Este hecho ha sido descrito extensamente por Sam P. Ranchean en su libro An adventure in Vedanta: J. D. Salinger’s the Glass Family (1990). La relación de un año que mantuvo en 1972 con la aspirante a escritora Joyce Maynard de dieciocho años, fue también causa de controversia cuando ella subastó las cartas que Salinger le había escrito. Ha mantenido, igualmente, más de veinte relaciones con aspirantes femeninas a escritoras, siempre muy jóvenes.
En 2000, su hija, Margaret Salinger, publicó El guardián de los sueños. En su libro de “confesiones”, la señorita Salinger afirma que su padre se bebía su propia orina, sufría glosolalia, rara vez tenía relaciones sexuales con su madre, la tenía como una “prisionera virtual” y se negaba a permitirle ver a sus parientes y amigos.
Sólo por «El guardián entre el centeno» uno se gana el cielo o por lo menos la presencia en todos los programas de lectura de todos los institutos de secundaria del mundo. La historia de Holden Caulfield, quintaesencia del adolescente eternamente atrapado entre las restricciones de la infancia y la trampa de la madurez, no ha dejado indiferente a nadie desde su publicación en 1951.
La obra es tan escueta y a la vez tan sugerente que tiene más partes sumergidas que un relato de Hemingway. Cada cual la puede leer a su gusto. El enganche es tan universal y tan fuerte que Salinger murió batallando porque no apareciera una secuela sin su permiso, obra de un autor que se había imaginado el mundo de Holden Caulfield de viejo
J.D. Salinger despuntó y sorprendió con esta narración en primera persona, en la que el propio estilo narrativo es en sí mismo el argumento y la clave de una obra maestra a la que no le falta su propia leyenda negra. Se ha dicho que este libro ha estado en la cabecera de cama de más de un conocido psicópata. Era un libro que encontraron en el asesino de John Lennon.Hay alguna película como “Conspiración ” protagonizada por Mel Gibson en la que también tiene un destacado papel en la película,pues el protagonista acapara muchos ejemplares de la novela en cuestión.Leyendas,y realidades, a parte, cabe destacar su estilo narrativo por su originalidad. La peculiar personalidad del protagonista viene dada por su demoledora y rompedora sinceridad. Holden empieza su narración echando la vista atrás, hacia las navidades pasadas en las que su proyección mental se precipita a gran velocidad hacia el rechazo de los convencionalismos sociales más elementales. Su innegable congruencia interna se torna incompatible con su entorno escolar. Es expulsado de varios colegios y en el momento en el que él comienza su relato, acaban de expulsarlo del Colegio Pencey en Pennsylvania. Este hecho precipita su delirio vital únicamente entregado a la vivencia del momento presente. Sus análisis a cerca los personajes que se van cruzando en su camino y de cada situación es brillante y su postura ante ellos es de total franqueza. No falta en su repertorio de conductas la agresividad nacida de un radical sentido de la justicia unilateral y que no perdona flaquezas, ni las dosis de hipocresía que suelen acompañar a los intereses de cualquier persona que podamos catalogar como normal. En su huida a ninguna parte Holden va al encuentro de aventuras amorosas fugaces, borracheras y encuentros con amigos a los que acaba agotando, su pensamiento lo lleva siempre al límite del bien y del mal y el lector acaba agotado también y deseando que la virtuosa inteligencia de Holden acabe brillando a su favor, aplacando su carácter irrefrenablemente abocado a la autodestrucción. Su des apego hacia todo a pesar de las grandes dosis de ternura y nobleza que exhibe se ve sólo afectado por la estrecha y entrañable relación que le une a su hermana pequeña Phoebe. Ni sus padres ni su hermano AD.B al que juzga duramente por vender su talento como escritor a cambio de dinero, consiguen lo que la dulzura y el amor del personaje que mejor entiende la locura de su hermano Holden logra. Ella prevé que su hermano va a perderse para siempre y protagoniza la escena que conmueve por igual al protagonista y al lector. Holden es salvado de sí mismo gracias a su intervención y desde el retiro prescrito por su psiquiatra reabre para el lector el clásico debate sobre la naturaleza de la locura y lo que la diferencia o no del pensamiento original de un hombre quizás sólo incomprendido por su atípica peculiaridad. El amor en cualquier caso se revela como el factor que finalmente concilia y aplaca al incombustible Holden
Escritor “de talento infinito”, como le definió Ernest Hemingway tras conocerle en París durante la segunda guerra mundial, años antes de que publicara su obra magna, Salinger llevaba lejos de la vida pública prácticamente cinco décadas, cuando tras el inesperado éxito de El Guardián entre el centeno, convertido en best seller el mismo año de su publicación, 1951, decidió abandonar Nueva York e instalarse en el campo, en la misma casa en la que falleció. Se acercaba así al deseo del mordaz y afilado protagonista de su novela, Holden Caufield, quien en un pasaje del libro afirma: “me gustaría encontrar una cabaña en algún sitio y con el dinero que gane instalarme allí el resto de mi vida, lejos de cualquier conversación estúpida con la gente”.
Por delante quedaban la guerra y un desasosiego infinito. Como le diría con el tiempo a su hija Margaret, “el olor de carne humana quemada no se olvida nunca”. Salinger fue de los primeros soldados norteamericanos en entrar en un campo de concentración.
Ni él ni su escritura volvieron a ser los mismos. Holden Caulfield por fin vio la luz pero ya en una versión incurablemente amarga. Salinger agradeció el éxito pero lo utilizó para escapar del mundo. Se hizo budista acérrimo. Se casó con una joven estudiante de Radcliffe a la que casi obligó a dejar de graduarse para huir con él. Tuvo dos hijos. Se separó de su esposa y tuvo una amante con la que también acabaría peleando por su privacidad. Nunca volvió a dar la cara. La foto suya que circulaba era de décadas atrás.La historia de Holden Caulfield, el adolescente inadaptado que se busca a sí mismo en una sociedad a la que rechaza, tuvo un éxito enorme en su momento y durante las décadas inmediatamente posteriores en los Estados Unidos y el resto del mundo; después se convirtió en un texto “clásico”, recomendado con frecuencia pero leído con menos pasión (desde muy pronto se vio a su autor como un especialista en un campo muy estrecho: “su truco”, dice una reseña adversa de los años sesenta, “es volver glamorosa la autocompasión”)…, y ahora puede haber quedado sumamente lejos de los intereses y el modo de pensar de los adolescentes actuales de su propio país y de los otros. Esta nota del New York Times puede ser representativa de las nuevas opiniones sobre el tema: según su autora, Jennifer Schuessler, los adolescentes de ahora no encuentran mucho de interés en Salinger porque desean integrarse más que distinguirse de su sociedad, competir y ganar más que embarcarse en búsquedas interiores. Además, al contrario de lo que sucedía a mediados del siglo XX, buena parte de la economía global (sobre todo en los países desarrollados) gira alrededor de los adolescentes y les vende espacios, moda, signos de identidad que Holden, para bien o mal, nunca habría podido tener.
“El guardian entre el centeno ” ,convertido en una mala obra de teatro:

Schuessler cita a un quinceañero de Long Island quejándose: “Todos odiamos a Holden en mi clase. Todos queríamos decirle ‘Cállate y toma tu Prozac’”. A lo mejor es cierto: a lo mejor la serie de Harry Potter y programas como Glee muestran con mayor exactitud las aspiraciones y las neurosis (la vida real no, seguro que no: no todo el mundo tiene poderes mágicos, no todo el mundo canta tan bien) de los adolescentes. No habría que espantarse: todos los libros envejecen, se secan, se olvidan, aunque unos pocos lo hagan más despacio que el resto; la “pertinencia” de un texto, su “representatividad”, es una ilusión que sólo puede mantenerse durante cierto tiempo, si es que se da.
Por otra parte, el alboroto acerca de la vida extraña de Salinger y sus diversas manías y locuras apenas ha dejado ver a nadie lo realmente importante: Salinger no dejó de escribir durante sus años de reclusión. “Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer”, dijo el escritor en una entrevista de 1974, y yo sospecho que una vez que haya quedado atrás la noticia de la muerte, y se haya hecho el reparto de dineros y herencias, llegaremos a leer siquiera una parte de esos escritos.
Lo más probable es que sean borradores decepcionantes; pero no habría que espantarse, tampoco, si fueran textos todavía más extraños de lo que resultan ahora los que Salinger sí publicó, testimonios de una experiencia humana alocada, introvertida y (sobre todo) totalmente contraria a los impulsos actuales: a lo que se supone que debe ser la vida en la época de Facebook. Una búsqueda espiritual cuando no queremos ninguna: una bofetada, o un escupitajo, en la cara que creemos tener.
Un puñado de autores secretos, encerrados, que escriben mientras viven en dificultades con el mundo y que no quieren publicar –Franz Kafka sería el ejemplo obvio; hay otros–, puede hablar con más fuerza que las legiones de los integrados, los sensatos, los oportunos y constantes. Si tiene suerte, tal vez J. D. Salinger termine por ser entendido no como un autor canónico, de programa escolar, sino como un auténtico “raro”; habrá que esperar a que esos textos salgan a la luz…

Obituario de Salinger:

http://www.youtube.com/watch?v=9ivqJdG6ano&feature=related

A los 91 años muere, por causas naturales, Jerome David Salinger, uno de los más representativos escritores estadounidenses.
El fallecimiento fue anunciado por el hijo del autor, Matt Salinger, al representante literario de este, quien a su vez lo dio a conocer hoy a los medios.
El escritor se convirtió en un clásico de la literatura estadounidense con su obra “The catcher in the Rye” (El guardián entre el centeno) publicada en 1951. En 1953 publicó la colección de cuentos “Nine stories”, y en 1961 otra de sus reconocidas novelas “Franny and Zoe”.
Durante toda su vida huyó de las presentaciones en público y procuró mantenerse alejado de los medios. Su hija, Margaret Salinger, publicó en 2000 un libro de confesiones en donde cuenta algunos traumas y problemas que afrontaba su padre y su hijo Matt Salinger es actor poco destacado de Hollywood.
Un comercio de antigüedades del norte de California ha puesto a la venta en eBay un inodoro que perteneció al escritor J.D. Salinger (1919-2010) por el que pide un millón de dólares.
Para incentivar la compra, el vendedor también señala que la viuda del escritor “heredó todos sus manuscritos con la idea de publicarlos. Quién sabe cuántas de esas historias se concibieron y pasaron al papel mientras Salinger estaba sentado en su trono”. Como prueba de la autenticidad de la pieza, presenta una carta de la actual propietaria de la antigua casa del escritor en que se da fe del origen del inodoro.Desde el fallecimiento de Salinger el pasado 28 de enero, han aparecido cartas y otros documentos que han rasgado el velo de misterio que rodeó buena parte de su vida, aunque el objeto puesto hoy a la venta es por ahora el más curioso.
Película con referentes a la “leyenda negra”:
Su obra
– «El guardián entre el centeno» («The Catcher in the Rye»), 1951
– «Nueve cuentos» («Nine stories»), 1953
– «Franny y Zooey» (1961)
– «Levantad, carpinteros, la viga del tejado» («Raise High the Roof-Beam, Carpenters») y «Seymour: una introducción» («Seymour: An Introduction»), 1963
– «Hapworth 16, 1924» (Apareció en «New Yorker» en 1965, y en 1996 la editorial Orchises Press anunció su reedición, pero el autor la prohibió poco antes de que salieran los ejemplares de la imprenta)
– En el año 2000, su hija Margaret publicó «Dream Catcher: A Memoir», en el que hablaba de su padre y desmontaba muchos de los mitos creados a su alrededor
Dos fragmentos de su obra más conocida “El guardián entre el centeno”:
FRAGMENTO 1:”Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.”

FRAGMENTO 2:

“¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? (…) Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura”.

Un texto del autor:
Ligera Rebelión en Madison
Por J. D. Salinger
Cuando sale en vacaciones de la Escuela Preparatoria para muchachos Pencey (“Un docente por cada diez estudiantes”), Holden Morrisey Caufield generalmente lleva puesto su sobretodo y un sombrero de bordes pronunciados hacia la copa. Mientras pasan los autobuses de la Quinta Avenida, algunas chicas que conocen a Holden a menudo piensan que lo verían caminar por Saks’ o Altman’s o Lord & Taylor’s, pero generalmente se trata de otra persona.
Este año, las vacaciones de Navidad de Holden en la Preparatoria Pencey concidieron con las de Sally Hayes en la Escuella Mary A. Woodruff para señoritas (“especial atención a aquellos con cierta tendencia por la dramaturgia”). Al salir de vacaciones de Mary A. Woodruff, generalmente Sally no lleva sombrero aunque sí un nuevo abrigo azul plateado de piel. Mientras camina por la Quinta Avenida, los muchachos que conocen a Sally piensan a menudo que la verían pasar por Saks’ o Altman’s o por Lord & Taylor’s. Pero generalmente se trata de otra persona.
En cuanto llegó a New York, Holden tomó un taxi a casa, dejó su Gladstone en el recibidor, besó a su madre, abultó su abrigo y su sombrero convenientemente en una silla y marcó el número de Sally.
“Hey,” dijo a la bocina. “¿Sally?”
“Sí, ¿Quién habla?”
“Holden Caufield. ¿Cómo estás?”
“¡Holden! ¡Bien! ¿Qué tal tú?”
“Genial,” dijo Holden. “Oye, ¡cómo va todo? Digo, ¿qué tal la escuela?”
“Bien,” dijo Sally. “Bueno, ya sabes.”
“Perfecto,” dijo Holden. “Óyeme. ¿Qué haces esta noche?”
Holden la llevó a Wedgwood Room esa noche, ambos iban bien arreglados, Sally llevaba un nuevo vestido turquesa. Bailaron muchísimo. El estilo de Holden era más lento, con pasos largos hacia atrás y adelante, como si bailara sobre una alcantarilla abierta. Bailaron con las mejillas juntas y a ninguno de los dos le importó si era bochornoso. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvieron vacaciones.
Se lo pasaron maravillosamente en el taxi que los trajo de vuelta a casa. En dos ocasiones, cuando el taxi se detuvo brevemente por el tráfico, Holden saltó en su asiento.
“Te quiero,” le soltó a Sally, apartando su boca de la de ella.
“Oh, cariño, yo también te quiero,” dijo Sally, y agregó, menos apasionada, “Prométeme que te dejarás crecer el pelo. El pelo rapado es muy cursi.”
Al día siguiente, el jueves, Holden llevó a Sally a la matinée a ver “Oh Mistress Mine”, la cual ninguno de los dos había visto. En el primer entreacto, salieron a fumar al vestíbulo y ambos acordaron vehementemente que los Lunts eran maravillosos. George Harrison, de Andover, también fumaba en el vestíbulo y reconoció a Sally, tal como ella lo esperaba. Habían sido presentados alguna vez en una fiesta y nunca habían vuelto a verse desde entonces. Ahora, en el vestíbulo del Empire, se saludaron con el mismo gusto de quienes parecen haberse bañado frecuentemente desde niños. Sally le preguntó a George si creía que la obra era maravillosa. George se tomó el tiempo para replicar, acercando su pie al de la mujer que estaba a su lado. Dijo que la pieza en sí misma no era ciertamente una obra maestra, pero que los Lunts, por supuesto, era ángeles.
“Ángeles,” pensó Holden. “Ángeles, por el amor de Dios. Àngeles.”
Luego de la matinée, Sally le dijo a Holden que se le había ocurrido una idea maravillosa. “Vayamos a patinar mañana por la noche a Radio City.”
“Bien,” dijo Holden. “Seguro.”
“¿Lo dices en serio?” dijo Sally. “No lo digas si no lo piensas en realidad. Digo, a mí me importa un bledo hacer una cosa o la otra.”
“No,” dijo Holden. “Vayamos. Será divertido.”
Sally y Holden eran malísimos patinando sobre hielo. Los tobillos de Sally chocaban el uno con el otro de una manera desagradable y los de Holden no lo hacían mucho mejor. Esa noche había allí cientos de personas que no tenían nada mejor que hacer que ponerse a mirar a quienes patinaban.
“Hagámonos de una mesa y pidamos algo de beber,” sugirió inesperadamente Holden.
“Es la idea más maravillosa que he oído en este día,” dijo Sally.
Se quitaron los patines y se sentaron en una mesa. Hacía calor en el salón y Sally se sacó también las manoplas de lana. Holden comenzó a encender fósforos. Los dejaba quemarse hasta que ya no podía sostenerlos; luego dejaba caer los restos en el cenicero.
“Mira,” dijo Sally, “Tengo que saberlo- ¿Vas a ayudarme o no con el árbol para Nochebuena?”
“Seguro,” dijo Holden sin entusiasmo.
“Digo, tengo que saberlo,” dijo Sally.
Holden dejó de pronto de encender fósforos. Se inclinó sobre la mesa. “Sally, ¿tú nunca te hartas de nada? Digo, ¿no te asusta a veces que todo termine siendo una mierda al menos que hagas algo?”
“Claro,” dijo Sally.
“¿Te gusta la escuela?” inquirió Holden.
“Es muy pesada.”
“Pero ¿la odias?”
“Bueno, no, no la odio.”
“Bien, yo la odio,” dijo Holden. “Dios, ¡cómo la odio! Pero no es sólo eso. Es todo. Odio vivir en New York. Odio los autobuses de la Quinta Avenida y los de la Avenida Madison y salir por el centro. Odio la película de la calle Setenta y Dos, con esas nubes falsas en el cielorraso, y que me presenten a tipos como George Harrison, y tener que usar el ascensor cuando quieres salir y los tipos que se quieren meter contigo todo el tiempo en Brooks.” Su voz se excito un poco más. “Cosas así. ¿Sabes lo que digo? ¿Sabes? Eres la única razón por la que estoy aquí en vacaciones.”
“¡Qué dulce eres!” dijo Sally, deseando que cambiara ya de tema.
“Dios, ¡cómo odio la escuela! Deberías ir a una escuela de chicos alguna vez. Todo lo que haces es estudiar y pensar lo importante que es que tu equipo de fútbol gane, y hablar de chicas y ropa y licor, y…”
“Ya. Escúchame,” interrumpió Sally. “Muchísimos chicos sacan algo más que eso de la escuela.”
“Estor de acuerdo,” dijo Holden. “Pero esto es todo lo que saco yo. ¿Ves? A eso me refiero. No saco nada de nada. Estoy desquiciado. Muy desquiciado. Mira, Sally. ¿Cómo decírtelo para que lo entiendas? Ésta es mi idea. Le pediré prestado su auto a Fred Halsey y mañana por la mañana nos vamos a Massachussets o Vermont o por allí. ¿No crees? Es precioso. Digo, es hermoso allí arriba, lo digo en serio. Alquilaremos una cabaña o algo así hasta que se me acabe el dinero. Tengo unos ciento doce dólares. Y luego, cuando el dinero se acabe, consigo un trabajo y nos vamos a vivir por allí, cerca de un arroyo. ¿Me entiendes? En serio, Sally, la pasaremos genial. Y luego, más tarde, nos casamos o algo así. ¿Qué dices? ¡Vamos! ¿Qué dices? Hagámoslo, ¿eh?”
“No podemos hacer algo así,” dijo Sally.
“¿Por qué no?” preguntó Holden estridentemente. “¿Por qué diablos no podemos?”
“Porque no se puede,” dijo Sally. “No puedes, eso es todo. Suponte que el dinero se acaba y no consigues trabajo. ¿Y entonces qué?”
“Conseguiré un trabajo. No te preocupes por eso. No tienes que preocuparte por eso. ¿Cuál es el problema? ¿No quieres venir conmigo?”
“No hablo de eso,” dijo Sally. “No hablo de eso en absoluto. Holden, tenemos muchísimo tiempo aún para hacer cosas así –todas esas cosas. Después de terminar la universidad y casarnos. Habrá muchísmos lugares maravillosos a los que ir.”
“No, no los habrá,” dijo Holden. “Será completamente diferente.”
Sally lo miró, la había contradicho muy suavemente.
“No será igual en absoluto. Tendremos que bajar en ascensores con maletas y tal. Tendremos que llamar a todo el mundo y decirles adiós y enviarles postales. Y yo tendré que trabajar con mi padre, pasear por la Avenida Madison y leer periódicos. Tendremos que ir a la calle Setenta y Dos todo el tiempo y ver los informativos. ¡Informativos! Siempre hay alguna tonta carrera de caballos o alguna señora que inaugura un barco estrellando una botella. No entiendes en absoluto lo que estoy diciéndote.”
“Quizás no. Quizás tú no entiendes, en todo caso,” dijo Sally.
Holden se puso de pie, con uno de los patines colgándole del hombro. “Me apenas muchísimo,” anunció bastante desapasionadamente.
Un poco más tarde de la medianoche, Holden y un chico gordo y poco vistoso llamado Carl Luce se sentaron en el Wadsworth Bar a tomar Scotchs y comer papas fritas. Carl también iba a la Preparatoria Pencey y estaba en su misma clase.
“Hey, Carl,” dijo Holden, “tú eres uno de esos tipos intelectuales. Dime algo. Suponte que te sientes harto. Suponte que empiezas a volverte loco, muy loco. Suponte que quieres abandonar la escuela y todo y largarte de New York. ¿Qué harías?”
“Bebe,” dijo Carl. “A la mierda con todo eso.”
“En serio, lo digo en serio,” rogó Holden.
“Siempre te fastidias por cualquier cosa,” dijo Carl. Y se levantó y se fue.
Holden siguió bebiendo. Se tomó nueve dólares de Scotch y a eso de las 2 de la madrugada, caminó de la barra a la antesala, donde estaba el teléfono. Marcó tres veces hasta que dio con el número que quería.
“¡Hooola!” gritó al teléfono.
“¿Quién es?” inquirió una voz fría.
“Soy yo, Holden Caufield. ¿Podría hablar con Sally, por favor?”
“Sally duerme. Habla la Sra. Hayes. ¿Por qué llamas a estas horas, Holden?”
“¿Quiero hablar con Sally, Sra. Hayes. Importante. Llámela.”
“Sally duerme, Holden. Llámala mañana. Buenas noches.”
“Despiértela. Despiéeertela Sra. Hayes, eh. Despiéeertela, Sra. Hayes.”
“Holden,” dijo Sally, al otro lado. “Soy yo. ¿Qué sucede?”
“Sally, ¿eres tú?”
“Sí. Estás borracho.”
“Sally, estaré contigo en Nochebuena. Iremos a cortar un árbol. ¿Qué dices? ¿Eh?”
“Sí. Ve a la cama ahora. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?”
“Cortaré un árbol para ti. ¿Eh? ¿Qué dices? ¿Eh?”
“Sí. Ahora ve a la cama. ¿Dónde estás? ¿Con quién estás?”
“Cortaré un árbol para ti. ¿Eh? ¿Ok?”
“¡Sí! ¡Buenas noches!”
“B’enas noches. B’enas noches, Sally, preciosa. Preciosa. Sally, cariño.”
Holden colgó y se quedó junto al teléfono unos quince minutos. Luego metió otra moneda en la ranura y volvió a marcar el mismo número.
“¡Hooola!” gritó. “Hablar con Sally, por favor.”
Se escuchó un agudo tintineo mientras colgaban y Holden colgó también. Se tambaleó por un momento. Luego fue hasta los sanitarios y llenó el lavabo con agua helada. Sumergió la cabeza hasta las orejas y luego caminó hasta la radiador, goteando, y se puso debajo. Se quedó sentado debajo del radiador, contando las baldosas del suelo mientras el agua resbalaba por su cara y se le metía en la nuca, empapándole el cuello de la camisa y la corbata. Veinte minutos después, entró el pianista del bar a peinarse. Tenía el pelo ensortijado.
“¡Hey, amigo!” lo saludó Holden desde el radiador. “Tengo la butaca más caliente. Me apagaron las luces y estaba empezándome a enfriar.”
El pianista sonrió.
“Dios, tú sí que puedes tocar, eh,” dijo Holden. “Tocas realmente bien. Deberías estar en la radio. ¿Sabes? Eres buenísimo, amigo.”
“¿No quieres una toalla, muchacho?” le preguntó el pianista.
“No, ya no,” dijo Holden.
“¿Por qué no te vas a casa ya?”
Holden sacudió la cabeza. “Ya no”, dijo. “Ya no.”
El pianista se encogió de hombros y volvió a meter el peine en su bolsillo. Cuando salió del baño, Holden se quitó de debajo del radiador y pestañeó varias veces para dejar ir las lágrimas. Luego fue hasta el recibidor. Se puso el sobretodo sin abotonárselo y se colocó con fuerza el sombrero sobre la cabeza empapada.
Los dientes le castañeaban con violencia; se detuvo en la esquina y esperó el autobús de la Avenida Madison. La espera sería larga.
Traducción: Martín Abadía
Título original: Slight Rebellion off Madison (The New Yorker XXII, Diciembre de 1946, 76-79, 82 -86)
Un relato inédito  en Castellano :
Nota: este relato inédito pertenece The Complete Uncollected Short Stories I and II y apareció en Esquire, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147-149. Según este sitio especializado, algunos de los primeros trabajos de J. D Salinger son susceptibles de catalogarse dentro de las “Caufield Stories”, relatos que tiene algún tipo de vínculo en forma con The Catcher In The Rye y con su protagonista Holden Caufield. “Este sándwich no tiene mayonesa” pertenece a este grupo.
Este sándwich no tiene mayonesa
Por J. D Salinger.
Voy en un camión, sentado en una de las paredes del acoplado, tratando de escapar de esta loca lluvia de Georgia, esperando que llegue el Teniente de Servicios Especiales, esperando cobrar. Tengo pensado hacer dinero de acá a unos minutos. Hay treinta y cuatro hombres en este vehículo y sólo treinta de ellos se supone que deban ir a bailar. Cuatro deben irse. Planeo apuñalar a los cuatro primeros a mi derecha, al tiempo que canto con todo lo que me da la voz “Off We Go Into The Wild Blue Gonder”, ahogando sus tontos lamentos. Luego escogeré a otros dos (preferentemente graduados universitarios) para empujarlos a la húmeda y roja arcilla de Georgia, fuera de este vehículo. Quizás valga la pena olvidar que soy uno de los Diez Hombres Más Rudos que alguna vez se hayan metido en este acoplado. Podría machacar  a los gemelos Bobbsey. Cuatro deben irse. Fuera del camión homónimo… Choose yo’ pahtnuhs for the Virgina Reel!
Y la lluvia sobre la lona cae más fuerte que nunca. No es mi amiga. No es amiga mía ni de estas personas (cuatro de ellos deben irse). Tal vez es amiga de Katharine Hepburn o de Sarah Palfrey Fabyan o de Tom Heeney, o de todos los firmes fanáticos de Creer Garson que esperan en fila en el Radio City Music Hall. Pero no es mi compinche, esta lluvia. No es compinche tampoco de los otros treinta y tres hombres (Cuatro de ellos deben irse).
El tipo de la cabina me grita otra vez.
“¿Qué?” digo. No puedo oírlo. La lluvia sobre la lona me mata. Ni siquiera quiero oírlo.
Dice por tercera vez, “¡Bajemos a la carretera! ¡Que venga las mujeres!”
“Tengo que esperar al Teniente,” le digo. Siento que mi codo se moja y lo meto dentro, fuera del aguacero. ¿Quién se robó mi impermeable? Con todas mis cartas en el bolsillo izquierdo. Mis cartas de Red, de Phoebe, de Holden. Cartas de Holden. Ah, escuchen, no me importa que se roben mi impermeable, pero ¿por qué robarme las cartas? Él sólo tiene diecinueve años, mi hermano, y las drogas no bajan ni una mísera su humor, lo matan con sarcasmo, y no puede hacer nada más que escuchar frenéticamente al descalibrado aparatito que lleva en su corazón. Mi hermano perdido en acción. ¿Por qué no dejan los impermeables en paz?
Tengo que dejar de pensar en ello. Pensar en algo agradable, como el viejo cascarrabias de Vincent. Pensar en este camión. Hacerme creer que no es el más oscuro, húmedo y miserable camión del Ejército en el que haya viajado alguna vez. Este camión, debes hacerte creer, está lleno de rosas y rubias y vitaminas. Es un camión verdaderamente lindo. Es un camión formidable. Eres afortunado de estar aquí esta noche. Cuando vuelvas del baile –¡Choose yo’ pahnuhs, folks!- podrás escribir un poema inmortal acerca de este camión. Es un poema en potencia. Puedes llamarlo “Camiones en los que he viajado,” o “Guerra y Paz,” o “Este sándwich no tiene mayonesa”. Hazlo simple. Ah, escucha. Escucha, la lluvia. Es el noveno día desde que empezó a llover. ¿Cómo puedes hacerme esto a mí y los treinta y tres hombres (cuatro de ellos deben irse)? Déjanos solos. Deja de hacernos sentir pegajosos y desolados.
Alguien me habla. El hombre dentro del radio de mi navaja. (Cuatro deben irse.) “¿Qué?” le digo.
“¿De dónde eres, Sarg?” Me pregunta el muchacho. “Te estás mojando el brazo.”
Lo meto nuevamente adentro. “New York,” le respondo.
“Yo también. ¿De qué parte?”
“Manhattan. A algunas calles del Museo de Arte.”
“Yo vivo en Valentine Avenue,” dice el muchacho. “¿Sabes dónde es?
“En el Bronx, ¿no?”
“Nah, Cerca del Bronx. Cerca del Bronx, pero no ahí. Es aún Manhattan.”
Cerca del Bronx, pero no ahí. Recordemos esto. No vayas por ahí diciéndole a la gente que vives en el Bronx cuando no viven allí, viven en Manhattan. Usemos la cabeza, amigos. Bailemos un rato.
“¿Cuánto hace que estás en el Ejército?” le pregunto. Es un soldado raso. Es el soldado raso más empapado que he visto en el Ejército.
“Cuatro meses. Me envían al Sur y luego me embarco a Mee-ami. ¿Has estado en Mee-ami?”
“No,” miento. “¿Hay alguno bueno allí?”
“¿Algo bueno?” y codea al tipo a su derecha. “Dile, Fergie.”
“¿Qué?” dice Fergie, empapado, congelado y nauseabundo.
“Cuéntale al Sargento acerca de Mee-ami. Quiere saber si hay algo bueno o no. Dile.”
Fergie me mira. “¿Nunca ha estado allí, Sargento?” – Pobre y miseable proyecto de Sargento.
“No. ¿Se está bien allí?” me las apaño para preguntar.
“¡Qué ciudad!” dice Fergie suavemente. “Puedes conseguir todo lo que quieres allí. Te puedes divertir de verdad. Digo, realmente la puedes pasar bien. No como en este agujero. Aquí no puedes pasarla bien ni intentándolo.”
“Vivíamos en un hotel,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “Antes de la guerra se pagaba cinco o seis dólares al día por un habitación en ese lugar. Una habitación.”
“Duchas,” dice Fergie con el  tono agrio que Abelardo, durante sus últimos años, debe haber usado para describir el picaporte de Eloisa.
“Estábamos todo el tiempo limpios como niños. Allí tenías cuatro tipos en una habitación y duchas en el vestíbulo. El jabón del hotel era gratis. Cualquier tipo de jabón. No sólo el barato.”
“¿Estás vivo, no?” el tipo enfrente de mí le grita a Fergie. No puedo verle la cara.
Fergie está más allá de todo. “Duchas,” repìte. “Me duchaba dos o tres veces al día”
“Yo solía ser vendedor allí,” anunció un tipo en mitad del camión. Apenas puedo ver su cara en la oscuridad. “Memphis y Dallas son las mejores ciudades del Sur. Les juro. En el invierno Miami se llena de gente. Puede volverte loco. En los lugares adonde vale la pena ir, difícilmente puede conseguir algo.”
“No estaba atestado de gente cuando estuvimos allí, ¿no es cierto, Fergie?” pregunta el chico de Valentine Avenue.
Fergie no respondió. No participa como nosotros en la charla. No se presta a ello.
El hombre al que le gusta Memphis y Dallas piensa igual también. Le dice a Fergie, “estando por aquí, eres afortunado si consigues ducharte una vez por día. Estoy en una nueva área del Oeste. Aún no construyeron las duchas.”
A Fergie no le interesa. La comparación no es acertada. La comparación, debo decirte, apesta, Mac.
Del frente del camión llega una dinámica e irrefutable observación: “No hay vuelos otra vez esta noche. Los cadetes no volarán nuevamente esta noche, ¿está bien? El octavo día no hay vuelos nocturnos.”
Fergie mira, con un mínimo de energía. “Apenas he visto un avión desde que estoy por aquí. Mi esposa piensa que estoy volando como un loco. Me escribe y me dice que debería salirme del Cuerpo Aéreo. Me cree en un B-17 o algo así. Lee acerca Clark Gable y me cree un francotirador o algo que tenga que ver con las bombas. No tengo alma para decirle que no hago absolutamente nada.”
“¿Cómo nada?” dice Memphis y Dallas, interesado.
“Nada. Nada que sea necesario.” Fergie se olvida de Mee-ami por un minuto y le echa a Memphis y Dallas una mirada fulminante.
“Oh,” dice Memphis y Dallas, pero antes de que pueda continuar, Fergie se da vuelta y me dice, “debería ver esas duchas en Mee-ami, Sarg. No es broma. No tendría ya ganas de meterse en su propia bañadera otra vez.” Y vuelve a apartar la mirada y a perder interés en mi cara –lo cual es siempre comprensible.
Memphis y Dallas se asoma ansiosamente, dirigiéndose a Fergie. “Te podría llevar a dar un paseo,” le dice. “Trabajo con la Aduana. Los tenientes de aquí atraviesan el país en menos de un mes y no muchas veces llevan a alguien en la parte de atrás. Estuve allí muchas veces. Maxwell Field. En todas partes.” Señala con el dedo a Fergie, como si lo acusara de algo. “Oye. Si quieres ir alguna vez, llámame. Llama a la Aduana y pregunta por mí. Portner es mi nombre.”
Fergie parece flemáticamente interesado. “¿Sí? Que pregunte por Portner, ¿eh? ¿Eres cabo o algo así?”
“Soldado raso,” dice Portner fría y escuetamente.
“Muchacho,” dice el chico de Valentine Avenue, mirando detrás de mí, la abundante oscuridad. “Mira, asómate.”
¿Dónde está mi hermano? ¿Dónde está mi hermano Holden? ¿De qué se trata esto de “desaparecer en acción”? No me lo creo. No lo entiendo. No lo creo. El Gobierno de Estados Unidos miente. El Gobierno me miente a mí y a mi familia.
Nunca escuché mentiras tan jodidas.
Por qué; volvió de la guerra en Europa sin apenas un rasguño, todos lo vimos embarcarse en el Pacífico el último verano –y se veía bien.
Desaparecido.
Desaparecido, desaparecido, desaparecido. ¡Mentira! A mí también me mintieron. Nunca antes estuvo desaparecido. Es la última persona que podría perderse en este mundo. Está aquí, en este camión; en casa, en New York; está en la Preparatoria Pentey[1] (“Deberían enviarnos a ese muchacho. Lo moldearemos. Haremos de él un Hombre, con todas las pruebas de fuego que tenemos…”); sí, está en Pentey, nunca dejó la escuela; está en Cape Cod, sentado en el porche, mordiéndose las uñas; está jugando dobles conmigo, gritándome que me quede en la base mientras el está en el campo. ¡Desaparecido! ¿Eso es estar desaparecido? ¿Por qué mentir en algo tan importante? ¿Cómo es que el Gobierno puede hacer algo así? ¿Cómo pueden deshacerse de ello diciendo mentiras de este tipo?
“Hey, Sarg,” me grita el tipo de la cabina. “¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las mujeres!”
“¿Cómo son esas mujeres, Sarg? ¿Son bonitas?”
“La verdad es que no sé lo que pasa esta noche,” digo. “Generalmente, sí,  son bonitas.” Sólo por decir ya que, en otras palabras, decir generalmente es sólo un decir. Todos ponen mucho empeño. Todos están allí para lanzarse. Las chicas te preguntan de dónde vienes, les dicen de dónde, y ellas repiten el nombre de la ciudad, poniendo un signo de exclamación al final de la frase. Luego te cuentan sobre Douglas Smith, Cabo, AUS. Vive en New York, ¿lo conoces? No le crees y le hablas de lo maravilloso que es New York. Y sólo porque no quieres que Helen se case con un soldado y espere por un año o seis, sales y bailas con la extraña que dice conocer a Douglas Smith, la extraña chica llamativa que dice haber leído cada línea que ha escrito Lloyd C. Douglas. Mientras bailas y la banda toca, piensas en todo excepto en la música y en bailar. Te preguntas si tu hermanita Phoebe recuerda sacar a pasar el perro todos los días, si recuerda no joder con el collar de Joey – algún día esta niña matará al perro.
“Nunca ví una lluvia con ésta,” dice el muchacho de Valentine Avenue. “¿Habías visto algo así, Fergie?”
“¿Algo como qué?”
“Una lluvia así.”
“Nah.”
“¡Bajemos a la carretera! ¡Que vengan las damas!” dice el tipo ruido inclinándose hacia delante y veo su cara. Es igual que cualquiera de los que está en el camión. Luce igual.
“¿Cómo es el Teniente, Sarg?” dice el chico de que vive cerca del Bronx.
“No lo sé verdaderamente,” digo. “Entró al campo hace sólo algunos días. Sé que vivía cerca de aquí cuando era un civil.”
“¡Qué bueno! Vivir cerca de donde estás,” dice el chico de Valentine Avenue. “Ojalá yo estuviera en Mitchel. A sólo una media hora de casa.”
Campo Mitchel. Long Island. ¿Qué podríamos decir de aquel sábado de verano en Port Washington? Red me lo dijo. No va molestarte ir a la Feria. Es muy bonita. Fue cuando me apegué a Phoebe, ella estaba con una niña que se llamaba Minerva (lo cual me mataba), y las metí a ambas en el auto y luego busqué a Holden. No podía encontrarlo. De modo que Phoebe, Minerva y yo nos fuimos sin él… En la Feria estuvimos en la exhibición de teléfonos de Bell y le dije a Phoebe que aquel teléfono servía para llamar al autor de los libros de Elsie Fairfield. Y Phoebe, sacudiéndose como de costumbre, tomó el teléfono, tembló un poco y dijo Hola, Soy Phoebe Caufield, estoy en la Feria de los Mundos. Leí tus libros y creo que son excelentes. Mi madre y mi padre actúan en “Death Takes a Holiday in Great Neck”. Vamos a nadar muy a menudo, pero el océano es mucho mejor en Cape Cod. ¡Adiós!… Y luego, salimos del edificio y allí estaba Holden, con Hart y Kirky Morris. Tenía puesta una camisa de felpa. Ningún abrigo. Se acercó y le pidió a Phoebe un autógrafo y ella lo apretó contra si, feliz de verlo, feliz de ver a su hermano. Luego él me dijo, Vayámonos de toda esta basura educativa, vayamos a las carreras o algo así. No soporto todo esto… Y ahora intentan decirme que está desaparecido. Desaparecido. ¿Quién está desaparecido? No él. Está en la Feria de los Mundos. Sé dónde hallarlo. Sé exactamente donde está. Phoebe también lo sabe. Lo sabría en un solo segundo. ¿Qué es todo esto de la desaparición?
“¿Cuánto te lleva llegar desde tu casa hasta la calle Cuarenta y Dos?” le preguntó Fergie al chico de Valentine Avenue.
Valentine Avenue lo pensó, algo emocionado. “Desde mi casa,” informó intensamente, “hasta el Paramount Theather te toma exactamente cuarenta y cinco minutos en metro. Casi gano dos billetes apostándole a mi chica acerca de eso. Nunca tomaría su dinero.”
El hombre al que le gusta Memphis y Dallas más que Miami habló: “Espero que las chicas de esta noche no sean cobardes. Digo, niñas. Siempre me miran como a un viejo cuando son cobardes.”
“Procuraré no transpirar demasiado,” dijo Fergie. “Hace mucho calor en los bailes de por aquí. A las mujeres no les gustan si transpiras mucho. Ni siquiera a mi esposa le gusta. Pero está bien si ella transpira – ¡Es diferente!… Mujeres. Te vuelven loco.”
Estalló un colosal trueno. Todos saltamos –yo casi me caigo del camión. Me hago a un lado y el muchacho de Valentine Avenue se apreta contra Fergie para hacerme un lugar… Desde el frente del camión oímos una voz de fuerte acento sureño:
“¿Han estado en Atlanta?”
Todos esperan que truene una vez más. Yo respondo. “No,” digo.
“Altlanta es una buena ciudad.”
De pornto el Teniente de Servicios Especiales aparece salido de la nada, empapadísimo, con la cabeza asomada dentro del camión. – cuatro de estos hombres deben irse. Lleva puesta una de esas viseras con cubierta de hule; es como la vesícula de un unicornio. La cara completamente mojada. Es joven y pequeño, aún poco seguro para este nuevo comando al que el Gobierno le asignó. Se fija allí donde deberían estar las tiras de las mangas de mi impermeable robado (con todas mi cartas).
“¿Viene por un relevo aquí, Sargento?”
Wow. Choose yo’ pahtnuhs…
“Sí, señor.”
“¿Cuántos hombres hay aquí?”
“Habría que volverlos a contar, señor.” Me doy vuelta y digo, “Bien, todos los hombres con fósforos en las manos; enciéndanlos –quiero contar sus cabezas.” Y cuatro o cinco de ellos se las arreglan para encender fósforos simultáneamente. Finjo contar sus cabezas. “Treinta y cuatro incluyéndome, señor,” le dijo finalmente.
El joven Teniente sacudió su cabeza bajo la lluvia. “Demasiados,” me informa –y yo intento verme como muy estúpido. “He llamado a cada ordenanza,” revela a mi favor, “y di orden de que irían sólo cinco hombres por escuadrón.” (Pienso en la gravedad de la situación por primera vez. Debería sugerir que liquidemos a cuatro de ellos. Debería pedir muy detalladamente hombres experimentados en liquidar gente que quiere ir a bailar.)… El teniente me pregunta, “¿Conoce a Miss Jackson, Sargento?”
“Sé quien es,” le digo mientras escucha sin pitar su cigarrillo.
“Bien, Miss Jackson me llamó esta mañana y pidió solamente treinta hombres. Temo, Sargento, que vamos a tener que pedirle a cuatro hombres que vuelvan a sus áreas.” Deja de mirarme, mira dentro del camión, estableciendo una neutralidad entre él y la empapada oscuridad. “No me interesa cómo lo haga,” dice, frente al camión, “pero debe hacerlo.”
Cruzó mi mirada hacia los hombres. “¿Cuántos de ustedes no firmaron para ir al baile?”
“A mí no me mire,” dice Valentine Avenue. “Yo firmé.”
“¿Quién no firmó?” digo. “¿Quién está aquí sólo porque se enteró del baile?” – Eso fue bueno, Sargento. Sigue así.
“Hágalo fácil, Sargento,” me dice el teniente, asomando la cabeza al camión.
“Vamos, ya. ¿Quién no firmó?” –Vamos, ya. Quién no firmó. Nunca en la vida escuché una pregunta tan burda.
“Todos firmamos, Sarg,” dice Valentine Avenue. “Alrededor de unos siete hombres firmaron en mi escuadrón.”
Perfecto. Seré brillante. Les ofreceré una linda alternativa.
“¿Quién prefiere salir en una película sobre el Campo a ir al baile?”
Ninguna respuesta.
Respuesta.
Silenciosamente, Portner (el tipo Memphis-Dallas) se levanta y enfila para salirse. El resto le abre paso para dejarlo salir. Yo también me muevo a un costado… Ninguno de nosotros le dice a Portner, mientras pasa, lo importante y relevante que es.
Más respuesta… “Uno más,” dice Fergie, levantándose. “Así que parece que los casados escribirán cartas esta noche.” Y salta del camión rápidamente.
Espero. Todos esperamos. Nadie más se adelanta. “Dos más,” carraspeo. Los acosaré. Los acosaré porque odio sus agallas. Son insufriblemente estúpidos. ¿Qué les pasa? ¿Creen que será la noche de su vida en ese tonto baile? ¿Creen que van a escuchar un maravilloso trompetista tocando “Marie”? ¿Qué sucede con estos idiotas? ¿Qué sucede conmigo? ¿Por qué quiero que se vayan? ¿Por qué de alguna manera también quiero irme yo? ¡De alguna manera! Vaya broma. Te mueres por irte, Caufield…
“Bien,” digo fríamente. “Los dos últimos a la izquierda. Vamos, fuera. No sé quienes son,” – No sé quienes son.- ¡Uff!
El tipo ruidoso, el que me gritaba para que la fiesta empezara en la carretera, sale. Había olvidado que estaba allí. Pero desaparece confusamente en la negra tormenta india. Le sigue, al menos tentativamente, un tipo pequeño- un muchacho, puedo verlo en la claridad.
Con el sombrero marino puesto, encorvado y cojeando, empapado, sus ojos fijos en el Teniente, el muchacho espera bajo la lluvia – como si hubiera tenido orden de ello. Es muy joven, probablemente dieciocho años, y no parece ser alguien que se pondría a discutir y a discutir en una tormenta así. Lo miro fijamente y el Teniente se da vuelta y lo mira también.
“Yo estaba en la lista. Firmé cuando la clavaron en la pared. Justo luego de que clavaran la lista.”
“Lo siento, soldado,” dice el Teniente, – “¿Listo, Sargento?”
“Puede preguntarle a Ostrander,” le dijo el muchacho al Teniente y metió nuevamente la cabeza en el camión. “Hey, Ostrander. ¿No fui yo el primero que firmó?”
La lluvia parece caer más fuerte que nunca. El muchacho que quiere ir al baile se empieza a empapar. Saco una mano y lo tomo del cuello del impermeable.
“¿No fui el primero que firmó la lista?” le grita el muchacho a Ostrander.
“¿Qué lista?” dice Ostrander.
“¡La lista de lo que querían ir a bailar!” grita el muchacho.
“Oh,” dice Ostrander. “¿Qué pasa con la lista? Yo estaba en ella.”
Oh, Ostrander, qué pesado.
“¿No era yo el primero en la lista?” dice el muchacho con la voz rota.
“No lo sé,” dice Ostrander. “¿Cómo podría saberlo?”
El muchacho se vuelve bruscamente hacia el Teniente.
“Yo era el primero en la lista, señor. En serio. Ese tipo del escuadrón – el extranjero que trabaja en limpieza- clavó la lista y yo firmé. Fui el primero.”
El Teniente dice, empapado, “Adentro. Sube al camión, muchacho.” El muchacho trepa al camión y los hombres rápidamente le hacen lugar.
El Teniente se vuelve hacia mí y me pregunta, “Sargento, ¿dónde puedo encontrar un teléfono por aquí?”
“A ver, en el puesto de Ingeniería, señor. Le mostraré.”
Cruzamos por entre los ríos de lodo que se habían formado alrededor del puesto de Ingeniería.
“¿Mama?” dice el Teniente en la bocina. “Estoy bien… Sí, mama. Sí, mama. Me las arreglo. Tal vez el sábado pueda salirme, eso dijeron. Mama, ¿está Sarah Jane allí?… Bueno, ¿me dejas hablar con ella?… Sí, mama. Lo haré si puedo; quizás el domingo.”
El Teniente vuelve a hablar.
“¿Sarah Jane?… Bien. Bien… Me las apaño. Le dije a mama que quizás el domingo pueda salir. –Escúchame, Sarah Jane. ¿Cómo está el auto? ¿Pudiste hacer que lo reparen? Bien, bien; es un buen precio, con todos los repuestos.” La voz del Teniente cambia. Ahora es mucho más informal. “Sarah Jane, mira. Quiero que vayas adonde Miz Jackson esta noche… Bueno, así es: tengo aquí a unos cuantos muchachos para una de sus fiestas. ¿sabes?… Sólo quiero decirte que son demasiados… Sí… Sí… Sí… Ya lo sé, Sarah Jane; sé que está lloviendo… Sí… Sí…” La voz del teniente se endurece de pronto. Dice, “no estoy pidiéndotelo, niña. Te lo estoy diciendo. Ahora, quiero que vayas adonde Miz Jackson rápidamente – ¿bien?… No me importa… Está bien. Está bien. Te veo más tarde.” Cuelga.
Empapado hasta lo huesos, los huesos de la desolación, los huesos del silencio, caminamos lentamente hacia el camión.
¿Dónde estás, Holden? No me importa esto de la desaparición. Deja de hacer tonterías. Aparece. Da la cara donde sea que estés. ¿Me escuchas? ¿Lo harías por mí? Hazlo simplemente porque yo todo lo recuerdo. Porque no puedo olvidar nada que sea bueno. De modo que escúchame. Sólo ve con algún oficial, ve donde algún G.I, y dile que estás Aquí – no desaparecido, no muerto, nada más que Aquí.
Déjate ya de joder. Deja de decirle a la gente que estás desaparecido. Deja de llevar puesta mi bata en la playa. Deja de ponerte de mi lado en la corte. Deja de silbar. Siéntate a la mesa…
Traducción: Martín Abadía
Título originalThis sandwich has no mayonnaiseEsquire XXIV, Octubre de 1945, pág. 54-56, 147- 149 )

[1] La escuela preparatoria a la que asiste Holden Caufield en The Catcher in the Rye es Pencey.

El viejo y el mar.Un relato de Ernesto Hemingway.

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Ernest Hemingway - El viejo y el mar

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El viejo y el mar.Un relato de Ernesto Hemingway.

El relato que presento hoy,tras diversos personajes solitarios pegados firmemente a la tierra,es uno que vive en y para el mar.Un viejo que trata de superar su soledad y sus problemas vitales encarando un reto: pescar un gran pez.Como Herman Melville nos presentó al Capitán Ahab ,obsesionado con Moby Dick,aquí el viejo quiere una buena captura.Una pesca que haga callar a quienes le creen fracasado y mal pescador. El mismo lo creó  Ernesto Hemingway .Su nombre es “El viejo y el mar”.Se trata de una novela corta del escritor estadounidense,redactada en Cuba en 1951,y publicada en Inglés en 1952.Posteriormente fue traducida y publicada a multitud de lenguas.En 1953 Hemingway recibió el Premio Pulitzer y el Nobel de Literatura al año siguiente por su obra completa.Basándose en esta novela se han realizado varias películas,alguna de ella merecedora de premios cinematográficos.La de 1958,protagonizada por Spencer Tracy obtuvo tres Oscars.También es famosa la versión para televisión protagonizada por Anthony Quinn.

Este es el argumento del relato de Hemingway:

Santiago es un viejo pescador cubano. Le acompaña un joven muchacho llamado manolito, con quien el sentimiento de aprecio es mutuo, pero éste tuvo que dejarle por otros pescadores con más fortuna en sus pescas porque el viejo tenia muy mala suerte. Sin embargo, él le seguía ayudando.
Un día el viejo salio a la mar con el objetivo de terminar con su mala racha en la pesca. El muchacho le había conseguido cebo. Al cabo de unas horas de navegar, tras haber perdido de vista la costa, un pez picó el anzuelo. Era un pez enorme, dispuesto a luchar hasta la muerte, si era preciso. La barca navegó a capricho del pez mar adentro. Las fuerzas del viejo cada vez iban a menos y predecía que el pez le podía matar, pero tenía una fuerte determinación por conseguir sacarlo del agua, y no le importaba si tenía que dejar su vida en el intento. Tras una larga y dura batalla, el pez tuvo la peor suerte, y el viejo, rebosante de felicidad, ya que no creía que el pez fuese tan inmenso, lo amarro al costado de la barca, para poner rumbo a la costa.”Era tan grande, que era como amarrar un bote mucho mas grande al costado del suyo”. Todo su empeño habría sido inútil si no consiguiese llevar el pez a tierra firme. Sin embargo, y para su desilusión, apareció un tiburón. Cuando el escualo se acercó a comer el pez el viejo le asestó un mortal golpe en la cabeza con su arpón. Se había librado del tiburón, pero no tardarían en acercarse otros más siguiendo el rastro de la sangre desparramada del pez herido. El viejo logró batirlos, pero se habían comido medio pez. Por la noche se le acercaron más, que acabaron con él, dejando solo la cabeza, la espina y la cola, suficientes para dar testimonio de la hazaña.
Así, llego por fin a puerto. Era de noche y no había nadie para ayudarle a recoger. Cuando terminó se fue a su casa a dormir. A la mañana siguiente el muchacho, muy preocupado, fue a su casa para ver cómo estaba y le prometió que saldría a pescar con él.
Los demás pescadores reconocieron el mérito de Santiago, al ver los restos del pez, que era un tiburón.

Un extracto interesante que muestra la evolución del viejo en su forma de ver y considerar al pez:

“…Ahora era de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después de la puesta del sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus, pero la vio y sabía que pronto estarían todas a la vista y que tendría consigo a todas sus amigas lejanas. 

-El pez es también mi amigo- dijo en voz alta-.

Jamás he visto ni he oído hablar de un pez así. Pero tengo que matarlo. Me alegro que no tengamos que tratar de matar las estrellas.

Imagínate que cada tuviera uno que tratar de matar a la luna, pensó. La luna se escapa. Pero ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar al sol! Nacimos con suerte, pensó.

Luego sintió pena por el gran pez que no tenía nada que comer y su decisión de matarlo no se aflojó un instante. Podría alimentar a mucha gente, pensó. Pero ¿serían dignos de comerlo? No, desde luego que no. No hay persona digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y dignidad.

No comprendo esas cosas, pensó. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar al sol a la luna o a las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos…”

Reseña de la editorial:
La obra se basa esencialmente en un hecho real perfectamente verosímil: un viejo pescador se hace a la mar y captura con mucho esfuerzo, un pez muy grande, pero antes de llegar a la playa con su gigantesca presa ha de sostener una titánica lucha contra los tiburones que pretenden devorarla. En su gran pugna con el pez y el océano, el pescador ha descubierto una extraña amistad, casi una fraternidad con el animal que combate. Al enemigo que se mata en una lucha que nos afirma, que nos hace crecer a nosotros mismos, no se le odia sino que se le ama como algo íntimamente ligado al matador en un ritual sangriento en que se apropia de una vida ajena para aumentar la suya.

http://leonafricano.blogspot.com/2006/08/el-viejo-y-el-mar-de-hemingway.html

http://kopiberto.wordpress.com/2010/02/21/el-viejo-y-el-mar-e-hemingway/

http://serviciodelenguajeyliteratura.blogspot.com/2009/10/el-viejo-y-el-mar-ernest-hemingwey.html

http://www.letralia.com/139/articulo01.htm
http://www.literaturargentina.com/?p=482http://ahi-va.blogspot.com/2007/08/catalogo-el-viejo-y-el-mar.html

EL VIEJO Y EL MAR

Ernest Hemingway


Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y rematadamente salado, lo cual era la peor forma de la mala suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y eran alegres e invictos.
–Santiago –le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba varado el bote–. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía cariño.
–No –dijo el viejo–. Tu sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con ellos.
–Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
–Lo recuerdo –dijo el viejo–. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido la esperanza.
–Fue papá quien me obligó. Soy al fin chiquillo y tengo que obedecerle.
–Lo sé –dijo el viejo–. Es completamente normal.
–Papá no tiene mucha fe.
–No. Pero nosotros, sí, ¿verdad?
–Si –dijo el muchacho–. ¿Me permite brindarle una cerveza en la Terraza?
Luego llevaremos las cosas a casa.
–¿Por que no? –dijo el viejo–. Entre pescadores.
Se sentaron en la Terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo, pero el no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se ponían tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la corriente y a las hondonadas donde se habían tendido sus sedales, al continuo buen tiempo y a lo que habían visto. Los pescadores que aquel día habían tenido éxito habían llegado y habían limpiado sus agujas y las llevaban tendidas sobre dos tablas, dos hombres tambaleándose al extremo de cada tabla, a la pescadería, donde esperaban a que el camión del hielo las llevara al mercado, a La Habana. Los que habían pescado tiburones los habían llevado a la factoría de tiburones, al otro lado de la ensenada, donde eran izados en aparejos de polea; les sacaban los hígados, les  cortaban las aletas y los desollaban y cortaban su carne en trozos para salarla.
Cuando el viento soplaba del Este el hedor se extendía a través del puerto, procedente de la fabrica de tiburones; pero hoy no se notaba más que un débil tufo porque el viento había vuelto al Norte y luego había dejado de soplar. Era agradable estar allí, al sol en la Terraza.
–Santiago –dijo el muchacho.
–Que –dijo el viejo–. Con el vaso en la mano pensaba en las cosas de hacía muchos años.
–¿Puedo ir a buscarle sardinas para mañana?
–No. Ve a jugar al béisbol. Todavía puedo remar y Rogelio tirará la atarraya.
–Me gustaría ir. Si no puedo pescar con usted me gustaría servirlo de alguna manera.
–Me has pagado una cerveza –dijo el viejo–. Ya eres un hombre.
–¿Qué edad tenía cuando me llevo por primera vez en un bote?
–Cinco años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado vivo que estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te acuerdas?
–Recuerdo cómo brincaba y pegaba coletazos, y que el banco se rompía, y el ruido de los garrotazos. Recuerdo que usted me arrojó a la proa, donde estaban los sedales mojados y enrollados. Y recuerdo que todo el bote se estremecía, y el estrépito que usted armaba dándole garrotazos, como si talara un árbol, y el pegajoso olor a sangre que me envolvía.
–¿Lo recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?
–Lo recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos.
El viejo lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol.
–Si fueras hijo mío me arriesgaría a llevarte, dijo. Pero tú eres de tu padre y de tu madre y trabajas en un bote que tiene suerte.
–¿Puedo ir a buscarle las sardinas? También sé donde conseguir cuatro carnadas.
–Tengo las mías que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja.
–Déjeme traerle cuatro cebos frescos.
–Uno –dijo el viejo. Su fe y su esperanzar no le habían fallado nunca. Pero ahora empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la brisa.
–Dos –dijo el muchacho.
–Dos –acepto el viejo–. ¿No los has robado?
–Lo hubiera hecho –dijo el muchacho– pero estos los compré.
–Gracias –dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuando había alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era vergonzoso y que no comportaba perdida del orgullo verdadero.
–Con esta brisa ligera, mañana va a hacer buen día –dijo.
–¿Adónde piensa ir? –Le pregunto el muchacho.
–Saldré lejos para regresar cuando cambie el viento. Quiero estar fuera antes de que sea de día.
–Voy a hacer que mi patrón salga lejos a trabajar –dijo el muchacho–. Si usted engancha algo realmente grande podremos ayudarle.
–A tu patrón no le gusta salir demasiado lejos.
–No –dijo el muchacho–; pero yo veré algo que el no podrá ver: un ave trabajando, por ejemplo. Así haré que salga siguiendo a los dorados.
–¿Tan mala tiene la vista?
–Está casi ciego.
–Es extraño –dijo el viejo– Jamás ha ido a la pesca de tortugas. Eso es lo que mata los ojos.
–Pero usted ha ido a la pesca de tortuga durante varios años, por la costa de los Mosquitos, y tiene buena vista.
–Yo soy un viejo extraño
–Pero ¿ahora se siente bastante fuerte como para un pez realmente grande?
–Creo que sí. Y hay muchos trucos.
–Vamos a llevar las cosas a casa –dijo el muchacho–. Luego cogeré la atarraya y me iré a buscar las sardinas.
Recogieron el aparejo del bote. El viejo se echó el mástil al hombro y el muchacho cargo la caja de madera de los enrollados sedales pardos de apretada malla, el bichero y el arpón con su mango. La caja de las camadas estaba bajo la popa, junto a la porra que usaba para rematar a los peces grandes cuando los arrimaba al bote. Nadie sería capaz de robarle nada al viejo, pero era mejor llevar a casa la vela y los sedales gruesos puesto que el rocío los dañaba, y aunque estaba seguro de que ninguno de la localidad le robaría nada, el viejo pensaba que el arpón y el bichero eran tentaciones y que no había por que dejarlos en el
bote.
Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron, la puerta estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi tan largo como el cuarto único de la choza. Esta estaba hecha de las recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes, de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra había una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la
pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo su camisa limpia.
–¿Qué tiene para comer? –pregunto el muchacho.
–Una cazuela de arroz amarillo con pescado. ¿Quieres un poco?
–No. Comeré en casa. ¿Quiere que le encienda la candela?
–No. Yo la encenderé luego. O quizás coma el arroz frío.
–¿Puedo llevarme la atarraya?
–Desde luego.
–No había ninguna atarraya. El muchacho recordaba que la habían vendido.
Pero todos los días pasaban por esta ficción. No había ninguna cazuela de arroz amarillo con pescado, y el muchacho lo sabía igualmente.
–El ochenta y cinco es un numero de suerte –dijo el viejo–. ¿Qué te parece si me vieras volver con un pez que, en canal, pesara más de mil libras?
–Voy a coger la atarraya y salir a pescar las sardinas. ¿Se quedará sentado al sol, a la puerta?
–Sí. Tengo ahí el periódico de ayer y voy a leer los partidos de béisbol.
El muchacho se preguntó si el periódico de ayer no sería también una ficción. Pero el viejo lo sacó de debajo de la cama.
–Perico me lo dio en la bodega –explico.
–Volveré cuando haya cogido las sardinas. Guardare las suyas junto con las mías en el hielo y por la mañana nos la repartiremos. Cuando vuelva me contara lo del béisbol.
–Los Yankees no pueden perder.
–Pero yo les tengo miedo a los Indios de Cleveland.
–Ten fe en los Yankees, hijo. Piensa en el gran Di Maggio.
–Les tengo miedo a los Tigres de Detroit y a los Indios de Cleveland..
–Ten cuidado, no vayas a tenerles miedo también a los Rojos de Cincinnati y a los White Sox de Chicago.
–Usted estudia eso y me lo cuenta cuando
–¿Crees que debiéramos comprar unos billetes de la lotería que terminan en un ochenta y cinco? Mañana hace el día ochenta y cinco.
–Podemos hacerlo –dijo el muchacho–. Pero ¿qué me dice de su gran récord, el ochenta y siete?
–No podría suceder dos veces. ¿Crees que puedas encontrar un ochenta y cinco?
–Puedo pedirlo.
–Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podrá prestárnoslos?
–Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.
–Creo que yo también. Pero trato de no pedir prestado. Primero pides prestado; luego pides limosna.
–Abríguese, viejo –dijo el muchacho–. Recuerde que estamos en septiembre.
–El mes en que vienen los grandes peces –dijo el viejo–. En mayo cualquiera es pescador.
–Ahora voy por las sardinas –dijo el muchacho.
Cuando volvió el muchacho el viejo estaba dormido en la silla. El sol se estaba poniendo. El muchacho cogió la frazada del viejo de la cama y se la echo sobre los hombros. Eran unos hombros extraños, todavía poderosos, aunque muy viejos, y el cuello era también fuerte todavía, y las arrugas no se veían tanto cuando el viejo estaba dormido y con la cabeza derribada hacia adelante. Su camisa había sido remendada tantas veces, que era como la vela y los remiendos descoloridos por el sol eran de varios tonos. La cabeza del viejo era sin embargo muy vieja y con sus ojos cerrados no había vida en su rostro. El periódico yacía sobre sus rodillas y el peso de sus brazos lo sujetaban allí contra la brisa del atardecer. Estaba descalzo.
El muchacho lo dejó allí, y cuando volvió, el viejo estaba todavía dormido.
–Despierte, viejo –dijo el muchacho, y puso su mano en una de las rodillas.
El viejo abrió los ojos y por un momento fue como si regresara de muy lejos. Luego sonrío.
–¿Qué traes?–pregunto.
–La comida –dijo el muchacho–. Vamos a comer.
–No tengo mucha hambre.
–Vamos, venga a comer. No puede pescar sin comer.
–Habrá que hacerlo –dijo el viejo, levantándose y cogiendo el periódico y doblándolo. Luego empezó a doblar la frazada.
–No se quite la frazada –dijo el muchacho–. Mientras yo viva no saldrá a pescar sin comer.
–Entonces vive mucho tiempo y cuídate –dijo el viejo–. ¿Qué vamos a comer?
–Frijoles negros con arroz, plátanos fritos y un poco de asado.
El muchacho lo había traído de la Terraza en una cantina. Traía en el bolsillo dos juegos de cubiertos, cada uno envuelto en una servilleta de papel.
–¿Quién te ha hado esto?
–Martín. El dueño.
–Tengo que darle las gracias.
–Ya yo se las he dado –dijo el muchacho– No tiene que dárselas usted.
–Le daré la ventrecha de un gran pescado –dijo el viejo–. ¿Ha hecho esto por nosotros más de una vez?
–Creo que sí.
–Entonces tendré que darle más que la ventrecha. Es muy considerado con nosotros.
–Mando dos cervezas.
–Me gusta más la cerveza en lata.
–Lo sé. Pero esta es en botella. Cerveza Hatuey. Y yo devuelvo las botellas luego.
–Muy amable de tu parte –dijo el viejo–. ¿Comemos?
–Es lo que yo proponía –le dijo el muchacho–. No he querido abrir la cantina hasta que estuviera usted listo.
–Ya estoy listo –dijo el viejo–. Solo necesitaba tiempo para lavarme.
¿Dónde se lavaba?, pensó el muchacho. El pozo del pueblo estaba a dos cuadras de distancia, camino abajo. “Debí de haberle traído agua pensó el muchacho; y jabón y una buena toalla. ¿Por que seré tan desconsiderado? Tengo que conseguirle otra camisa y un jacket para el invierno y alguna clase de zapatos y otra frazada.”
–Tu asado es excelente –dijo el viejo.
–Háblame de béisbol –le pidió el muchacho.–
–En la liga americana, como te dije, los Yankees –dijo el viejo muy contento.
–Hoy perdieron –le dijo el muchacho.
–Eso no significa nada. El gran Di Maggio vuelve a ser lo que era.
–Tienen otros hombres en el equipo.
–Naturalmente. Pero con él la cosa es diferente. En la otra liga, entre el Brooklyn y el Filadelfia, tengo que quedarme con el Brooklyn. Pero luego pienso
en Dick Sisler y en aquellos lineazos suyos en el viejo parque.
–Nunca hubo nada como ellos. Jamás he visto a nadie mandar la pelota tan lejos.
–¿Recuerdas cuando venía a la Terraza? Yo quería llevarlo a pescar, pero era demasiado tímido para proponérselo. Luego te pedí a ti que se lo propusieras y tú eras también demasiado tímido.
–Lo sé. Fue un gran error. Pudiera haber ido con nosotros. Luego eso nos quedaría por toda la vida.
–Me hubiera gustado llevar a pescar al gran Di Maggio –dijo el viejo–. Dicen que su padre era pescador. Quizá fuese tan pobre como nosotros y comprendiese.
–El padre del gran Sisler no fue nunca pobre, y jugo en las grandes ligas cuando tenía mi edad.
–Cuando yo tenía tu edad me hallaba de marinero en un velero de altura que iba al Africa y he visto leones en las playas al atardecer.
–Lo sé. Usted me lo ha dicho.
–¿Hablamos de Africa o de béisbol?
–Mejor de béisbol –dijo el muchacho– Háblame del gran John J. McGraw.
–A veces, en los viejos tiempos, solía venir también a la Terraza. Pero era rudo y bocón y difícil cuando estaba bebido. No solo pensaba en la pelota, sino también en los caballos. Por lo menos llevaba listas de caballos constantemente en el bolsillo y con frecuencia pronunciaba nombres de caballos por teléfono.
–Era un gran manager –dijo el muchacho–. Mi padre cree que era el más grande. ¿Quién es realmente el mejor manager, Luque o Mike González?
–Creo que son iguales.
–El mejor pescador es usted.
–No. Conozco otros mejores.
–Que va –dijo el muchacho–. Hay muchos buenos pescadores y algunos grandes pescadores. Pero como usted ninguno.
–Gracias. Me haces feliz. Ojalá no se presente un pez tan grande que nos haga quedar mal.
–No existe tal pez, si está usted tan fuerte como dice.
–Quizá no este tan fuerte como creo –dijo el viejo–. Pero conozco muchos trucos y tengo voluntad.
–Ahora debiera ir a acostarse para estar descansado por la mañana. Yo llevaré otra vez las cosas a la Terraza.
–Entonces buenas noches. Te despertare por la mañana.
–Usted es mi despertador –dijo el muchacho–.
–La edad es mi despertador –dijo el viejo–. ¿Por que los viejos se despertaran tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?
–No lo sé –dijo el muchacho–. Lo único que se es que los jovencitos duermen profundamente y hasta tarde.
–Lo recuerdo –dijo el viejo–. Te despertare temprano.
–No me gusta que el patrón me despierte. Es como si yo fuera inferior.
–Comprendo.
–Que duerma bien, viejo.
El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa y el viejo se quitó los pantalones y se fue a la cama a oscuras. Enrollo los pantalones para hacer una almohada, poniendo el periódico dentro de ellos, se envolvió en la frazada y durmió sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama.
Se quedó dormido enseguida y soñó con Africa, en la época en que era muchacho y con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía y sentía el olor de Africa que la brisa de tierra traía por la mañana.
Generalmente, cuando olía la brisa de tierra despertaba y se vestía y se iba a despertar al muchacho. Pero esta noche el olor de la brisa de tierra vino muy temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño y siguió soñando para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar y luego soñaba con los diferentes puertos y fondeaderos de las Islas Canarias.
No soñaba ya con tormentas ni con mujeres ni con grandes acontecimientos ni con grandes peces ni con peleas ni competencias de fuerza ni con su esposa. Solo soñaba ya con lugares y con los leones en la playa. Jugaban como gatitos a la luz del crepúsculo y él les tenía cariño lo mismo que al muchacho. No soñaba jamás con el muchacho. Simplemente despertaba, miraba por la puerta abierta a la luna y desenrollaba sus pantalones y se los ponía. Orinaba junto a la choza y luego subía al camino a despertar al muchacho. Temblaba de frío de la mañana. Pero sabía que temblando se calentaría y que pronto estaría remando.
La puerta de la casa donde vivía el muchacho no estaba cerrada con llave; la abrió calladamente y entro descalzo. El muchacho estaba dormido en un catre en el primer cuarto y el viejo podía verlo claramente a la luz de la luna moribunda. Le cogió suavemente un pie y lo apretó hasta que el muchacho despertó y se volvió y lo miro. El viejo le hizo una seña con la cabeza y el muchacho cogió sus pantalones de la silla junto a la cama y, sentándose en ella, se los puso. El viejo salió afuera y el muchacho vino tras él. Estaba soñoliento y el viejo le echo el brazo sobre los hombros y dijo:
–Lo siento.
–Que va –dijo el muchacho–. Es lo que debe hacer un hombre.
Marcharon camino abajo hasta la cabaña del viejo; y todo a lo largo del camino, en la oscuridad, se veían hombres descalzos portando los mástiles de sus botes. Cuando llegaron a la choza del viejo el muchacho cogió los rollos de sedal de la cesta, el arpón y el bichero y el viejo llevo el mástil con la vela arrollada al hombro.
–¿Quiere usted café? –pregunto el muchacho.
–Pondremos el aparejo en el bote y luego tomaremos un poco.
Tomaron café en latas de leche condensada en un puesto que abría temprano y servía a los pescadores.
–¿Qué tal ha dormido, viejo? –pregunto el muchacho.
Ahora estaba despertando aunque todavía le era difícil dejar su sueño.
–Muy bien, Manolín –dijo el viejo. Hoy me siento confiado.
–Lo mismo yo –dijo el muchacho–. Ahora voy a buscar sus sardinas y las mías y sus carnadas frescas. El dueño trae el mismo nuestro aparejo. No quiere nunca que nadie lleve nada.
–Somos diferentes –dijo el viejo–. Yo te dejaba llevar las cosas cuando tenías cinco años.
–Lo sé –dijo el muchacho–. Vuelvo enseguida. Tome otro café. Aquí tenemos crédito.
Salió, descalzo, por las rocas de coral hasta la nevera donde se guardaban las carnadas.
El viejo tomó lentamente su café. Era lo único que tomaría en todo el día y sabía que debía tomarlo. Hacía mucho tiempo que le mortificaba comer y jamás llevaba un almuerzo. Tenía una botella de agua en la proa del bote y eso era lo único que necesitaba para todo el día.
El muchacho estaba de vuelta con las sardinas y las dos carnadas envueltas en un periódico y bajaron por la vereda hasta el bote, sintiendo la arena con piedrecitas debajo de los pies, y levantaron el bote y lo empujaron al agua.
–Buena suerte, viejo.
–Buena suerte –dijo el viejo.
Ajusto las amarras de los remos a los toletes y echándose adelante contra los remos empezó a remar, saliendo del puerto en la oscuridad. Había otros botes de otras playas que salían a la mar y el viejo sentía sumergirse las palas de los remos y empujar aunque no podía verlos ahora que la luna se había ocultado detrás de las lomas.
A veces alguien hablaba en un bote. Pero en su mayoría los botes iban en silencio, salvo por el rumor de los remos. Se desplegaron después de haber salido de la boca del puerto y cada uno se dirigió hacia aquella parte del océano donde esperaba encontrar peces. El viejo sabía que se alejaría mucho de la costa y dejo atrás el olor a tierra y entro remando en el limpio olor matinal del océano. Vio la fosforescencia de los sargazos en el agua mientras remaba sobre aquella parte del océano que los pescadores llaman el gran hoyo porque se producía una súbita hondonada de setecientas brazas, donde se congregaba toda suerte de peces debido al remolino que hacía la corriente contra las escabrosas paredes del lecho del océano. Había aquí concentraciones de camarones y peces de carnada y a veces manadas de calamares en los hoyos más profundos y de noche se levantaron a la superficie donde todos los peces merodeadores se cebaban en ellos.
En la oscuridad el viejo podía sentir venir la mañana y mientras remaba oía el tembloroso rumor de los peces voladores que salían del agua y el siseo que sus rígidas alas hacían surcando el aire en la oscuridad. Sentía una gran atracción por los peces voladores que eran sus principales amigos en el océano. Sentía compasión por las aves, especialmente las pequeñas, delicadas y oscuras golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando y casi nunca encontraban, y pensó: las aves llevan una vida más dura que nosotros, salvo las de rapiña y las grandes y fuertes. ¿Por que habrán hecho pájaros tan delicados y tan finos como esas golondrinas de mar cuando el océano es capaz de tanta crueldad? El mar es dulce y hermoso. Pero puede ser cruel, y se encoleriza tan súbitamente, y esos pájaros que vuelan, picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para la mar.
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban altos, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como un contendiente o un lugar, o aun un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al genero femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.
Remaba firme y seguidamente y no le costaba un esfuerzo excesivo porque se mantenía en su límite de velocidad y la superficie del océano era plana, salvo por los ocasionales remolinos de la corriente. Dejaba que la corriente hiciera un tercio de su trabajo y cuando empezó a clarear vio que se hallaba ya más lejos de lo que había esperado estar a esa hora.
“Durante una semana, –pensó–, he trabajado en las profundas hondonadas, y no hice nada. Hoy trabajaré allá donde están las manchas de bonitos y albarcas y acaso haya un pez grande con ellos.”
Antes de que se hiciera realmente de día había sacado sus carnadas y estaba derivando con la corriente. Un cebo llegaba a una profundidad de cuarenta brazas. El segundo a sesenta y cinco y el tercero y el cuarto descendían allá hasta el agua azul a cien y ciento veinticinco brazas. Cada cebo pendía cabeza abajo con el asta o tallo del anzuelo dentro del pescado que servía de carnada, sólidamente cosido y amarrado; toda la parte saliente del anzuelo, la curva y el garfio, estaba recubierta de sardinas frescas. Cada sardina había sido empalada por los ojos, de modo que hacían una semiguirnalda en el acero saliente: No había ninguna parte del anzuelo que pudiera dar a un gran pez la impresión de que no era algo sabroso y de olor apetecible.
El muchacho le había dado dos pequeños bonitos frescos, que colgaban de los sedales más profundos como plomadas, y en los otros tenía una abultada cojinúa y un cibele que habían sido usados antes, pero estaban en buen estado y las excelentes sardinas les prestaban aroma y atracción. Cada sedal, del espesor de un lápiz grande, iba enroscado a una varilla verdosa, de modo que cualquier tirón o picada al cebo haría sumergir la varilla; y cada sedal tenía dos adujas o rollos de cuarenta brazas que podían empatarse a los rollos de repuesto, de modo que, si era necesario, un pez podía llevarse más de trescientas brazas.
El hombre vio ahora descender las tres varillas sobre la borda del bote y remó suavemente para mantener los sedales estirados y a su debida profundidad. Era día pleno y el sol podía salir en cualquier momento.
El sol se levantó tenuemente del mar y el viejo pudo ver los otros botes, bajitos en el agua, y bien hacia la costa, desplegados a través de la corriente. El sol se tornó más brillante y su resplandor cayó sobre el agua; luego, al levantarse más en el cielo, el plano mar lo hizo rebotar contra los ojos del viejo, hasta causarle daño; y siguió remando sin mirarlo. Miraba al agua y vigilaba los sedales que se sumergían verticalmente en la tiniebla del agua. Los mantenía más rectos que nadie, de manera que a cada nivel en la tiniebla de la corriente hubiera un cebo esperando exactamente donde él quería que estuviera por cualquier pez que pasara por allí. Otros los dejaban correr a la deriva con la corriente y a veces estaban a sesenta brazas cuando los pescadores creían que estaban a cien.
“Pero –pensó el viejo– yo los mantengo con precisión. Lo que pasa es que ya no tengo suerte. Pero ¿quien sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor tener suerte. Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré dispuesto.”
El sol estaba ahora a dos horas de altura y no le hacía tanto daño a los ojos mirar al este. Ahora sólo había tres botes a la vista y lucían muy bajo y muy lejos hacia la orilla.
“Toda mi vida me ha hecho daño en los ojos el sol naciente –pensó–. Sin embargo, todavía están fuertes. Al atardecer puedo mirarlo de frente sin deslumbrarme. Y por la tarde tiene más fuerza. Pero por la mañana es doloroso.”
Justamente entonces vio una de esas aves marinas llamadas fragatas con sus largas alas negras girando en el cielo sobre él. Hizo una rápida picada, ladeándose hacia abajo, con sus alas tendidas hacia atrás, y luego siguió girando nuevamente.
–Ha cogido algo –dijo en voz alta el viejo–. No sólo está mirando.
Remó lentamente y con firmeza hacia donde estaba el ave trazando círculos. No se apuro y mantuvo los sedales verticalmente. Pero había forzado un poco la marcha a favor de la corriente, de modo que todavía estaba pescando con corrección, pero más lejos de lo que hubiera pescado si no tratara de guiarse por el ave.
El ave se elevó más en el aire y volvió a girar sus alas inmóviles. Luego picó de súbito y el viejo vio una partida de peces voladores que brotaban del agua y navegaban desesperadamente sobre la superficie.
–Dorados –dijo en voz alta el viejo–. Dorados grandes.
Montó los remos y saco un pequeño sedal de debajo de la proa. Tenía un alambre y un anzuelo de tamaño mediano y lo cebo con una de las sardinas. Lo soltó por sobre la borda y luego lo amarró a una argolla a popa. Luego cebó el otro sedal y lo dejó enrollado a la sombra de la proa. Volvió a remar y a mirar al ave negra de largas alas que ahora trabajaba a poca altura sobre el agua.
Mientras él miraba, el ave picó de nuevo ladeando sus alas para el buceo y luego salió agitándolas fiera y fútilmente siguiendo a los peces voladores. El viejo podía ver la leve comba que formaba en el agua el dorado grande siguiendo a los peces fugitivos. Los dorados corrían, disparados, bajo el vuelo de los peces y estarían, corriendo velozmente, en el lugar donde cayeran los peces voladores. Es un gran bando de dorados, pensó. Están desplegados ampliamente: pocas probabilidades de escapar tienen los peces voladores. El ave no tiene chance. Los peces voladores son demasiado grandes para ella, y van demasiado velozmente.
El hombre observó cómo los peces voladores irrumpían una y otra vez y los inútiles movimientos del ave. “Esa mancha de peces se me ha escapado –pensó–. Se están alejando demasiado rápidamente, y van demasiado lejos. Pero acaso coja alguno extraviado, y es posible que mi pez grande esté en sus alrededores. Mi pescado grande tiene que estar en alguna parte.”
Las nubes se levantaban ahora sobre la tierra como montañas y la costa era solo una larga línea verde con las lomas azulgrís detrás de ella. El agua era ahora de un azul profundo, tan oscuro que casi resultaba violado. Al bajar la vista vio el cernido color rojo del plancton en el agua oscura y la extraña luz que ahora daba el sol. Examinó sus sedales y los vio descender rectamente hacia abajo y perderse de vista; y se sintió feliz viendo tanto plancton porque eso significaba que había peces.
La extraña luz que el sol hacía en el agua, ahora que el sol estaba más alto, significaba buen tiempo, y lo mismo la forma de las nubes sobre la tierra. Pero el ave estaba ahora casi fuera del alcance de la vista y en la superficie del agua no aparecían más que algunos parches de amarillo sargazo requemado por el sol y la violada, redondeada, iridiscente, gelatinosa y violada vejiga de una medusa flotando a corta distancia del bote. Flotaba alegremente como  una burbuja con sus largos y mortíferos filamentos purpurinos a remolque por espacio de una yarda.
Agua mala –dijo el hombre. Puta.
Desde donde se balanceaba suavemente contra sus remos bajó la vista hacia el agua y vio los diminutos peces que tenían el color de los largos filamentos y nadaban entre ellos y bajo la breve sombra que hacía la burbuja en su movimiento a la deriva. Eran inmunes a su veneno. Pero el hombre no, y cuando algunos de los filamentos se enredaban en el cordel y permanecían allí, viscosos y violados, mientras el viejo laboraba por levantar un pez, sufría verdugones y excoriaciones en los brazos y manos como los que producen el guao y la hiedra venenosa. Pero estos envenenamientos por el agua malaactuaban rápidamente y como latigazos.
Las burbujas iridiscentes eran bellas. Pero eran la cosa más falsa del mar y el viejo gozaba viendo cómo se las comían las tortugas marinas. Las tortugas las veían, se les acercaban por delante, luego cerraban los ojos de modo que, con su carapacho, estaban completamente protegidas, y se las comían con filamentos y todo. El viejo gustaba de ver a las tortugas comiéndoselas y gustaba de caminar sobre ellas en la playa, después de una tormenta, y oírlas reventar cuando les ponía encima sus pies callosos.
Le encantaban las tortugas verdes y los careyes con su elegancia y velocidad y su gran valor y sentía un amistoso desdén por las estúpidas tortugas llamadas caguamas, amarillosas en su carapacho, extrañas en sus copulaciones, y comiendo muy contentas las aguas malas con sus ojos cerrados.
No sentía ningún misticismo acerca de las tortugas, aunque había navegado muchos años en barcos tortugueros. Les tenía lástima; lástima hasta a los grandes “baúles” que eran tan largos como el bote y pesaban una tonelada. Por lo general, la gente no tiene piedad de las tortugas porque el corazón de una tortuga sigue latiendo varias horas después que han sido muertas. Pero el viejo pensó:
“También yo tengo un corazón así y mis pies y mis manos son como los suyos”.
Se comía sus blancos huevos para darse fuerza. Los comía todo el mes de mayo para estar fuerte en septiembre y salir en busca de los peces verdaderamente grandes.
También tomaba diariamente una taza de aceite de hígado de tiburón sacándolo del tanque que había en la barraca donde muchos de los pescadores guardaban su aparejo. Estaba allí, para todos los pescadores que lo quisieran. La mayoría de los pescadores detestaba su sabor. Pero no era peor que levantarse a las horas en que se levantaban y era muy bueno contra todos los catarros y gripes y era bueno para sus ojos.
Ahora el viejo alzó la vista y vio que el ave estaba girando de nuevo en el aire.
–Ha encontrado peces –dijo en voz alta.
Ningún pez volador rompía la superficie y no había desparrame de peces de carnada. Pero mientras miraba el anciano, un pequeño bonito se levantó en el aire, giró y cayó de cabeza en el agua. El bonito emitió unos destellos de plata al sol y después que hubo vuelto al agua, otro y otro más se levantaron y estaban brincando en todas las direcciones, batiendo el agua y dando largos saltos detrás de sus presas, cercándolas, espantándolas.
“Si no van demasiado rápidos los alcanzaré” pensó el viejo, y vio la mancha batiendo el agua, de modo que era blanca de espuma, y ahora el ave picaba y buceaba en busca de los peces, forzados a subir a la superficie por el pánico.
–El ave es una gran ayuda –dijo el viejo. Justamente entonces el sedal de popa se tensó bajo su pie, en el punto donde había guardado un rollo de sedal, y soltó los remos y tanteó el sedal para ver qué fuerza tenían los tirones del pequeño bonito; y sujetando firmemente el sedal, empezó a levantarlo. El retemblor iba en aumento según tiraba y pudo ver en el agua el negro–azul del pez, y el oro de sus costados, antes de levantarlo sobre la borda y echarlo en el bote. Quedo tendido a popa, al sol, compacto y en forma de bala, sus grandes ojos sin inteligencia mirando fijamente mientras dejaba su vida contra la tablazón del bote con los
rápidos y temblorosos golpes de su cola. El viejo le pegó en la cabeza para que no siguiera sufriendo y le dio una patada. El cuerpo del pez temblaba todavía a la sombra de popa.
–Bonito –dijo en voz alta–. Hará una linda carnada. Debe de pesar diez libras.
No recordaba cuánto tiempo hacía que había empezado a hablar solo en voz alta cuando no tenía a nadie con quien hablar. En los viejos tiempos, cuando estaba solo, cantaba; a veces, de noche, cuando hacía su guardia al timón de las chalupas y los tortugueros cantaba también. Probablemente había empezado a hablar en voz alta cuando se había ido el muchacho. Pero no recordaba. Cuando él y el muchacho pescaban juntos, generalmente hablaban únicamente cuando era necesario. Hablaban de noche o cuando los cogía el mal tiempo. Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar y el viejo siempre lo había considerado así y lo respetaba. Pero ahora expresaba sus pensamientos en voz alta muchas veces, puesto que no había nadie a quien pudiera mortificar.
–Si los otros me oyeran hablar en voz alta creerían que estoy loco –dijo en voz alta–. Pero, puesto que no estoy loco no me importa. Los ricos tienen radios que les hablan en sus embarcaciones y les dan las noticias del béisbol
“Esta no es hora de pensar en el béisbol, –pensó–. Ahora hay que pensar en una sola cosa. Aquella para la que he nacido. Pudiera haber un pez grande en torno a esa mancha –pensó–. Solo he cogido un bonito extraviado de los que estaban comiendo. Pero están trabajando rápidamente y a lo lejos. Todo lo que asoma hoy a la superficie viaja muy rápidamente y hacia el nordeste. ¿Será la hora? ¿O será alguna señal del tiempo que yo no conozco?”
Ahora no podía ver el verdor de la costa; sólo las cimas de las verdes colinas que asomaban blancas como si estuvieran coronadas de nieve y las nubes parecían altas montañas de nieve sobre ellas. El mar estaba muy oscuro y la luz hacía prismas en el agua. Y las miríadas de lunares del plancton eran anuladas ahora por el alto sol y el viejo solo veía los grandes y profundos prismas en el agua azul que tenía una milla de profundidad y en la que sus largos sedales descendían verticalmente.
Los pescadores llamaban bonitos a todos los peces de esa especie y solo distinguían entre ellos por sus nombres propios cuando venían a cambiarlos por carnadas. Los bonitos estaban de nuevo abajo. El sol calentaba fuerte y el viejo lo sentía en la parte de atrás del cuello, y sentía el sudor que le corría por la espalda mientras remaba.
“Pudiera dejarme ir a la deriva –pensó–, y dormir y echar un lazo al dedo gordo del pie para despertar si pican. Pero hoy hace ochenta y cinco días y tengo que aprovechar el tiempo.”
Justamente entonces, mientras vigilaba los sedales, vio que una de las varillas verdes se sumergía vivamente.
–Sí –dijo–. Sí –y monto los remos sin golpear el bote.
Cogió el sedal y lo sujetó suavemente en el índice y el pulgar de la derecha. No sintió tensión ni peso y aguanto ligeramente. Luego volvió a sentirlo. Esta vez fue un tirón de tanteo, ni sólido ni fuerte, y el viejo se dio cuenta, exactamente, de lo que era. A cien brazas más abajo una aguja estaba comiendo las sardinas que cubrían la punta y el cabo del  anzuelo en el punto donde el anzuelo, forjado a mano, sobresalía de la cabeza del pequeño bonito.
El viejo sujeto delicada y blandamente el sedal y con la mano izquierda lo soltó del palito verde. Ahora podía dejarlo correr entre sus dedos sin que el pez sintiera ninguna tensión.
“A esta distancia de la costa, en este mes, debe de ser enorme –pensó el viejo–
Cómelas, pez. Cómelas. Por favor, cómelas, están de lo más frescas; y tu, ahí, a seiscientos pies en el agua fría y a oscuras. Da otra vuelta en la oscuridad y vuelve a comértelas.”
Sentía el leve y delicado tirar y luego un tirón más fuerte cuando la cabeza de una sardina debía de haber sido más difícil de arrancar del anzuelo. Luego nada.
–Vamos, ven –dijo el viejo en voz alta–. Da otra vuelta. Da otra vuelta. Ven a olerlas. ¿Verdad que son sabrosas? Cómetelas ahora, y luego tendrás un bonito. Duro y frío y sabroso. No seas tímido, pez. Cómetelas.
Esperó con el sedal entre el índice y el pulgar, vigilándolo y vigilando los otros al mismo tiempo, pues el pez pudiera virar arriba o abajo. Luego volvió a sentir la misma y suave tracción.
–Lo cogerá –dijo el viejo en voz alta–. Dios lo ayude a cogerlo.
No lo cogió, sin embargo. Se fue y el viejo no sintió nada más.
–No puede haberse ido –dijo–. ¡No se puede haber ido, maldito! Está dando una vuelta. Es posible que haya sido enganchado alguna otra vez y que recuerde algo de eso.
Luego sintió un suave contacto en el sedal y se sintió feliz.
–No fue más que una vuelta –dijo–. Lo cogerá.
Era feliz sintiendo tirar suavemente y luego tuvo sensación de algo duro e increíblemente pesado. Era el peso del pez y dejo que el sedal se deslizara abajo, abajo, abajo, llevándose los dos primeros rollos de reserva. Según descendía, deslizándose suavemente entre los dedos del viejo, todavía él podía sentir el gran peso, aunque la presión de su índice y de su pulgar era casi imperceptible.
–¡Que pez! –dijo–. Lo lleva atravesado en la boca y se está yendo con él.
“Luego virara y se lo tragará” pensó. No dijo esto porque sabía que cuando uno dice una buena cosa posiblemente no sucede. Sabía que éste era un pez enorme y se lo imaginó alejándose en la tiniebla con el bonito atravesado en la boca. En ese momento sintió que había dejado de moverse, pero el peso persistía todavía. Luego el peso fue en aumento, y el viejo le dio más sedal. Acentuó la presión del índice y el pulgar por un momento y el peso fue en aumento. Y el sedal descendía verticalmente.
–Lo ha cogido –dijo–. Ahora dejaré que se lo coma a gusto.
Dejó que el sedal se deslizara entre sus dedos mientras bajaba la mano izquierda y amarraba el extremo suelto de los dos rollos de reserva al lazo de los rollos de reserva del otro sedal. Ahora estaba listo. Tenía tres rollos de cuarenta brazas de sedal en reserva, además del que estaba usando.
–Come un poquito más –dijo–. Come bien.
“Cómetelo de modo que la punta del anzuelo penetre en tu corazón y te mate – pensó–. Sube sin cuidado y déjame clavarte el arpón. Bueno. ¿Estás listo?
¿Llevas suficiente tiempo a la mesa?”
–¡Ahora! –dijo en voz alta y tiró fuerte con ambas manos; ganó un metro de sedal; luego tiró de nuevo, y de nuevo, balanceando cada brazo alternativamente y girando sobre sí mismo.
No sucedió nada. El pez seguía, simplemente, alejándose lentamente y el viejo no podía levantarlo una pulgada. Su sedal era fuerte, era cordel catalán y nuevo, de este año; hecho para peces pesados, y lo sujetó contra su espalda hasta que estaba tan tirante que soltaba gotas de agua. Luego empezó a hacer un lento sonido de siseo en el agua.
El viejo seguía sujetándolo, afincándose contra el banco e inclinándose hacia atrás. El bote empezó a moverse lentamente hacia el noroeste.
El pez seguía moviéndose sin cesar y viajaban ahora lentamente en el agua tranquila. Los otros cebos estaban todavía en el agua, pero no había nada que hacer.
–Ojalá estuviera aquí el muchacho –dijo en voz alta–. Voy a remolque de un pez grande y yo soy la bita de remolque. Podría amarrar el sedal. Pero entonces pudiera romperlo. Debo aguantarlo todo lo posible y darle sedal cuando lo necesite. Gracias a Dios que va hacia adelante, y no hacia abajo. No sé qué haré si decide ir hacia abajo. Pero algo haré. Puedo hacer muchas cosas. Sujetó el sedal contra su espalda y observó su sesgo en el agua; el bote seguía moviéndose ininterrumpidamente hacia el noroeste.
“Esto lo matará –pensó el viejo–. Alguna vez tendrá que parar.” Pero cuatro horas después el pez seguía tirando, llevando el bote a remolque, y el viejo estaba todavía sólidamente afincado, con el sedal atravesado a la espalda.
–Eran las doce del día cuando lo enganché –dijo–. Y todavía no lo he visto una sola vez.
Se había calado fuertemente el sombrero de paja en la cabeza antes de enganchar el pez; ahora el sombrero le cortaba la frente. Tenía sed. Se arrodilló y, cuidando de no sacudir el sedal, estiró el brazo cuanto pudo por debajo de la proa y cogió la botella de agua. La abrió y bebió un poco. Luego reposó contra la proa.
Descansó sentado en la vela y el palo que había quitado de la carlinga y trató de no pensar: sólo aguantar.
Luego miró hacia atrás y vio que no había tierra alguna a la vista. “Eso no importa –pensó–. Siempre podré orientarme por el resplandor de La Habana.
Todavía quedan dos horas de sol y posiblemente suba antes de la puesta del sol. Si no, acaso suba al venir la luna. Si no hace eso, puede que suba a la salida del sol. No tengo calambres y me siento fuerte. Él es quien tiene el anzuelo en la boca. Pero para tirar así, tiene que ser un pez de marca mayor. Debe de llevar la boca fuertemente cerrada contra el alambre. Me gustaría verlo. Me gustaría verlo aunque sólo fuera una vez, para saber con quién tengo que vérmelas.”
El pez no varió su curso ni dirección en toda la noche; al menos hasta donde el hombre podía juzgar guiado por las estrellas. Después de la puesta del sol hacía frío y el sudor se había secado en su espalda, sus brazos y sus piernas. De día había cogido el saco que cubría la caja de las carnadas y lo había tendido a secar al sol. Después de la puesta del sol se lo enrolló al cuello de modo que le caía sobre la espalda. Se lo deslizó con cuidado por debajo del sedal, que ahora le cruzaba los hombros. El saco mullía el sedal y el hombre había encontrado la manera de inclinarse hacia adelante contra la proa en una postura que casi le resultaba confortable. La postura era, en realidad, tan solo un poco menos intolerable, pero la concibió como casi confortable.
“No puedo hacer nada con él, y él no puede hacer nada conmigo –pensó–. Al menos mientras siga este juego.”
Una vez se enderezó y orinó por sobre la borda y miró a las estrellas y verificó el rumbo. El sedal lucía como una lista fosforescente en el agua, que se extendía, recta, partiendo de sus hombros. Ahora iban más lentamente y el fulgor de La Habana no era tan fuerte. Esto le indicaba que la corriente debía de estar arrastrándolo hacia el este. “Si pierdo el resplandor de La Habana, será que estamos yendo más hacia el este”, pensó.
Pues si el rumbo del pez se mantuviera invariable vería el fulgor durante muchas horas más. “Me pregunto quién habrá ganado hoy en las grandes ligas – pensó–. Sería maravilloso tener un radio para enterarse. –Luego pensó–: Piensa en esto; piensa en lo que estás haciendo. No hagas ninguna estupidez.” Luego dijo en voz alta:
–Ojalá estuviera aquí el muchacho. Para ayudarme y para que viera esto.
“Nadie debiera estar solo en su vejez –pensó–. Pero es inevitable. Tengo que acordarme de comer el bonito antes de que se eche a perder a fin de conservar las fuerzas. Recuerda: por poca gana que tengas tendrás que comerlo por la mañana. Recuerda”, se dijo.
Durante la noche acudieron delfines en torno al bote. Los sentía rolando y resoplando. Podía percibir la diferencia entre el sonido del soplo del macho y el suspirante soplo de la hembra.
–Son buena gente –dijo–. Juegan y bromean y se hacen el amor. Son nuestros hermanos, como los peces voladores.
Entonces empezó a sentir lastima por el gran pez que había enganchado. “Es maravilloso y extraño, y quién sabe que edad tendrá –pensó–. Jamás he cogido un pez tan fuerte, ni que se portara de un modo tan extraño. Puede que sea demasiado prudente para subir a la superficie. Brincando y precipitándose locamente pudiera acabar conmigo. Pero es posible que haya sido enganchado ya muchas veces y sepa que ésta es la manera de pelear. No puede saber que no hay más que un hombre contra él, ni que este hombre es un anciano. Pero ¡qué pez más grande! Y que bien lo pagarán en el mercado si su carne es buena. Cogió la carnada como un macho y tira como un macho y no hay pánico en su manera de pelear. Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación.”
Recordó aquella vez en que había enganchado una de las dos agujas que iban en pareja. El macho dejaba siempre que la hembra comiera primero, y el pez enganchado, la hembra, presentó una pelea fiera, desesperada y llena de pánico que no tardo en agotarla. Durante todo ese tiempo el macho permaneció con ella, cruzando el sedal y girando con ella en la superficie. Había permanecido tan cerca, que el viejo había temido que cortara el sedal con la cola, que era afilada como una guadaña y casi de la misma forma y tamaño. Cuando el viejo la había enganchado con el bichero, la había golpeado sujetando su mandíbula en forma de espada y de áspero borde, y golpeado en la cabeza hasta que su color se había tornado como el de la parte de atrás de los espejos; y luego, cuando, con ayuda del muchacho, la había izado a bordo el macho había permanecido junto al bote. Después, mientras el viejo levantaba los sedales y preparaba el arpón, el macho dio un brinco en el aire junto al bote para ver dónde estaba la hembra. Y luego se había sumergido en la profundidad con sus alas azul–rojizas, que eran sus aletas pectorales, desplegadas ampliamente y mostrando todas sus franjas del mismo color. Era hermoso, recordaba el viejo. Y se había quedado junto a su hembra.
“Es lo más triste que he visto jamás en ellos –pensó–. El muchacho había sentido también tristeza, y le pedimos perdón a la hembra y le abrimos el vientre prontamente.”
–Ojalá estuviera aquí el muchacho –dijo en voz alta y se acomodó contra las redondeadas tablas de la proa y sintió la fuerza del gran pez en el sedal que sujetaba contra sus hombros, moviéndose sin cesar hacia no sabía dónde: adonde el pez hubiese elegido.
“Por mi tracción ha tenido que tomar una decisión”, pensó el viejo.
“Su decisión había sido permanecer en aguas profundas y tenebrosas, lejos de todas las trampas y cebos y traiciones. Mi decisión fue ir allá a buscarlo, más allá de toda gente. Más allá de toda gente en el mundo. Ahora estamos solos uno para el otro y así ha sido desde mediodía. Y nadie que venga a valernos, ni a él ni a mí.”
“Tal vez yo no debiera ser pescador –pensó–. Pero para eso he nacido. Tengo que recordar sin falta comerme el bonito tan pronto como sea de día.”
Algo antes del amanecer cogió uno de los sedales que tenía detrás. Sintió que el palito se rompía y que el sedal empezaba a correr precipitadamente sobre la regala del bote. En la oscuridad sacó el cuchillo de la funda y, echando toda la presión del pez sobre el hombro izquierdo, se inclinó hacia atrás y cortó el sedal contra la madera de la regala. Luego cortó el otro sedal más próximo y en la oscuridad sujetó los extremos sueltos de los rollos de reserva. Trabajó diestramente con una sola mano y puso su pie sobre los rollos para sujetarlos mientras apretaba los nudos. Ahora tenía seis rollos de reserva. Había dos de cada carnada, que había cortado, y los dos del cebo que había cogido el pez. Y todos estaban enlazados.
“Tan pronto como sea de día –pensó–, me llegaré hasta el cebo de cuarenta brazas y lo cortaré también y enlazaré los rollos de reserva. Habré perdido doscientas brazas del buen cordel Catalán y los anzuelos y alambres. Eso puede ser reemplazado. Pero este pez, ¿quién lo reemplaza? Si engancho otros peces, pudiera soltarse. Me pregunto qué peces habrán sido los que acaban de picar. Pudiera ser una aguja, o un emperador, o un tiburón. No llegué a tomarle el peso. Tuve que deshacerme de él demasiado pronto.”
En voz alta dijo:
–Me gustaría que el muchacho estuviera aquí.
“Pero el muchacho no está contigo”, pensó.
“No cuentas más que contigo mismo, y harías bien en llegarte hasta el último
sedal, aunque sea en la oscuridad, y empalmar los dos rollos de reserva.”
Fue lo que hizo. Fue difícil en la oscuridad y una vez el pez dio un tirón que lo lanzó de bruces y le causó una herida bajo el ojo. La sangre le corrió un poco por la mejilla. Pero se coaguló y secó antes de llegar a su barbilla y el hombre volvió a la proa y se apoyo contra la madera. Ajustó el saco y manipuló cuidadosamente el sedal de modo que pasara por otra parte de sus hombros y, sujetándolo en estos, tanteo con cuidado la tracción del pez y luego metió la mano en el agua para sentir la velocidad del bote.
“Me pregunto por qué habrá dado ese nuevo impulso –pensó–. El alambre debe de haber resbalado sobre la comba de su lomo. Con seguridad, su lomo no puede dolerle tanto como me duele el mío. Pero no puede seguir tirando eternamente de este bote, por grande que sea. Ahora todo lo que pudiera estorbar está despejado y tengo una gran reserva de sedal: no hay más que pedir.”
–Pez –dijo dulcemente en voz alta–, seguiré hasta la muerte.
“Y él seguirá también conmigo, me figuro”, pensó el viejo, y se puso a esperar a que fuera de día. Ahora, a esta hora próxima al amanecer, hacía frío y se apretó contra la madera en busca de calor. “Voy a aguantar tanto como él”, pensó. Y con la primera luz el sedal se extendió a lo lejos y hacia abajo en el agua. El bote se movía sin cesar y cuando se levantó el primer filo de sol fue a posarse sobre el hombro derecho del viejo.
–Se ha dirigido hacia el norte –dijo el viejo. “La corriente nos habrá desviado mucho al este –pensó–. Ojalá virara con la corriente. Eso indicaría que se estaba cansando.”
Cuando el sol se hubo levantado más el viejo se dio cuenta de que el pez no se estaba cansando. Solo había una señal favorable. El sesgo del sedal indicaba que nadaba a menos profundidad. Eso no significaba, necesariamente, que fuera a brincar a la superficie. Pero pudiera hacerlo.
–Dios quiera que suba –dijo el viejo–. Tengo suficiente sedal para manejarlo.
“Puede que si aumento un poquito la tensión le duela y surja a la superficie –pensó–. Ahora que es de día, conviene que salga para que llene de aire los sacos a lo largo de su espinazo y no pueda luego descender a morir a las profundidades.”
Trató de aumentar la tensión, pero el sedal había sido estirado ya todo lo que daba desde que había enganchado el pez y, al inclinarse hacia atrás, sintió la dura tensión de la cuerda y se dio cuenta de que no podía aumentarla. “Tengo que tener cuidado de no sacudirlo –pensó–. Cada sacudida ensancha la herida que hace el anzuelo y, si brinca, pudiera soltarlo. De todos modos me siento mejor al venir el sol y por esta vez no tengo que mirarlo de frente.”
Había algas amarillas en el sedal pero el viejo sabía que eso no hacía más que aumentar la resistencia del bote, y el viejo se alegró. Eran las algas amarillas del Golfo –el sargazo– las que habían producido tanta fosforescencia de noche. –Pez –dijo–, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes de que termine este día.
“Ojalá”, pensó.
Un pajarito vino volando hacia el bote, procedente del norte. Era una especie de curruca que volaba muy bajo sobre el agua. El viejo se dio cuenta de que estaba muy cansado.
El pájaro llegó hasta la popa del bote y descanso allí. Luego voló en torno a la cabeza del viejo y fue a posarse en el sedal, donde estaba más cómodo.
–¿Qué edad tienes? –preguntó el viejo al pájaro–. ¿Es este tu primer viaje? El pájaro lo miro al oírlo hablar. Estaba demasiado cansado siquiera para examinar el sedal y se balanceó asiéndose fuertemente a él con sus delicadas patas.
–Estás firme –le dijo el viejo–. Demasiado firme. Después de una noche sin viento no debieras estar tan cansado. ¿A que vienen los pájaros?
“Los gavilanes –pensó– salen al mar a esperarlos.” Pero no le dijo nada de esto al pajarito que de todos modos no podía entenderlo y que ya tendría tiempo de conocer a los gavilanes.
–Descansa, pajarito, descansa –dijo–. Luego ve a correr fortuna como cualquier hombre o pájaro o pez.
Lo estimulaba a hablar porque su espalda se había endurecido de noche y ahora le dolía realmente.
–Quédate en mi casa si quieres, pajarito –dijo–. Siento que no pueda izar la vela y llevarte a tierra, con la suave brisa que se está levantando. Pero estás con un amigo.
Justamente entonces el pez dio una súbita sacudida; el viejo fue a dar contra la proa y hubiera caído por la borda si no se hubiera aferrado y soltado un poco de sedal.
El pájaro levantó el vuelo cuando el sedal se sacudió y el viejo ni siquiera lo había visto irse. Palpó cuidadosamente el sedal con la mano derecha y notó que su mano sangraba.
–Algo la ha lastimado –dijo en voz alta y tiró del sedal para ver si podía virar el pez. Pero cuando llegaba a su máxima tensión sujeto firme y se echó para atrás para tomar contrapeso.
–Ahora lo estás sintiendo, pez –dijo–. Y bien sabe Dios que también yo lo siento.
Miro en derredor a ver si veía el pájaro porque le hubiera gustado tenerlo de compañero. El pájaro se había ido.
“No te has quedado mucho tiempo –pensó el viejo–. Pero adonde vas a ser más difícil, hasta que llegues a la costa. ¿Cómo me habré dejado cortar por esa rápida sacudida del pez? Me debo de estar volviendo estúpido. O quizás sea que estaba mirando al pájaro y pensando en él. Ahora prestaré atención a mi trabajo y luego me comeré el bonito para que las fuerzas no me fallen.”
–Ojalá estuviera aquí el muchacho y tuviese un poco de sal –dijo en voz alta. Pasando la presión del sedal al hombro izquierdo y arrodillándose con cuidado lavó la mano en el mar y la mantuvo allí, sumergida, por más de un minuto, viendo correr la sangre y deshacerse en estela y el continuo movimiento del agua contra su mano al moverse el bote.
–Ahora va mucho más lentamente –dijo.
Al viejo le hubiera gustado mantener la mano en el agua salada por más tiempo, pero temía otra súbita sacudida del pez y se levantó y se afianzó y levantó la mano contra el sol. Era sólo un roce del sedal lo que había cortado su carne.
Pero era en la parte con que tenía que trabajar. El viejo sabía que antes de que esto terminara necesitaría sus manos y no le gustaba nada estar herido antes de empezar.
–Ahora –dijo cuando su mano se hubo secado– tengo que comer ese pequeño bonito. Puedo alcanzarlo con el bichero y comérmelo aquí tranquilamente.
Se arrodilló y halló el bonito bajo la popa con el bichero y lo atrajo hacia sí evitando que se enredara en los rollos de sedal. Sujetando el sedal nuevamente con el hombro izquierdo y apoyándose en el brazo izquierdo saco el bonito del garfio del bichero y puso de nuevo el bichero en su lugar. Plantó una rodilla sobre el pescado y arrancó tiras de carne oscura longitudinalmente desde la parte posterior de la cabeza hasta la cola. Eran tiras en forma de cuña y las arrancó desde la proximidad del espinazo hasta el borde del vientre. Cuando hubo arrancado seis tiras les tendió en la madera de la popa, limpio su cuchillo en el pantalón y levantó el resto del bonito por la cola y lo tiró por sobre la borda.
–No creo que pueda comerme uno entero –dijo, y cortó por la mitad una de las tiras. Sentía la firme tensión del sedal y su mano izquierda tenía calambre. La corrió hacia arriba sobre el duro sedal y la miró con disgusto.
–¿Qué clase de mano es esta? –dijo–. Puedes coger calambre, si quieres.
Puedes convertirte en una garra. De nada te va a servir.
“Vamos –pensó, y miró al agua oscura y al sesgo del sedal–. Cómetelo ahora y le dará fuerza a la mano. No es culpa de la mano, y llevas muchas horas con el pez. Pero puedes quedarte siempre con él. Cómete ahora el bonito.”
Cogió un pedazo y se lo llevó a la boca y lo masticó lentamente. No era desagradable.
“Mastícalo bien –pensó–, y no pierdas ningún jugo. Con un poco de limón o lima o con sal no estaría mal.”
–¿Cómo te sientes, mano? –preguntó a la que tenía calambre, y que estaba casi rígida como un cadáver–. Ahora comeré un poco para ti.
Comió la otra parte del pedazo que había cortado en dos. La masticó con cuidado y luego escupió el pellejo.
–¿Cómo va eso, mano? ¿O es demasiado pronto para saberlo?
Cogió otro pedazo entero y lo masticó.
“Es un pez fuerte y de calidad –pensó–. Tuve suerte de engancharlo a él, en vez de un dorado. El dorado es demasiado dulce. Este no es nada dulce y guarda toda la fuerza.”
“Sin embargo, hay que ser prácticos –pensó–. Otra cosa no tiene sentido. Ojalá tuviera un poco de sal. Y no sé si el sol secará o pudrirá lo que me queda. Por tanto será mejor que me lo coma todo aunque no tengo hambre. El pez sigue tirando firme y tranquilamente. Me comeré todo el bonito y entonces estaré preparado.”
–Ten paciencia, mano –dijo–. Esto lo hago por ti.
“Me gustaría dar de comer al pez –pensó–. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo y cobrar fuerzas para hacerlo.” Lenta y deliberadamente se comió todas las tiras en forma de cuña del pescado.
Se enderezó, limpiándose la mano en el pantalón.
–Ahora –dijo–, mano, puedes soltar el sedal. Yo sujetaré el pez con el brazo hasta que se te pase esa bobería.
Puso su pie izquierdo sobre el pesado sedal que había aguantado la mano izquierda y se echó hacia atrás para llevar con la espalda la presión.
–Dios quiera que se me quite el calambre –dijo–. Porque no sé qué hará el pez.
“Pero parece tranquilo –pensó–, y sigue su plan. Pero ¿cuál será su plan? ¿Y cuál es el mío? El mío tendré que improvisarlo de acuerdo con el suyo porque es muy grande. Si brinca podré matarlo. Pero no acaba de salir de allá abajo. Entonces, seguiré con él allá abajo.”
Se frotó la mano que tenía calambre contra el pantalón y trató de obligar los dedos. Pero éstos se resistían a abrirse. “Puede que se abra con el sol –pensó–. Puede que se abra cuando el fuerte bonito crudo haya sido digerido. Si la necesito, la abriré cueste lo que cueste. Pero no quiero abrirla ahora por la fuerza. Que se abra por sí misma y que vuelva por su voluntad. Después de todo abusé mucho de ella de noche cuando era necesario soltar y unir los varios sedales.”
Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero veía los prismas en el agua profunda y oscura, en el sedal estirado adelante y la extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la brisa y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.
Recordó cómo algunos hombres temían hallarse fuera de la vista de tierra en un botecito; y en los mares de súbito mal tiempo tenían razón. Pero ahora era el tiempo de los ciclones, y cuando no hay ciclón en el tiempo de los ciclones es el mejor tiempo del año.
“Si hay ciclón, siempre puede uno ver las señales varios días antes en el mar. En tierra no las ven porque no saben reconocerlas –pensó–. En tierra debe notarse también por la forma de las nubes. Pero ahora no hay ciclón a la vista.”
Miró al cielo y vio la formación de los blancos cúmulos, como sabrosas pilas de mantecado, y más arriba se veían las tenues plumas de los cirros contra el alto de septiembre.
–Brisa ligera –dijo–. Mejor tiempo para mí que para ti, pez.
Su mano izquierda estaba todavía presa del calambre, pero la iba soltando poco a poco.
“Detesto el calambre, pensó. Es una traición del propio cuerpo. Es humillante ante los demás tener diarrea producida por envenenamiento de ptomaínas o vomitar por lo mismo. Pero el calambre lo humilla a uno, especialmente cuando está solo.”
“Si el muchacho estuviera aquí podría frotarme la mano y soltarla, desde el antebrazo –pensó–. Pero ya se soltará.”
Luego palpó con la mano derecha para conocer la diferencia de tensión en el sedal; después vio que el sesgo cambiaba en el agua. Seguidamente, al inclinarse contra el sedal y golpear fuerte con la mano izquierda contra el muslo, vio que cobraba un lento sesgo ascendente.
–Está subiendo –dijo–. Vamos, mano. Ven, te lo pido.
El sedal se alzaba lenta y continuadamente. Luego la superficie del mar se combó delante del bote y salió el pez. Surgió interminablemente y manaba agua por sus costados. Brillaba al sol y su cabeza y lomo eran de un púrpura oscuro y al sol las franjas de sus costados lucían anchas y de un tenue color azul rojizo. Su espada era tan larga como un palo de béisbol, yendo de mayor a menor como un estoque. El pez apareció sobre el agua en toda su longitud y luego volvió a entrar en ella dulcemente, como un buzo, y el viejo vio la gran hoja de guadaña de su cola sumergiéndose y el sedal comenzó a correr velozmente.
–Es dos pies más largo que el bote –dijo el viejo.
El sedal seguía corriendo veloz pero gradualmente y el pez no tenía pánico. El viejo trataba de mantener con ambas manos el sedal a la mayor tensión posible sin que se rompiera. Sabía que si no podía demorar al pez con una presión continuada, el pez podía llevarse todo el sedal y romperlo.
“Es un gran pez y tengo que convencerlo –pensó–. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles.”
El viejo había visto muchos peces grandes. Había visto muchos que pesaban más de mil libras y había cogido dos de aquel tamaño en su vida, pero nunca solo. Ahora, solo, y fuera de la vista de tierra, estaba sujeto al más grande pez que había visto jamás, más grande que cuantos conocía de oídas, y su mano izquierda estaba todavía tan rígida como las garras convulsas de un águila.
“Pero ya se soltará –pensó–. Con seguridad que se le quitará el calambre para que pueda ayudar a la mano derecha. Tres cosas se pueden considerar hermanas: el pez y mis dos manos. Tiene que quitársele el calambre.” El pez había aminorado de nuevo su velocidad y seguía a su ritmo habitual.
“Me pregunto por qué habrá salido a la superficie –pensó el viejo–. Brincó para mostrarme lo grande que era. Ahora ya lo sé –pensó–. Me gustaría demostrarle que clase de hombre soy. Pero entonces vería la mano con calambre. Que piense que soy más hombre de lo que soy, y lo seré. Quisiera ser el pez –pensó– con todo lo que tiene frente a mi voluntad y mi inteligencia solamente.”
Se acomodó confortablemente contra la madera y aceptó sin protestar su sufrimiento. Y el pez seguía nadando sin cesar y el bote se movía lentamente sobre el agua oscura. Se estaba levantando un poco de oleaje con el viento que venía del este y a mediodía la mano izquierda del viejo estaba libre del calambre.
–Malas noticias para ti, pez –dijo, y movió el sedal sobre los sacos que cubrían sus hombros.
Estaba cómodo, pero sufría, aunque era incapaz de confesar su sufrimiento.
–No soy religioso –dijo–. Pero rezaría diez padrenuestros y diez avemarías por pescar este pez y prometo hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre si lo pesco. Lo prometo.
Comenzó a decir sus oraciones mecánicamente. A veces se sentía tan cansado que no recordaba la oración, pero luego las decía rápidamente, para que salieran automáticamente. Las avemarías son más fáciles de decir que los padrenuestros, pensó.
–Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Luego añadió:
–Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso.
Dichas sus oraciones y sintiéndose mejor, pero sufriendo igualmente, y acaso un poco más, se inclinó contra la madera de proa y empezó a activar mecánicamente los dedos de su mano izquierda.
El sol calentaba fuera ahora, aunque se estaba levantando ligeramente la brisa.
–Será mejor que vuelva a poner cebo al sedal de popa –dijo–. Si el pez decide quedarse otra noche necesitaré comer de nuevo y queda poca agua en la botella. No creo que pueda conseguir aquí más que un dorado. Pero si lo como bastante fresco no será malo. Me gustaría que viniera a bordo esta noche un pez volador. Pero no tengo luz para atraerlo. Un pez volador es excelente para comerlo crudo y no tendría que limpiarlo. Tengo que ahorrar ahora toda mi fuerza. ¡Cristo! ¡No sabía que fuera tan grande!
–Sin embargo lo matare –dijo–. Con toda su gloria y su grandeza.
“Aunque es injusto –pensó–. Pero le demostraré lo que puede hacer un hombre y lo que es capaz de aguantar.”
–Ya le dije al muchacho que yo era un hombre extraño –dijo–. Ahora es la hora de demostrarlo.
El millar de veces que lo había demostrado no significaba nada. Ahora lo estaba probando de nuevo. Cada vez era una nueva circunstancia y cuando lo hacía no pensaba jamás en el pasado.
“Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo y soñar con los leones –pensó– . ¿Por qué, de lo que queda, serán los leones lo principal? No pienses, viejo –se dijo–. Reposa dulcemente contra la madera y no pienses en nada. El pez trabaja. Trabaja tú lo menos que puedas.”
Estaba ya entrada la tarde y el bote todavía se movía lenta y seguidamente. Pero la brisa del este contribuía ahora a la resistencia del bote y el viejo navegaba suavemente con el leve oleaje y el escozor del sedal en la espalda le era leve y llevadero.
Una vez, en la tarde, el sedal empezó a alzarse de nuevo. Pero el pez siguió nadando a un nivel ligeramente más alto. El sol le daba ahora en el brazo y el hombro izquierdos y en la espalda. Por eso sabía que el pez había virado al nordeste.
Ahora que lo había visto una vez, podía imaginárselo nadando en el agua con sus purpurinas aletas pectorales desplegadas como alas y la gran cola erecta tajando la tiniebla. “Me pregunto cómo podrá ver a esa profundidad –pensó–. Sus ojos son enormes, y un caballo, con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad. En otro tiempo yo veía perfectamente en la oscuridad. No en la tiniebla completa, pero casi como los gatos.”
El sol y el continuo movimiento de sus dedos habían librado completamente de calambre la mano izquierda y empezó a pasar más presión a esta mano contrayendo los músculos de su espalda para repartir un poco el escozor del sedal.
–Si no estás cansado, pez –dijo en voz alta–, debes de ser muy extraño.
Se sentía ahora muy cansado y sabía que pronto vendría la noche y trató de pensar en otras cosas. Pensó en las Grandes Ligas. Sabía que los Yankees de New York estaban jugando su encuentro contra los Tigres de Detroit.
“Éste es el segundo día en que no me entero del resultado de los juegos – pensó–. Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran Di Maggio que hace todas las cosas perfectamente, aun con el dolor de la espuela de hueso en el talón. ¿Qué cosa es una espuela de hueso?, se preguntó. Nosotros no las tenemos. ¿Será tan dolorosa como la espuela de un gallo de pelea en el talón de una persona? Creo que no podría soportar eso, ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está allá abajo en la tiniebla del mar.”
–Salvo que vengan los tiburones –dijo en voz alta–. Si vienen los tiburones, Dios tenga piedad de él y de mí.
“¿Crees tu que el gran Di Maggio seguiría con un pez tanto tiempo como estoy haciendo yo? –pensó–. Estoy seguro de que sí, y más, puesto que es joven y fuerte. También su padre fue pescador. Pero ¿le dolería demasiado la espuela de hueso?”
–No sé –dijo en voz alta–. Nunca he tenido una espuela de hueso.
El sol se estaba poniendo. Para darse más confianza el viejo recordó aquella vez, cuando, en la taberna de Casablanca, había pulseado con el gran negro de Cienfuegos, que era el hombre más fuerte de los muelles. Habían estado un día y una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa, y los antebrazos
verticales, y las manos agarradas. Cada uno trataba de bajar la mano del otro hasta la mesa. Se hicieron muchas apuestas y la gente entraba y salía del local bajo las luces de querosene, y él miraba al brazo y la mano de negro y a la cara del negro. Cambiaban de árbitro cada cuatro horas, después de las primeras ocho, para que los árbitros pudieran dormir. Por debajo de las uñas de los dedos manaba sangre y se miraban a los ojos y a sus antebrazos y los apostadores entraban y salían del local y se sentaban en altas sillas contra la pared para mirar.
Las paredes estaban pintadas de un azul brillante. Eran de madera y las lámparas arrojaban las sombras de los pulseadores contra ellas. La sombra del negro era enorme y se movía contra la pared según la brisa hacía oscilar las lámparas. Los logros siguieron subiendo y bajando toda la noche, y al negro le daban ron y le encendían cigarrillos en la boca. Luego, después del ron, el negro hacía un tremendo esfuerzo y una vez había tenido al viejo, que entonces no era viejo, sino Santiago El Campeón, cerca de tres pulgadas fuera de la vertical. Pero el viejo había levantado de nuevo la mano y la había puesto a nivel. Entonces tuvo la seguridad de que tenía derrotado al negro, que era un hombre magnífico y un gran
atleta. Y al venir el día, cuando los apostadores estaban pidiendo que se declarara tablas, había aplicado todo su esfuerzo y forzado la mano del negro hacia abajo, más y más, hasta hacerle tocar la madera. La competencia había empezado el domingo por la mañana y terminado el lunes por la mañana. Muchos de los apostadores habían pedido un empate porque tenían que irse a trabajar a los muelles, a cargar sacos de azúcar, o a la Havana Coal Company. De no ser por eso todo el mundo hubiera querido que continuara hasta el fin. Pero él la había terminado de todos modos antes de la hora en que la gente tenía que ir a trabajar. Después de esto, y por mucho tiempo, todo el mundo le había llamado El Campeón y había habido un encuentro de desquite en la primavera. Pero no se
había apostado mucho dinero y él había ganado fácilmente, puesto que en el primer match había roto la confianza del negro de Cienfuegos. Después había pulseado unas cuantas veces más y luego había dejado de hacerlo. Decidió que podía derrotar a cualquiera si lo quería de veras, pero pensó que perjudicaba su mano derecha para pescar. Algunas veces había practicado con la izquierda. Pero su mano izquierda había sido siempre una traidora y no hacía lo que le pedía, y no confiaba en ella.
“El sol la tostará bien ahora –pensó–. No debe volver a agarrotárseme, salvo que haga demasiado frío de noche. Me pregunto qué me traerá esta noche.”
Un aeroplano pasó por encima en su viaje hacia Miami y el viejo vio como su sombra espantaba a las manchas de peces voladores.
–Con tantos peces voladores, debe de haber dorados –dijo, y se echó hacia atrás contra el sedal para ver si era posible ganar alguna ventana sobre su pez. Pero no: el sedal permaneció en esa tensión, temblor y rezumar de agua que precede a la rotura. El bote avanzaba lentamente y el viejo siguió con la mirada al aeroplano hasta que lo perdió de vista.
“Debe de ser muy extraño ir en un aeroplano –pensó–. Me pregunto cómo lucirá el mar desde esa altura. Si no volaran demasiado alto podrían ver los peces. Me gustaría volar muy lentamente a doscientas brazas de altura y ver los peces desde arriba. En los barcos tortugueros yo iba en las crucetas de los masteleros y aun a esa altura veía muchos. Desde allí los dorados lucen más verdes y se puede ver sus franjas y sus manchas violáceas y se ve todo el banco buceando. ¿Por qué todos los peces voladores de la corriente oscura tienen lomos violáceos y generalmente franjas o manchas del mismo color? El dorado parece verde, desde luego, porque es realmente dorado. Pero cuando viene a comer, realmente hambriento, aparecen franjas de color violáceo en sus costados, como en las agujas. ¿Será la cólera o la mayor velocidad lo que las hace salir?”
Justamente antes del anochecer, cuando pasaban junto a una gran isla de sargazo que se alzaba y bajaba y balanceaba con el leve oleaje, como si el océano estuviera haciendo el amor con alguna cosa, bajo una manta amarilla un dorado se prendió en su sedal pequeño. El viejo lo vio primero cuando brincó al aire, oro verdadero a los últimos rayos del sol, doblándose y debatiéndose fieramente. Volvió a surgir, una y otra vez, en las acrobáticas salidas que le dictaba su miedo. El hombre volvió como pudo a la popa y agachándose y sujetando el sedal grande con la mano y el brazo derechos, tiró del dorado con su mano izquierda, plantando su descalzo pie izquierdo sobre cada tramo de sedal que iba ganando. Cuando el pez llegó a popa, dando cortes y zambullidas, el viejo se inclinó sobre la popa y levantó el bruñido pez de oro de pintas violáceas por sobre la popa. Sus mandíbulas actuaban convulsivamente en rápidas mordidas contra el anzuelo y batió el fondo del bote con su largo cuerpo plano, su cola y su cabeza hasta que el viejo le pegó en la brillante cabeza dorada. Entonces se estremeció y se quedo quieto.
El viejo desenganchó el pez, volvió a cebar el sedal con otra sardina y lo arrojó al agua. Después volvió lentamente a la proa. Se lavó la mano izquierda y se la secó en el pantalón. Luego pasó el grueso sedal de la mano derecha a la mano izquierda y lavó la mano derecha en el mar mientras clavaba la mirada en el sol que se hundía en el océano, y en el sesgo del sedal grande.
–No ha cambiado en absoluto –dijo. Pero observando el movimiento de agua contra su mano notó que era perceptiblemente más lento.
–Voy a amarrar los dos remos uno contra otro y colocarlos de través detrás de la popa: eso retardará de noche su velocidad –dijo–. Si el pez se defiende bien de noche, yo también.
“Sería mejor limpiar el dorado un poco después para que la sangre se quedara en la carne –pensó–. Puedo hacer eso un poco más tarde y amarrar los remos para hacer un remolque al mismo tiempo. Será mejor dejar tranquilo al pez por ahora y no perturbarlo demasiado a la puesta del sol. La puesta del sol es un momento difícil para todos los peces.”
Dejó secar su mano en el aire, luego cogió el sedal con ella y se acomodo lo mejor posible y se dejó tirar adelante contra la madera para que el bote aguantara la presión tanto o más que él.
“Estoy aprendiendo a hacerlo –pensó–. Por lo menos esta parte. Y luego, recuerda que el pez no ha comido desde que cogió la carnada y que es enorme y necesita mucha comida. Ya me he comido un bonito entero. Mañana me comeré el dorado. Quizá me coma un poco cuando lo limpie. Será más difícil de comer que el bonito. Pero después de todo nada es fácil.”
–¿Cómo te sientes, pez? –preguntó en voz alta–. Yo me siento bien y mi mano izquierda va mejor y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del bote, pez.
No se sentía realmente bien, porque el dolor que le causaba el sedal en la espalda había rebasado casi el dolor y pasado a un entumecimiento que le parecía sospechoso. “Pero he pasado cosas peores –pensó–. Mi mano sólo está un poco rozada y el calambre ha desaparecido de la otra. Mis piernas están perfectamente. Y además ahora te llevo ventaja en la cuestión del sustento.”
Ahora era de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después de la puesta del sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus, pero la vio y sabía que pronto estarían todas a la vista y que tendría consigo todas sus amigas lejanas.
–El pez también es mi amigo –dijo en voz alta–. Jamás he visto un pez así, ni he oído hablar de él. Pero tengo que matarlo. Me alegro que no tengamos que tratar de matar las estrellas.
“Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar la luna –pensó–. La luna se escapa. Pero ¡imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar el sol! Nacimos con suerte”, pensó.
Luego sintió pena por el gran pez que no tenía nada que comer y su decisión de matarlo no se aflojó por eso un instante. “Podría alimentar a mucha gente –pensó–. Pero ¿serán dignos de comerlo? No, desde luego que no. No hay persona digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y su gran dignidad.”
“No comprendo estas cosas –pensó–. Pero es bueno que no tengamos que tratar de matar el sol o la luna o las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a nuestros verdaderos hermanos.”
“Ahora –pensó– tengo que pensar en el remolque para demorar la velocidad. Tiene sus peligros y sus méritos. Pudiera perder tanto sedal que pierda el pez si hace un esfuerzo y si el remolque de remos está en su lugar y el bote pierde toda su ligereza. Su ligereza prolonga el sufrimiento de nosotros dos, pero es mi seguridad, puesto que el pez tiene una gran velocidad que no ha empleado todavía. Pase lo que pase tengo que limpiar el dorado a fin de que no se eche a perder y comer una parte de él para estar fuerte.”
“Ahora descansaré una hora más y veré si continúa firme y sin alteración antes de volver a la popa y hacer el trabajo y tomar una decisión. En tanto veré como se porta y si presenta algún cambio. Los remos son un buen truco, pero ha llegado el momento de actuar sobre seguro. Todavía es mucho pez y he visto que el anzuelo estaba en el canto de su boca y ha mantenido la boca herméticamente cerrada. El castigo del anzuelo no es nada. El castigo del hambre y el que se halle frente a una cosa que no comprende lo es todo. Descansa  ahora, viejo, y déjalo trabajar hasta que llegue tu turno.”
Descansó durante lo que creyó serían dos horas. La luna no se levantaba ahora hasta tarde y no tenía modo de calcular el tiempo. Y no descansaba realmente, salvo por comparación. Todavía llevaba con los hombros la presión del sedal, pero puso la mano izquierda en la regala de proa y fue confiando cada vez más resistencia al propio bote.
“Que simple sería si pudiera amarrar el sedal –pensó–. Pero con una brusca sacudida podría romperlo. Tengo que amortiguar la tensión del sedal con mi cuerpo y estar dispuesto en todo momento a soltar sedal con ambas manos.”
–Pero todavía no has dormido, viejo –dijo en voz alta–. Ha pasado medio día y una noche y ahora otro día y no has dormido. Tienes que idear algo para poder dormir un poco si el pez sigue tirando tranquila y seguidamente. Si no duermes, pudiera nublársete la cabeza.
“Ahora tengo la cabeza despejada –pensó–. Demasiado despejada. Estoy tan claro como las estrellas, que son mis hermanas. Con todo, debo dormir. Ellas duermen, y la luna y el sol también duermen, y hasta el océano duerme a veces, en ciertos días, cuando no hay corriente y se produce una calma chicha.”
“Pero recuerda dormir –pensó–. Oblígate a hacerlo e inventa algún modo simple y seguro de atender a los sedales. Ahora vuelve allá y prepara el dorado. Es demasiado peligroso armar los remos en forma de remolque y dormirse.”
“Podría pasarme sin dormir –se dijo–. Pero sería demasiado peligroso.”
Empezó a abrirse paso de nuevo hacia la popa, a gatas, con manos y rodillas, cuidando de no sacudir el sedal del pez. “Éste pudiera estar ya medio dormido – pensó–. Pero no quiero que descanse. Debe seguir tirando hasta que muera.”
De vuelta en la popa se volvió de modo que su mano izquierda aguantaba la tensión del sedal a través de sus hombros y sacó el cuchillo de la funda con la mano derecha.
Ahora las estrellas estaban brillantes y vio claramente el dorado y le clavó el cuchillo en la cabeza y lo sacó de debajo de la popa. Puso uno de sus pies sobre el pescado y lo abrió rápidamente desde la cola hasta la punta de su mandíbula inferior. Luego soltó el cuchillo y lo destripó con la mano derecha, limpiándolo completamente y arrancándole de cuajo las agallas. Sintió la tripa pesada y resbaladiza en su mano y la abrió. Dentro había dos peces voladores. Estaban frescos y duros y los puso uno junto al otro y arrojó las tripas a las aguas por sobre la popa. Se hundieron dejando una estela de fosforescencia en el agua. El dorado estaba ahora frío y era de un leproso blanco–gris a la luz de las estrellas y el viejo le arrancó el pellejo de un costado mientras sujetaba su cabeza con el pie derecho. Luego lo viró y peló la otra parte y con el cuchillo levantó la carne de cada costado desde la cabeza a la cola.
Soltó el resto por sobre la borda y miró a ver si se producía algún remolino en el agua. Pero solo se percibía la luz de su lento descenso. Se volvió entonces y puso los dos peces voladores dentro de los filetes de pescado y, volviendo el cuchillo a la funda, regresó lentamente a la proa. Su espalda era doblada por la presión del sedal que corría sobre ella mientras él avanzaba con el pescado en la mano derecha.
De vuelta en la proa puso los dos filetes de pescado en la madera y los peces voladores junto a ellos. Después de esto afirmó el sedal a través de sus hombros y en un lugar distinto y lo sujetó de nuevo con la mano izquierda apoyada en la regala. Luego se inclinó sobre la borda y lavó los peces voladores en el agua notando la velocidad del agua contra su mano. Su mano estaba fosforescente por haber pelado el pescado y observó el flujo del agua contra ella. El flujo era menos fuerte y al frotar el canto de su mano contra la tablazón del bote salieron flotando partículas de fósforo y derivaron lentamente hacia popa.
–Se está cansando o descansando –dijo el viejo–. Ahora déjame comer este dorado y tomar algún descanso y dormir un poco.
Bajo las estrellas en la noche, que se iba tornando cada vez más fría, se comió la mitad de uno de los filetes de dorado y uno de los peces voladores limpio de tripa y sin cabeza.
–Que excelente pescado es el dorado para comerlo cocinado –dijo–. Y qué pescado más malo es crudo. Jamás volveré a salir en un bote sin sal o limones.
“Si hubiera tenido cerebro habría echado agua sobre la proa todo el día. Al secarse habría hecho sal –pensó–. Pero el hecho es que no enganché el dorado hasta cerca de la puesta del sol. Sin embargo, fue una falta de previsión. Pero lo he masticado bien y no siento náuseas.”
El cielo se estaba nublando sobre el este y una tras otra las estrellas que conocía fueron desapareciendo. Ahora parecía como si estuvieran entrando en un gran desfiladero de nubes y el viento había amainado.
–Dentro de tres o cuatro días habrá mal tiempo –dijo–. Pero no esta noche ni mañana. Apareja ahora para dormir un poco, viejo, mientras el pez está tranquilo y sigue tirando seguido.
Sujetó firmemente el sedal en su mano derecha, luego empujó su muslo contra su mano derecha mientras echaba todo el peso contra la madera de la proa. Luego pasó el sedal un poco más abajo, en los hombros, y lo aguantó con la mano izquierda en forma de soporte.
“Mi mano derecha puede sujetarlo mientras tenga soporte –pensó–. Si se afloja en el sueño, mi mano izquierda me despertará cuando el sedal empiece a correr.
Es duro para la mano derecha. Pero está acostumbrada al castigo. Aun cuando solo duerma veinte minutos o una hora me hará bien.” Se inclinó adelante, afianzándose contra el sedal con todo su cuerpo, echando todo su peso sobre la mano derecha, y se quedó dormido. No soñó con los leones marinos. Soñó con una vasta mancha de marsopas que se extendía por espacio de ocho a diez millas. Y esto era en la época de su apareamiento y brincaban muy alto en el aire y volvían al mismo hoyo que habían abierto en el agua al brincar fuera de ella.
Luego soñó que estaba en el pueblo, en su cama, y soplaba un norte y hacía mucho frío y su mano derecha estaba dormida porque su cabeza había descansado sobre ella en vez de hacerlo sobre una almohada.
Después empezó a soñar con la larga playa amarilla y vio el primero de los leones que descendían a ella al anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y él apoyó la barbilla sobre la madera de la proa del barco que allí estaba fondeado sintiendo la vespertina brisa de tierra y esperando a ver si venían más leones. Y era feliz.
La luna se había levantado hacía mucho tiempo, pero él seguía durmiendo y el pez seguía tirando seguidamente del bote y éste entraba en un túnel de nubes. Lo despertó la sacudida de su puño derecho contra su cara y el escozor del sedal pasando por su mano derecha. No tenía sensación en su mano izquierda, pero frenó todo lo que pudo con la derecha y el sedal seguía corriendo precipitadamente. Por fin su mano izquierda halló el sedal y el viejo se echó hacia atrás contra el sedal y ahora le quemaba la espalda y la mano izquierda y su mano izquierda estaba aguantando toda la tracción y se estaba desollando malamente.
Volvió la vista a los rollos de sedal y vio que se estaban desenrollando suavemente. Justamente entonces el pez irrumpió en la superficie haciendo un gran desgarrón en el océano y cayendo pesadamente luego. Luego volvió a irrumpir, brincando una y otra vez, y el bote iba velozmente aunque el sedal seguía corriendo y el viejo estaba llevando la tensión hasta su máximo de resistencia, repetidamente, una y otra vez. El pez había tirado de él contra la proa y su cara estaba contra la tajada suelta de dorado y no podía moverse.
“Esto es lo que esperábamos –pensó–. Así, pues, vamos a aguantarlo.”
“Que tenga que pagar por el sedal –pensó–. Que tenga que pagarlo bien.”
No podía ver los brincos del pez sobre el agua: solo sentía la rotura del océano y el pesado golpe contra el agua al caer.
La velocidad del sedal desollaba sus manos, pero nunca había ignorado que esto sucediera y trató de mantener el roce sobre sus partes callosas y no dejar escapar el sedal a la palma y evitar que le desollara los dedos.
“Si el muchacho estuviera aquí mojaría los rollos de sedal –pensó–. Sí. Si el muchacho estuviera aquí. Si el muchacho estuviera aquí.”
El sedal se iba más y más, pero ahora más lentamente, y el viejo estaba obligando al pez a ganar con trabajo cada pulgada de sedal. Ahora levantó la cabeza de la madera y la sacó de la tajada de pescado que su mejilla había aplastado. Luego se puso de rodillas y  seguidamente se puso lentamente de pie.
Estaba cediendo sedal, pero más lentamente cada vez. Logró volver adonde podía sentir con el pie los rollos de sedal que no veía. Quedaba todavía suficiente sedal y ahora el pez tenía que vencer la fricción de todo aquel nuevo sedal a través del agua.
“Sí –pensó–. Y ahora ha salido más de una docena de veces fuera del agua y ha llenado de aire las bolsas a lo largo del lomo y no puede descender a morir a las profundidades de donde yo no pueda levantarlo. Pronto empezará a dar vueltas. Entonces tendré que empezar a trabajarlo. Me pregunto qué le habrá hecho brincar tan de repente fuera del agua. ¿Habrá sido el hambre, llevándolo a la desesperación, o habrá sido algo que lo asusto en la noche? Quizás haya tenido miedo de repente. Pero era un pez tranquilo, tan fuerte, y parecía tan
valeroso y confiado… Es extraño.”
–Mejor que tú mismo no tengas miedo y que tengas confianza, viejo –dijo–. Lo estás sujetando de nuevo, pero no puedes recoger sedal. Pronto tendrá que empezar a girar en derredor.
El viejo sujetaba ahora al pez con su mano izquierda y con sus hombros, y se inclinó y cogió agua en el hueco de la mano derecha para quitarse de la cara la carne aplastada del dorado. Temía que le diera náuseas y vomitara y perdiera sus fuerzas. Cuando hubo limpiado la cara, lavó la mano derecha en el agua por sobre la borda y luego la dejó en el agua salada mientras percibía la aparición de la primera luz que precede a la salida del sol.
“Va casi derecho al este –pensó–. Eso quiere decir que está cansado y que sigue la corriente. Pronto tendrá que girar. Entonces empezará nuestro verdadero trabajo.”
Después de considerar que su mano derecha llevaba suficiente tiempo en el agua la sacó y la miró.
–No está mal –dijo–. Para un hombre el dolor no importa.
Sujetó el sedal con cuidado, de forma que no se ajustara a ninguna de las recientes rozaduras, y lo corrió de modo que pudiera poner su mano izquierda en el mar por sobre el otro costado del bote.
–Lo has hecho bastante bien y no en balde –dijo a su mano izquierda–. Pero hubo un momento en que no podía encontrarte.
“¿Por que no habré nacido con dos buenas manos? –pensó–. Quizá yo haya tenido la culpa, por no entrenar ésta debidamente. Pero bien sabe Dios que ha tenido bastantes ocasiones de aprender. No lo ha hecho tan mal esta noche, después de todo, y solo ha sufrido calambre una vez. Si le vuelve a dar, deja que el sedal le arranque la piel.
Cuando le pareció que se le estaba nublando un poco la cabeza, pensó que debía comer un poco más de dorado. “Pero no puedo –se dijo–. Es mejor tener la mente un poco nublada que perder fuerzas por la náusea. Y yo sé que no podré guardar la carne si me la como después de haberme embarrado la cara con ella.
La dejaré para un caso de apuro hasta que se ponga mala. Pero es demasiado tarde para tratar de ganar fuerzas por medio de la alimentación. Eres estúpido –se dijo–. Cómete el otro pez volador.”
Estaba allí, limpio y liso, y lo recogió con la mano izquierda y se lo comió, masticando cuidadosamente los huesos, comiéndoselo todo, hasta la cola.
“Era más alimenticio que casi cualquier otro pez”, pensó. “Por lo menos el tipo de fuerza que necesito. Ahora he hecho lo que podía –pensó–. Que empiece a trazar círculos y venga la pelea.”
El sol estaba saliendo por tercera vez desde que se había hecho a la mar, cuando el pez empezó a dar vueltas.
El viejo no podía ver por el sesgo del sedal que el pez estaba girando. Era demasiado pronto para eso. Sentía simplemente un débil aflojamiento de la presión del sedal y comenzó a tirar de él suavemente con la mano derecha. Se tensó, como siempre, pero justamente cuando llegó al punto en que se hubiera roto, el sedal empezó a ceder. El viejo sacó con cuidado la cabeza y los hombros de debajo del sedal y empezó a recogerlo suave y seguidamente. Usó las dos manos sucesivamente, balanceándose y tratando de efectuar la tracción lo más posible con el cuerpo y con las piernas. Sus viejas piernas y hombros giraban con ese movimiento de contoneo a que le obligaba la tracción.
–Es un ancho círculo –dijo–. Pero está girando.
Luego el sedal cesó de ceder y el viejo lo sujetó hasta que vio que empezaba a soltar las gotas al sol. Luego empezó a correr y el viejo se arrodilló y lo dejó ir nuevamente, a regañadientes, al agua oscura.
–Ahora está haciendo la parte más lejana del círculo –dijo–. “Debo aguantar todo lo posible –pensó–. La tirantez acortará su círculo cada vez más. Es posible que lo vea dentro de una hora. Ahora debo convencerlo y luego debo matarlo.” Pero el pez seguía girando lentamente y el viejo estaba empapado en sudor y fatigado hasta la medula dos horas después. Pero los círculos eran mucho más cortos y por la forma en que el sedal se sesgaba podía apreciar que el pez había ido subiendo mientras giraba.
Durante una hora el viejo había estado viendo puntos negros ante los ojos y el sudor salaba sus ojos y salaba la herida que tenía en su ceja y en su frente. No temía a los puntos negros. Eran normales a la tensión a que estaba tirando del sedal. Dos veces, sin embargo, había sentido vahídos y mareos, y eso le preocupaba.
–No puedo fallarme a mí mismo y morir frente a un pez como éste –dijo–. Ahora que lo estoy acercando tan lindamente, Dios me ayude a resistir. Rezaré cien padrenuestros y cien avemarías. Pero no puedo rezarlos ahora. “Considéralos rezados –pensó–. Los rezaré más tarde.”
Justamente entonces sintió de súbito una serie de tirones y sacudidas en el sedal que sujetaba con ambas manos. Era una sensación viva, dura y pesada.
“Está golpeando el alambre con su pico –pensó–. Tenía que suceder. Tenía que hacer eso. Sin embargo, puede que lo haga brincar fuera del agua, y yo preferiría que ahora siguiera dando vueltas.” Los brincos fuera del agua le eran necesarios para tomar aire. Pero después de eso, cada uno puede ensanchar la herida del anzuelo, y pudiera llegar a soltar el anzuelo.
–No brinques, pez –dijo–. No brinques.
El pez golpeó el alambre varias veces más, y cada vez que sacudía la cabeza el viejo cedía un poco más de sedal.
“Tengo que evitar que aumente su dolor –pensó–. El mío no importa. Yo puedo controlarlo. Pero su dolor pudiera exasperarlo.”
Después de un rato el pez dejó de golpear el alambre y empezó a girar de nuevo lentamente. Ahora el viejo estaba ganando sedal gradualmente. Pero de nuevo sintió un vahído. Cogió un poco de agua del mar con la mano izquierda y se mojó la cabeza. Luego cogió más agua y se frotó la parte de atrás del cuello.
–No tengo calambres –dijo–. El pez estará pronto arriba y tengo que resistir. Tienes que resistir. De eso, ni hablar.
Se arrodilló contra la proa y, por un momento, deslizó de nuevo el sedal sobre su espalda. “Ahora descansaré mientras él sale a trazar su círculo, y luego, cuando venga, me pondré de pie y lo trabajare”, decidió.
Era una gran tentación descansar en la proa y dejar que el pez trazara un círculo por sí mismo sin recoger sedal alguno. Pero cuando la tirantez indicó que el pez había virado para venir hacia el bote, el viejo se puso de pie y empezó a tirar en ese movimiento giratorio y de contoneo, hasta recoger todo el sedal ganado al pez.
“Jamás me he sentido tan cansado –pensó–, y ahora se está levantando la brisa. Pero eso me ayudará a llevarlo a tierra. Lo necesito mucho.”
–Descansaré en la próxima vuelta que salga a dar –dijo–. Me siento mucho mejor. Luego, en dos o tres vueltas más, lo tendré en mi poder.
Su sombrero de paja estaba allá en la parte de atrás de la cabeza. El viejo sintió girar de nuevo el pez, y un fuerte tirón del sedal lo hundió contra la proa. “Pez, ahora tú estás trabajando –pensó–. A la vuelta te pescaré.”
El mar estaba bastante más agitado. Pero era una brisa de buen tiempo y el viejo la necesitaba para volver a tierra.
–Pondré, simplemente, proa al sur y al oeste –dijo–. Un hombre no se pierde nunca en el mar. Y la isla es larga.
Fue en la tercera vuelta cuando primero vio el pez. Lo vio primero como una sombra oscura que tardó tanto tiempo en pasar bajo el bote que el viejo no podía creer su longitud.
–No –dijo–. No puede ser tan grande.
Pero era tan grande, y al cabo de su vuelta salió a la superficie sólo a treinta yardas de distancia y el hombre vio su cola fuera del agua. Era más alta que una gran hoja de guadaña y de un color azuloso rojizo muy pálido sobre la oscura agua azul. Volvió a hundirse y mientras el pez nadaba justamente bajo la superficie el viejo pudo ver su enorme bulto y las franjas purpurinas que lo ceñían.
Su aleta dorsal estaba aplanada y sus enormes pectorales desplegadas a todo lo que daban.
En ese círculo pudo el viejo ver el ojo del pez y las dos rémoras grises que nadaban en torno a él. A veces se adherían a él. A veces salían disparadas. A veces nadaban tranquilamente a su sombra. Cada una tenía más de tres pies de largo, y cuando nadaban rápidamente meneaban todo su cuerpo como anguilas.
El viejo estaba ahora sudando, pero por algo más que por el sol. En cada vuelta que daba plácida y tranquilamente el pez, el viejo iba ganando sedal y estaba seguro de que en dos vueltas más tendría ocasión de clavarle el arpón.
“Pero tengo que acercarlo, acercarlo, acercarlo –pensó–. No debo apuntar a la cabeza. Tengo que metérselo en el corazón.”
–Calma y fuerza, viejo –dijo.
En la vuelta siguiente el lomo del pez salió del agua, pero estaba demasiado lejos del bote. En la vuelta siguiente estaba todavía demasiado lejos, pero sobresalía más del agua y el viejo estaba seguro de que cobrando un poco más de sedal habría podido arrimarlo al bote.
Había preparado su arpón mucho antes y su rollo de cabo ligero estaba en una cesta redonda, y el extremo estaba amarrado a la bita en la proa.
Ahora el pez se estaba acercando, bello y tranquilo, a la mirada y sin mover más que su gran cola. El viejo tiró de él todo lo que pudo para acercarlo más. Por un instante el pez se viró un poco sobre un costado. Luego se enderezó y emprendió otra vuelta.
–Lo moví –dijo el viejo–. Esta vez lo moví.
Sintió nuevamente un vahído, pero siguió aplicando toda la presión de que era capaz al gran pez. “Lo he movido –pensó–. Quizás esta vez pueda virarlo. Tirad, manos –pensó–. Aguantad firmes, piernas. No me falles, cabeza. No me falles. Nunca te has dejado llevar. Esta vez voy a virarlo.”
Pero cuando puso en ello todo su esfuerzo empezando a bastante distancia antes de que el pez se pusiera a lo largo del bote y tirando con todas sus fuerzas, el pez se viró en parte y luego se enderezó y se alejó nadando.
–Pez –dijo el viejo–. Pez, vas a tener que morir de todos modos. ¿Tienes que matarme también a mí?
“De ese modo no se consigue nada”, pensó. Su boca estaba demasiado seca para hablar, pero ahora no podía alcanzar el agua. “Esta vez tengo que arrimarlo – pensó–. No estoy para muchas vueltas más. Si, cómo no –se dijo a sí mismo–. Estás para eso y mucho más.”
En la siguiente vuelta estuvo a punto de vencerlo. Pero de nuevo el pez se enderezó y salió nadando lentamente.
“Me estás matando, pez –pensó el viejo–. Pero tienes derecho. Hermano, jamás en mi vida he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más tranquila, ni más noble que tú. Vamos, ven a matarme. No me importa quién mate a quién.”
“Ahora se está confundiendo la mente –pensó–. Tienes que mantener tu cabeza despejada. Mantén tu cabeza despejada y aprende a sufrir como un hombre. O como un pez”, pensó.
–Despéjate, cabeza –dijo en una voz que apenas podía oír–. Despéjate. Dos veces más ocurrió lo mismo en las vueltas.
“No sé –pensó el viejo. Cada vez se había sentido a punto de desfallecer–. No sé. Pero probaré otra vez.”
Probó una vez más y se sintió desfallecer cuando viró el pez. El pez se enderezó y salió nadando de nuevo lentamente, meneando en el aire su gran cola. “Probaré de nuevo”, prometió el viejo, aunque sus manos estaban ahora pulposas y sólo podía ver bien a intervalos.
Probó de nuevo y fue lo mismo. “Vaya –pensó, y se sintió desfallecer antes de
empezar–. Voy a probar otra vez.”
Cogió todo su dolor y lo que quedaba de su fuerza y del orgullo que había perdido hacía mucho tiempo y lo enfrentó a la agonía del pez. Y este se viró sobre su costado y nadó suavemente de costado, tocando casi con el pico la tablazón del bote y empezó a pasarlo: largo, espeso, ancho, plateado y listado de púrpura e interminable en el agua.
El viejo soltó el sedal y puso su pie sobre él y levantó el arpón tan alto como pudo y lo lanzó hacia abajo con toda su fuerza, y más fuerza que acababa de crear, al costado del pez, justamente detrás de la gran aleta pectoral que se elevaba en el aire, a la altura del pecho de un hombre. Sintió que el hierro penetraba en el pez y se inclinó sobre él y lo forzó a penetrar más, y luego le echó encima todo su peso.
Luego, el pez cobró vida, con la muerte en la entraña, y se levantó del agua, mostrando toda su gran longitud y anchura y todo su poder y su belleza. Pareció flotar en el aire sobre el viejo que estaba en el bote. Luego cayó en el agua con un estampido que arrojó un reguero de agua sobre el viejo y sobre todo el bote. El viejo se sentía desfallecer y estaba mareado y no veía bien. Pero soltó el sedal del arpón y lo dejo correr lentamente entre sus manos en carne viva, y cuando pudo ver, vio que el pez estaba de espalda, con su plateado vientre hacia arriba. El mango del arpón se proyectaba en ángulo desde el hombro del pez y el mar se estaba tiñendo de la sangre roja de su corazón. Primero era oscura como un bajío en el agua azul que tenía más de una milla de profundidad. Luego se distendió como una nube. El pez era plateado y estaba quieto y flotaba movido por las olas.
El viejo miró con atención en el intervalo de vista que tenía. Luego dio dos vueltas con el sedal del arpón a la bita de la proa y se sujetó la cabeza con las manos.
–Tengo que mantener clara la mente –dijo contra la madera de la proa–. Soy un hombre viejo y cansado. Pero he matado a este pez que es mi hermano y ahora tengo que terminar la faena.
“Ahora tengo que preparar los lazos y la cuerda para amarrarlo al costado – pensó–. Aun cuando fuéramos dos y anegáramos el bote para cargar el pez y achicáramos luego el bote no podría jamás con él. Tengo que prepararlo todo y luego arrimarlo y amarrarlo bien y encajar el mástil y largar vela de regreso.”
Empezó a tirar del pez para ponerlo a lo largo del costado, de modo que pudiera pasar un sedal por sus agallas, sacarlo por la boca y amarrar su cabeza al costado de proa. “Quiero verlo –pensó–, y tocarlo, y palparlo. Creo que sentí el contacto con su corazón –pensó–. Cuando empujé el mango del arpón la segunda vez. Acercarlo ahora y amarrarlo, y echarle el lazo a la cola y otro por el centro, y ligarlo al bote.”
–Ponte a trabajar, viejo –dijo. Tomó un trago muy pequeño de agua–. Hay mucha faena que hacer ahora que la pelea ha terminado.
Alzó la vista al cielo y luego la tendió hacia su pez. Miró al sol con detenimiento.
“No debe ser mucho más de mediodía –pensó–. Y la brisa se está levantando. Los sedales no significan nada ya. El muchacho y yo los empalmaremos cuando lleguemos a casa.”
–Vamos pescado, ven acá –dijo. Pero el pez no venía. Seguía allí, flotando en el mar, y el viejo llevó el bote hasta él.
Cuando estuvo a su nivel y tuvo la cabeza del pez contra la proa no pudo creer que fuera tan grande. Pero soltó de la bita la soga del arpón, la pasó por las agallas del pez y la sacó por sus mandíbulas. Dio una vuelta con ella a la espalda y luego la pasó a través de la otra agalla. Dio otra vuelta al pico y anudó la doble cuerda y la sujetó a la bita de proa. Cortó entonces el cabo y se fue a popa a enlazar la cola. El pez se había vuelto plateado (originalmente era violáceo y plateado) y las franjas eran del mismo color violáceo pálido de su cola. Eran más anchas que la mano de un hombre con los dedos abiertos y los ojos del pez parecían tan neutros como los espejos de un periscopio o un santo en una procesión.
–Era la única manera de matarlo –dijo el viejo. Se estaba sintiendo mejor desde que había tomado el buche de agua y sabía que no desfallecería y su cabeza estaba despejada. “Tal como está, pesa mil quinientas libras –pensó–. Quizá más.
¿Si quedaran en limpio dos tercios de eso, a treinta centavos la libra?”
–Para eso necesito un lápiz –dijo–. Mi cabeza no está tan clara como para eso. Pero creo que el gran Di Maggio se hubiera sentido hoy orgulloso de mí. Yo no tenía espuelas de hueso. Pero las manos y la espalda duelen de veras.
“Me pregunto que sería una espuela de hueso –pensó–. Puede que las tengamos sin saberlo.”
Sujetó el pez a la proa y a la popa y al banco del medio. Era tan grande, que era como amarrar un bote mucho más grande al costado del suyo. Cortó un trozo de sedal y amarró la mandíbula inferior del pez contra su pico, a fin de que no se abriera su boca y que pudieran navegar lo más desembarazadamente posible. Luego encajó el mástil en la carlinga, y con el palo que era su bichero y el botalón aparejados, la remendada vela cogió viento, el bote empezó a moverse y, medio tendido en la popa, el viejo puso proa al sudoeste.
No necesitaba brújula para saber dónde estaba el sudoeste. No tenía más que sentir la brisa y el tiro de la vela. “Será mejor que eche un sedal con una cuchara al agua y trate de coger algo para comer y mojarlo con agua.” Pero no encontró ninguna cuchara y sus sardinas estaban podridas. Así que enganchó un parche de algas marinas con el bichero y lo sacudió y los pequeños camarones que había en él cayeron en el fondo del bote. Había más de una docena de ellos y brincaban y pataleaban como pulgas de playa. El viejo les arrancó las cabezas con el índice y el pulgar y se los comió, masticando las cortezas y las colas. Eran muy pequeñitos, pero él sabía que eran alimenticios y no tenían mal sabor.
El viejo tenía todavía dos tragos de agua en la botella y se tomó la mitad de uno después de haber comido los camarones. El bote navegaba bien, considerando los inconvenientes, y el viejo gobernaba con la caña del timón bajo el brazo. Podía ver el pez y no tenía más que mirar a sus manos y sentir el contacto de su espalda con la popa para saber que esto había sucedido realmente y que no era un sueño.
Una vez, cuando se sentía mal, hacia el final de la pelea, había pensado que quizá fuera un sueño. Luego, cuando vio había visto saltar el pez del agua y permanecer inmóvil contra el cielo antes de caer, tuvo la seguridad de que era algo grandemente extraño y no podía creerlo. Luego empezó a ver mal. Ahora, sin embargo, había vuelto a ver como siempre.
Ahora sabía que el pez iba ahí y que sus manos y su espalda no eran un sueño.
“Las manos curan rápidamente –pensó–. Las he desangrado, pero el agua salada las curará. El agua oscura del golfo verdadero es la mejor cura que existe. Lo único que tengo que hacer es conservar la claridad mental. Las manos han hecho su faena y navegamos bien. Con su boca cerrada y su cola vertical navegamos como hermanos. –Luego su cabeza empezó a nublarse un poco y pensó–: ¿,Me llevará él a mí o lo llevaré yo a él? Si yo lo llevara a él a remolque no habría duda. Tampoco si el pez fuera en el bote ya sin ninguna dignidad.” Pero navegaban juntos, ligados costado con costado, y el viejo pensó: “Deja que él me lleve si quiere. Yo sólo soy mejor que él por mis artes y él no ha querido hacerme daño.”
Navegaban bien y el viejo empapó las manos en el agua salada y trató de mantener la mente clara. Había altos cúmulos y suficientes cirros sobre ellos: por eso sabía que la brisa duraría toda la noche. El viejo miraba al pez constantemente para cerciorarse de que era cierto. Pasó una hora antes de que le acometiera el primer tiburón.
El tiburón no era un accidente. Había surgido de la profundidad cuando la nube oscura de la sangre se había formado y dispersado en el mar a una milla de profundidad. Había surgido tan rápidamente y tan sin cuidado que rompió la superficie del agua azul y apareció al sol. Luego se hundió de nuevo en el mar y captó el rastro y empezó a nadar siguiendo el curso del bote y el pez.
A veces perdía el rastro. Pero lo captaba de nuevo, aunque sólo fuera por asomo, y se precipitaba rápida y fieramente en su persecución. Era un tiburón Mako muy grande, hecho para nadar tan rápidamente como el más rápido pez en el mar y todo en él era hermoso, menos sus mandíbulas.
Su lomo era tan azul como el de un pez espada y su vientre era plateado y su piel era suave y hermosa. Estaba hecho como un pez espada, salvo por sus enormes mandíbulas, que iban herméticamente cerradas mientras nadaba, justamente bajo la superficie, su aleta dorsal cortando el agua sin oscilar. Dentro del cerrado doble labio de sus mandíbulas, sus ocho filas de dientes se inclinaban hacia dentro. No era los ordinarios dientes piramidales de la mayoría de los tiburones. Tenían la forma de los dedos de un hombre cuando se crispaban como garras. Eran casi tan largos como los dedos del viejo y tenían filos como de navajas por ambos lados. Éste era un pez hecho para alimentarse de todos los peces del mar que fueran tan rápidos y fuertes y bien armados que no tuvieran otro enemigo. Ahora, al percibir el aroma más fresco, su azul aleta dorsal cortaba el agua más velozmente.
Cuando el viejo lo vio venir, se dio cuenta de que era un tiburón que no tenía ningún miedo y que haría exactamente lo que quisiera. Preparó el arpón y sujetó el cabo mientras veía venir el tiburón. El cabo era corto, pues le faltaba el trozo que él había cortado para amarrar el pez.
El viejo tenía ahora la cabeza despejada y en buen estado y estaba lleno de decisión, pero no abrigaba mucha esperanza. “Era demasiado bueno para que durara”, pensó. Echó una mirada al gran pez mientras veía acercarse el tiburón. “Tal parece un sueño –pensó–. No puedo impedir que me ataque, pero acaso pueda arponearlo. –Dentuso –pensó–. ¡Maldita sea tu madre!”
El tiburón se acercó velozmente por la popa y cuando atacó al pez el viejo vio su boca abierta, sus extraños ojos y el tajante chasquido de los dientes al entrarle a la carne justamente sobre la cola. La cabeza del tiburón estaba fuera del agua y su lomo venía asomando y el viejo podía oír el ruido que hacía al desgarrar la piel y la carne del gran pez cuando clavó el arpón en la cabeza del tiburón en el punto donde la línea de entrecejo se cruzaba con la que corría rectamente hacia atrás partiendo del hocico. No había tales líneas: solamente la pesada y recortada cabeza azul y los grandes ojos y las mandíbulas que chasqueaban, acometían y se lo tragaban todo. Pero allí era donde estaba el cerebro y allí fue donde le pegó el viejo. Le pegó con sus manos pulposas y ensangrentadas, empujando el arpón con toda su fuerza. Le pegó sin esperanza, pero con resolución y furia.
El tiburón se volcó y el viejo vio que no había vida en sus ojos; luego el tiburón volvió a volcarse, se envolvió en dos lazos de cuerda. El viejo se dio cuenta de que estaba muerto, pero el tiburón no quería aceptarlo. Luego, de lomo, batiendo el agua con la cola y chasqueando las mandíbulas, el tiburón surcó el agua como una lancha de motor. El agua era blanca en el punto donde batía su cola y las tres cuartas partes de su cuerpo sobresalían del agua cuando el cabo se puso en tensión, retembló y luego se rompió. El tiburón se quedó un rato tranquilamente en la superficie y el viejo se paró a mirarlo. Luego el tiburón empezó a hundirse lentamente.
–Se llevó unas cuarenta libras –dijo el viejo en voz alta. “Se llevó también mi arpón y todo el cabo –pensó– y ahora mi pez sangra y vendrán otros tiburones.”
No le agradaba ya mirar al pez porque había sido mutilado. Cuando el pez había sido atacado fue como si lo hubiera sido él mismo.
“Pero he matado el tiburón que atacó a mi pez –pensó–. Y era el dentuso más grande que había visto jamás. Y bien sabe Dios que yo he visto dentusos grandes.”
“Era demasiado bueno para durar –pensó–. Ahora pienso que ojalá hubiera sido un sueño y que jamás hubiera pescado el pez y que me hallara solo en la cama sobre los periódicos.”
–Pero el hombre no está hecho para la derrota –dijo–. Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.
“Pero siento haber matado al pez –pensó–. Ahora llega el mal momento y ni siquiera tengo el arpón. El dentuso es cruel y capaz y fuerte e inteligente. Pero yo fui más inteligente que él. Quizá no –pensó–. Acaso estuviera solamente mejor armado.”
–No pienses, viejo –dijo en voz alta–. Sigue tu rumbo y dale el pecho a la cosa cuando venga.
“Pero tengo que pensar –pensó–. Porque es lo único que me queda. Eso y el béisbol. Me pregunto qué le habría parecido al gran Di Maggio la forma en que le di en el cerebro. No fue gran cosa –pensó–. Cualquier hombre habría podido hacerlo. Pero ¿cree usted que mis manos hayan sido un inconveniente tan grande como las espuelas de hueso? No puedo saberlo. Jamás he tenido nada malo en el talón, salvo aquella vez en que la raya me lo pinchó cuando la pise nadando y me paralizó la parte inferior de la pierna causando un dolor insoportable.”
–Piensa en algo alegre, viejo –dijo–. Ahora cada minuto que pasa estás más cerca de la orilla. Tras haber perdido cuarenta libras navegaba más y más ligero.
Conocía perfectamente lo que pudiera suceder cuando llegara a la parte interior de la corriente. Pero ahora no había nada que hacer.
–Sí, cómo no –dijo en voz alta–. Puedo amarrar el cuchillo al cabo de uno de los remos.
Lo hizo así con la caña del timón bajo el brazo y la escota de la vela bajo el pie.
–Vaya –dijo–. Soy un viejo. Pero no estoy desarmado.
Ahora la brisa era fresca y navegaban bien. Vigilaba sólo la parte delantera del pez y empezó a recobrar parte de su esperanza.
“Es idiota no abrigar esperanzas –pensó–. Además, creo que es un pecado. No pienses en el pecado –pensó–. Hay bastantes problemas ahora sin el pecado. Además, yo no entiendo eso.”
“No lo entiendo y no estoy seguro de creer en el pecado. Quizás haya sido un pecado matar al pez. Supongo que sí, aunque lo hice para vivir y dar de comer a mucha gente. Pero entonces todo es pecado. No pienses en el pecado. Es demasiado tarde para eso y hay gente a la que se paga por hacerlo. Deja que ellos piensen en el pecado. Tú naciste para ser pescador y el pez nació para ser pez. San Pablo era pescador, lo mismo que el padre del gran Di Maggio.”
Pero le gustaba pensar en todas las cosas en que se hallaba envuelto, y puesto que no había nada que leer y no tenía un receptor de radio pensaba mucho y seguía pensando acerca del pecado. “No has matado el pez únicamente para vivir y vender para comer –pensó–. Lo mataste por orgullo y porque eres pescador. Lo amabas cuando estaba vivo y lo amabas después. Si lo amas, no es pecado matarlo. ¿O será más que pecado?” –Piensas demasiado, viejo –dijo en voz alta. “Pero te gustó matar al dentuso –pensó–. Vive de los peces vivos, como tú. No es un animal que se alimente de carroñas, ni un simple apetito ambulante, como otros tiburones. Es hermoso y noble y no conoce el miedo.”
–Lo maté en defensa propia –dijo el viejo en voz alta–. Y lo maté bien. “Además –pensó–, todo mata a lo demás en cierto modo. El pescar me mata a mí exactamente igual que me da la vida. El muchacho sostiene mi vida –pensó–. No debo hacerme demasiadas ilusiones.”
Se inclinó sobre la borda y arrancó un pedazo de la carne del pez donde lo había desgarrado el tiburón. La masticó y notó su buena calidad y su buen sabor. Era firme y jugosa como carne de res, pero no era roja. No tenía nervios y él sabía que en el mercado se pagaría al más alto precio. Pero no había manera de impedir que su aroma se extendiera por el agua y el viejo sabía que se acercaban muy malos momentos.
La brisa era firme. Había retrocedido un poco hacia el nordeste y el viejo sabía que eso significaba que no decaería. El viejo miró adelante, pero no se veía ninguna vela ni el casco ni el humo de ningún barco. Solo los peces voladores que se levantaban de su proa abriéndose hacia los lados y los parches amarillos de los sargazos. Ni siquiera se veía un pájaro.
Había navegado durante dos horas, descansando en la popa y a veces masticando un pedazo de carne de la aguja, tratando de reposar para estar fuerte, cuando vio el primero de los dos tiburones.
–¡Ay! –dijo en voz alta.
No hay equivalente para esta exclamación. Quizás sea tan sólo un ruido, como el que pueda emitir un hombre, involuntariamente, sintiendo los clavos atravesar sus manos y penetrar en la madera.
–Galanos –dijo en voz alta.
Había visto ahora la segunda aleta que venía detrás de la primera y los había identificado como los tiburones de hocico en forma de pala por la parda aleta triangular y los amplios movimientos de cola. Habían captado el rastro y estaban excitados y en la estupidez de su voracidad estaban perdiendo y recobrando el aroma. Pero se acercaban sin cesar.
El viejo amarró la escota y trancó la caña. Luego cogió el remo al que había ligado el cuchillo. Lo levantó lo más suavemente posible porque sus manos se rebelaron contra el dolor. Luego las abrió y cerró suavemente para despegarlas del remo. Las cerró con firmeza para que ahora aguantaran el dolor y no cedieran y clavó la vista en los tiburones que se acercaban. Podía ver sus anchas y aplastadas cabezas de punta de pala y sus anchas aletas pectorales de blanca punta. Eran unos tiburones odiosos, malolientes, comedores de carroñas, así como asesinos, y cuando tenían hambre eran capaces de morder un remo o un
timón de barco. Eran esos tiburones los que cercenaban las patas de las tortugas cuando éstas nadaban dormidas en la superficie, y atacaban a un hombre en el agua si tenían hambre aun cuando el hombre no llevara encima sangre ni mucosidad de pez.
–¡Ay! –dijo el viejo–. Galanos. ¡Vengan, galanos!
Vinieron. Pero no vinieron como había venido el Mako. Uno viró y se perdió de vista, abajo, y por la sacudida del bote el viejo sintió que el tiburón acometía al pez y le daba tirones. El otro miró al viejo con sus hendidos ojos amarillos y luego vino rápidamente con su medio círculo de mandíbula abierto para acometer al pez donde había sido ya mordido. Luego apareció claramente la línea en la cima de su cabeza parda y más atrás donde el cerebro se unía a la espina dorsal y el viejo clavó el cuchillo que había amarrado al remo en la articulación. Lo retiró, lo clavó de nuevo en los amarillos ojos felinos del tiburón. El tiburón soltó el pez y se deslizó hacia abajo tragando lo que había cogido mientras moría.
El bote retemblaba todavía por los estragos que el otro tiburón estaba causando al pez y el viejo arrió la escota para que el bote virara en redondo y sacara de debajo al tiburón. Cuando vio al tiburón, se inclinó sobre la borda y le dio de cuchilladas. Sólo encontró carne y la piel estaba endurecida y apenas pudo hacer penetrar el cuchillo. El golpe lastimó no sólo sus manos, sino también su hombro. Pero el tiburón subió rápido, sacando la cabeza, y el viejo le dio en el centro mismo de aquella cabeza plana al tiempo que el hocico salía del agua y se pegaba al pez. El viejo retiró la hoja y acuchilló de nuevo al tiburón exactamente en el mismo lugar. Todavía siguió pegado al pez que había enganchado con sus mandíbulas, y el viejo lo acuchilló en el ojo izquierdo. El tiburón seguía prendido del pez.
–¿No? –dijo el viejo, y le clavó la hoja entre las vértebras y el cerebro. Ahora fue un golpe fácil y el viejo sintió romperse el cartílago. El viejo invirtió el remo y metió la pala entre las mandíbulas del tiburón para forzarlo a soltar. Hizo girar la pala, y al soltar el tiburón, dijo:
–Vamos, galano. Baja, déjate ir hasta una milla de profundidad. Ve a ver a tu amigo. O quizá sea tu madre.
El viejo limpió la hoja de su cuchillo y soltó el remo. Luego cogió la escota y la vela se llenó de aire y el viejo puso el bote en su derrota.
–Deben de haberse llevado un cuarto del pez y de la mejor carne –dijo en voz alta–. Ojalá fuera un sueño y que jamás lo hubiera pescado. Lo siento, pez. Todo se ha echado a perder.
Se detuvo y ahora no quiso mirar al pez. Desangrando y a flor de agua parecía del color de la parte de atrás de los espejos, y todavía se veían sus franjas.
–No debí haberme alejado tanto de la costa, pez –dijo–. Ni por ti ni por mí. Lo siento, pez.
“Ahora –se dijo–, mira la ligadura del cuchillo a ver si ha sido cortada. Luego pon tu mano en buen estado, porque todavía no se ha acabado esto.”
–Ojalá hubiera traído una piedra para afilar el cuchillo –dijo el viejo después de haber examinado la ligadura en el cabo del remo–. Debí haber traído una piedra. “Debiste haber traído muchas cosas –pensó–. Pero no las has traído, viejo. Ahora no es el momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay.”
–Me estás dando muchos buenos consejos –dijo en voz alta–. Estoy cansado de eso.
Sujetó la caña bajo el brazo y metió las dos manos en el agua mientras el bote seguía avanzando.
–Dios sabe cuánto se habrá llevado ese último –dijo–. Pero ahora pesa mucho menos.
No quería pensar en la mutilada parte inferior del pez. Sabía que cada uno de los tirones del tiburón había significado carne arrancada y que el pez dejaba ahora para todos los tiburones un rastro tan ancho como una carretera a través del océano.
“Era un pez capaz de mantener un hombre todo el invierno –pensó–. No pienses en eso. Descansa simplemente y trata de poner tus manos en orden para defender lo que queda. El olor a sangre de mis manos no significa nada, ahora que existe todo ese rastro en el agua. Además no sangran mucho. No hay ninguna herida de cuidado. La sangría puede impedir que le dé calambre a la izquierda.”
“¿En qué puedo pensar ahora? –pensó–. En nada. No debo pensar en nada y esperar a los siguientes. Ojalá hubiera sido realmente un sueño –pensó–. Pero ¿quién sabe? Hubiera podido salir bien.”
El siguiente tiburón que apareció venía solo y era otro hocico de pala. Vino como un puerco a la artesa: si hubiera un puerco con una boca tan grande que cupiera en ella la cabeza de un hombre. El viejo dejó que atacara al pez. Luego le clavó el cuchillo del remo en el cerebro. Pero el tiburón brincó hacia atrás mientras rolaba y la hoja del cuchillo se rompió.
El viejo se puso al timón. Ni siquiera quiso ver cómo el tiburón se hundía lentamente en el agua, apareciendo primero en todo su tamaño; luego pequeño; luego diminuto. Eso le había fascinado siempre. Pero ahora ni siquiera miró.
–Ahora me queda el bichero –dijo–. Pero no servirá de nada. Tengo los dos remos y la caña del timón y la porra.
“Ahora me han derrotado –pensó–. Soy demasiado viejo para matar los tiburones a garrotazos. Pero lo intentaré mientras tenga los remos y la porra y la caña.”
Puso de nuevo sus manos en el agua para empaparlas. La tarde estaba avanzando y todavía no veía más que el mar y el cielo. Había más viento en el cielo que antes y esperaba ver pronto tierra.
–Estás cansado, viejo –dijo–. Estás cansado por dentro.
Los tiburones no le atacaron hasta justamente antes de la puesta del sol. El viejo vio venir las pardas aletas a lo largo de la ancha estela que el pez debía de trazar en el agua. No venían siquiera siguiendo el rastro. Se dirigían derecho al bote, nadando a la par.
Trancó la caña, amarró la escota y cogió la porra que tenía bajo la popa. Era un mango de remo roto, serruchado a una longitud de dos pies y medio. Sólo podía usarlo eficazmente con una mano, debido a la forma de la empuñadura, y lo cogió firmemente con la derecha, flexionando la mano mientras veía venir los tiburones. Ambos eran galanos.
“Debo dejar que el primero agarre bien para pegarle en la punta del hocico o en medio de la cabeza”, pensó.
Los tiburones se acercaron juntos y cuando vio al más cercano abrir las mandíbulas y clavarlas en el plateado costado del pez, levantó el palo y lo dejo caer con gran fuerza y violencia sobre la ancha cabezota del tiburón.
Sintió la elástica solidez de la cabeza al caer el palo sobre ella. Pero sintió también la rigidez del hueso y otra vez pegó duramente al tiburón sobre la punta del hocico al tiempo que se deslizaba hacia abajo separándose del pez.
El otro tiburón había estado entrando y saliendo y ahora volvía con las mandíbulas abiertas. El viejo podía ver pedazos de carne del pez cayendo, blancas, de los cantos de sus mandíbulas cuando acometió al pez y cerró las mandíbulas. Le pegó con el palo y dio sólo en la cabeza y el tiburón lo miró y arrancó la carne. El viejo le pegó de nuevo con el palo al tiempo que se deslizaba alejándose para tragar y sólo dio en la sólida y densa elasticidad.
–Vamos, galano –dijo el viejo–. Vuelve otra vez.
El tiburón volvió con furia y el viejo le pegó en el instante en que cerraba sus mandíbulas. Le pegó sólidamente y de tan alto como había podido levantar el palo. Esta vez sintió el hueso, en la base del cráneo, y le pegó de nuevo en el mismo sitio mientras el tiburón arrancaba flojamente la carne y se deslizaba hacia abajo, separándose del pez.
El viejo esperó a que subiera de nuevo, pero no apareció ninguno de ellos. Luego vio uno en la superficie nadando en círculos. No vio la aleta del otro.
“No podía esperar matarlo –pensó–. Pudiera haberlo hecho en mis buenos tiempos. Pero los he magullado bien a los dos y se deben de sentir bastante mal. Si hubiera podido usar un bate con las dos manos habría podido matar el primero, seguramente. Aun ahora”, pensó.
No quería mirar al pez. Sabía que la mitad de él había sido destruida. El sol se había puesto mientras el viejo peleaba con los tiburones.
–Pronto será de noche –dijo–. Entonces podré acaso ver el resplandor de La Habana. Si me hallo demasiado lejos al este, veré las luces de una de las nuevas playas.
“Ahora no puedo estar demasiado lejos –pensó–. Espero que nadie se haya alarmado. Sólo el muchacho pudiera preocuparse, desde luego. Pero estoy seguro de que habrá tenido confianza. Muchos de los pescadores más viejos estarán preocupados. Y muchos otros también –pensó–. Vivo en un buen pueblo.”
Ya no le podía hablar al pez, porque éste estaba demasiado destrozado. Entonces se le ocurrió una cosa.
–Medio pez –dijo–. El pez que has sido. Siento haberme alejado tanto. Nos hemos arruinado los dos. Pero hemos matado muchos tiburones, tú y yo, y hemos arruinado a muchos otros. ¿Cuántos has matado tú en tu vida, viejo pez? Por algo debes de tener esa espada en la cabeza.
Le gustaba pensar en el pez y en lo que podría hacerle a un tiburón si estuviera nadando libremente. “Debí de haberle cortado la espada para combatir con ella a los tiburones”, pensó. Pero no tenía un hacha, y después se quedó sin cuchillo. “Pero si lo hubiera hecho y ligado la espada al cabo de un remo, ¡qué arma! Entonces los habríamos podido combatir juntos. ¿Qué vas a hacer ahora si vienen de noche? ¿Qué puedes hacer?”
–Pelear contra ellos –dijo–. Pelearé contra ellos hasta la muerte.
Pero ahora en la oscuridad y sin que apareciera ningún resplandor y sin luces y sólo el viento y sólo el firme tiro de la vela sintió que quizá estaba ya muerto. Juntó las manos y percibió la sensación de las palmas. No estaban muertas y él podía causar el dolor de la vida sin más que abrirlas y cerrarlas. Se echó hacia atrás contra la popa y sabía que no estaba muerto. Sus hombros se lo decían.
“Tengo que decir todas esas oraciones que prometí si pescaba el pez –pensó–. Pero estoy demasiado cansado para rezarlas ahora. Mejor que coja el saco y me lo eche sobre los hombros.”
Se echó sobre la popa y siguió gobernando y mirando a ver si aparecía el resplandor en el cielo. “Tengo la mitad del pez –pensó–. Quizá tenga la suerte de llegar a tierra con la mitad delantera. Debiera quedarme alguna suerte. No –dijo–. Has violado tu suerte cuando te alejaste demasiado de la costa.”
–No seas idiota –dijo en voz alta–. Y no te duermas. Gobierna tu bote. Todavía puedes tener mucha suerte.
–Me gustaría comprar alguna si la vendieran en alguna parte. “¿Con qué habría de comprarla? –se preguntó–. ¿Podría comprarla con un arpón perdido y un cuchillo roto y dos manos estropeadas?”
–Pudiera ser –dijo–. Has tratado de comprarla con ochenta y cuatro días en el mar. Y casi estuvieron a punto de vendértela.
“No debo pensar en tonterías –pensó–. La suerte es una cosa que viene en muchas formas, y ¿quién puede reconocerla? Sin embargo, yo tomaría alguna en cualquier forma y pagaría lo que pidieran. Mucho me gustaría ver el resplandor de las luces –pensó–. Me gustarían muchas cosas. Pero eso es lo que ahora deseo.”
Trató de ponerse más cómodo para gobernar el bote y por su dolor se dio cuenta de que no estaba muerto.
Vio el fulgor reflejado de las luces de la ciudad a eso de las diez de la noche. Al principio eran perceptibles únicamente como la luz en el cielo antes de salir la luna. Luego se las veía firmes a través del mar que ahora estaba picado debido a la brisa creciente. Gobernó hacia el centro del resplandor y pensó que, ahora, pronto llegaría al borde de la corriente.
“Ahora he terminado –pensó–. Probablemente me vuelvan a atacar. Pero ¿qué puede hacer un hombre contra ellos en la oscuridad y sin un arma?”
Ahora estaba rígido y dolorido y sus heridas y todas las partes castigadas de su cuerpo le dolían con el frío de la noche. “Ojalá no tenga que volver a pelear – pensó–. Ojalá, ojalá que no tenga que volver a pelear.”
Pero hacia medianoche tuvo que pelear y esta vez sabía que la lucha era inútil. Los tiburones vinieron en manada y sólo podía ver las líneas que trazaban sus aletas en el agua y su fosforescencia al arrojarse contra el pez. Les dio con el palo en las cabezas y sintió el chasquido de sus mandíbulas y el temblor del bote cada vez que debajo agarraban a su presa. Golpeó desesperadamente contra lo que sólo podía sentir y oír y sintió que algo agarraba la porra y se la arrebataba. Arrancó la caña del timón y siguió pegando con ella, cogiéndola con ambas manos y dejándola caer con fuerza una y otra vez. Pero ahora llegaban hasta la proa y acometían uno tras otro y todos juntos, arrancando los pedazos de carne que emitían un fulgor bajo el agua cuando ellos se volvían para regresar nuevamente.
Finalmente vino uno contra la propia cabeza del pez y el viejo se dio cuenta de que había terminado. Tiró un golpe con la caña a la cabeza del tiburón donde las mandíbulas estaban prendidas a la resistente cabeza del pez, que no cedía. Tiro uno o dos golpes más. Sintió romperse la barra y arremetió al tiburón con el cabo roto. Lo sintió penetrar y sabiendo que era agudo lo empujó de nuevo. El tiburón lo soltó y salió rolando. Fue el último de la manada que vino a comer. No quedaba ya nada más que comer.
Ahora el viejo apenas podía respirar y sentía un extraño sabor en la boca. Era dulzón y como a cobre y por un momento tuvo miedo. Pero no era muy abundante. Escupió en el mar y dijo:
–Cómanse eso, galanos. Y sueñen con que han matado a un hombre.
Ahora sabía que estaba firmemente derrotado y sin remedio y volvió a popa y halló que el cabo roto de la caña encajaba bastante bien en la cabeza del timón para poder gobernar.
Se ajustó el saco a los hombros y puso el bote sobre su derrota. Navegó ahora livianamente y no tenía pensamientos ni sentimientos de ninguna clase. Ahora estaba más allá de todo y gobernó el bote para llegar a puerto lo mejor y más inteligentemente posible. De noche los tiburones atacan las carroñas como pudiera uno recoger migajas de una mesa. El viejo no les hacía caso. No hacía caso de nada, salvo del gobierno del bote. Sólo notaba lo bien y ligeramente que navegaba el bote ahora que no llevaba un gran peso amarrado al costado.
“Un buen bote –pensó–. Sólido y sin ningún desperfecto, salvo la caña. Y ésta es fácil de sustituir.”
Podía percibir que ahora estaba dentro de la corriente y veía las luces de las colonias de la playa y a lo largo de la orilla. Sabía ahora dónde estaba y que llegaría sin ninguna dificultad.
“El viento es nuestro amigo, de todos modos –pensó–. Luego añadió: A veces. Y el gran mar con nuestros amigos y enemigos. Y la cama –pensó–. La cama es mi amiga. La cama y nada más –pensó–. La cama será una gran cosa. No es tan mala la derrota –pensó–. Jamás pensé que fuera tan fácil. ¿Y qué es lo que te ha derrotado, viejo?”, pensó.
–Nada –dijo en voz alta–. Me alejé demasiado.
Cuando entró en el puertecito las luces de la Terraza estaban apagadas y se dio cuenta de que todo el mundo estaba acostado. La brisa se había ido levantando gradualmente y ahora soplaba con fuerza. Sin embargo, había tranquilidad en el puerto y puso proa hacia la playita de grava bajo las rocas. No había nadie que pudiera ayudarle, de modo que adentró el bote todo lo posible en la playa. Luego se bajó y lo amarró a una roca.
Quitó el mástil de la carlinga y enrolló la vela y la ató. Luego se echó el palo al hombro y empezó a subir. Fue entonces cuando se dio cuenta de la profundidad de su cansancio. Se paró un momento y miró hacia atrás y al reflejo de la luz de la calle vio la gran cola del pez levantada detrás de la popa del bote. Vio la blanca línea desnuda de su espinazo y la oscura masa de la cabeza con el saliente pico y toda la desnudez entre los extremos.
Empezó a subir nuevamente y en la cima cayó y permaneció algún tiempo tendido, con el mástil atravesado sobre su hombro. Trató de levantarse. Pero era demasiado difícil y permaneció allí sentado con el mástil al hombro, mirando al camino. Un gato pasó indiferente por el otro lado y el viejo lo siguió con la mirada. Luego siguió mirando simplemente al camino.
Finalmente soltó el mástil y se puso de pie. Recogió el mástil y se lo echó al hombro y partió camino arriba. Tuvo que sentarse cinco veces antes de llegar a su cabaña.
Dentro de la choza inclinó el mástil contra la pared. En la oscuridad halló una botella de agua y tomó un trago. Luego se acostó en la cama. Se echó la frazada sobre los hombros y luego sobre la espalda y las piernas y durmió boca abajo sobre los periódicos, con los brazos por fuera, a lo largo del cuerpo, y las palmas hacia arriba.
Estaba dormido cuando el muchacho asomó a la puerta por la mañana. El viento soplaba tan fuerte, que los botes del alto no se harían a la mar y el muchacho había dormido hasta tarde. Luego vino a la choza del viejo como había hecho todas las mañanas. El muchacho vio que el viejo respiraba y luego vio sus manos y empezó a llorar. Salió muy calladamente a buscar un poco de café y no dejó de llorar en todo el camino.
Muchos pescadores estaban en torno al bote mirando a lo que traía amarrado al costado, y uno estaba metido en el agua, con los pantalones remangados, midiendo el esqueleto con un tramo de sedal.
El muchacho no bajó a la orilla. Ya había estado allí y uno de los pescadores cuidaba el bote en su lugar.
–¿Cómo está el viejo? –gritó uno de los pescadores.
–Durmiendo –respondió gritando el muchacho. No le importaba que lo vieran llorar–. Que nadie lo moleste.
–Tenía dieciocho pies de la nariz a la cola –gritó el pescador que lo estaba midiendo.
–Lo creo –dijo el muchacho.
Entró en la Terraza y pidió una lata de café.
–Caliente y con bastante leche y azúcar.
–¿Algo más?
–No. Después veré qué puede comer.
–¡Ése si que era un pez! –dijo el propietario–. Jamás ha habido uno igual. También los dos que ustedes cogieron ayer eran buenos.
–¡Al diablo con ellos! –dijo el muchacho y empezó a llorar nuevamente.
–¿Quieres un trago de algo? –preguntó el dueño,
–No –dijo el muchacho–. Dígales que no se preocupen por Santiago. Vuelvo enseguida
–Dile que lo siento mucho.
–Gracias –dijo el muchacho.
El muchacho llevó la lata de café caliente a la choza del viejo y se sentó junto a él hasta que despertó. Una vez pareció que iba a despertarse. Pero había vuelto a caer en su sueño profundo y el muchacho había ido al otro lado del camino a buscar leña para calentar el café.
Finalmente el viejo despertó.
–No se levante –dijo el muchacho–. Tómese esto –le echó un poco de café en un vaso.
El viejo cogió el vaso y bebió el café.
–Me derrotaron, Manolín –dijo–. Me derrotaron de verdad.
–No. Él no. Él no lo derrotó.
–No. Verdaderamente. Fue después.
–Perico está cuidando del bote y del aparejo. ¿Qué va a hacer con la cabeza?
–Que Perico la corte para usarla en las nasas.
–¿Y la espada?
–Puedes guardártela si la quieres.
–Sí, la quiero –dijo el muchacho–. Ahora tenemos que hacer planes para lo demás.
–¿Me han estado buscando?
–Desde luego. Con los guardacostas y con aeroplanos.
–El mar es muy grande y un bote es pequeño y difícil de ver –dijo el viejo. Notó lo agradable que era tener alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo y con el mar–. Te he echado de menos –dijo–. ¿Qué han pescado?
–Uno el primer día. Uno el segundo y dos el tercero.
–Muy bueno.
–Ahora pescaremos juntos otra vez.
–No. No tengo suerte. Yo ya no tengo suerte.
–Al diablo con la suerte –dijo el muchacho–. Yo llevaré la suerte conmigo.
–¿Qué va a decir tu familia?
–No me importa. Ayer pesqué dos. Pero ahora pescaremos juntos porque todavía tengo mucho que aprender.
–Tenemos que conseguir una buena lanza y llevarla siempre a bordo. Puedes hacer la hoja de una hoja de muelle de un viejo Ford. Podemos afilarla en Guanabacoa. Debe ser afilada y sin temple para que no se rompa. Mi cuchillo se rompió.
–Conseguiré otro cuchillo y mandaré afilar la hoja de muelle. ¿Cuántos días de brisa fuerte nos quedan?
–Tal vez tres. Tal vez más.
–Lo tendré todo en orden –dijo el muchacho–. Cúrese las manos, viejo.
–Yo sé cuidármelas. De noche escupí algo extraño y sentí que algo se había roto en mi pecho.
–Cúrese también eso –dijo el muchacho–. Acuéstese, viejo, y le traeré su camisa limpia. Y algo de comer.
–Tráeme algún periódico de cuando estuve ausente –dijo el viejo.
–Tiene que ponerse bien pronto, pues tengo mucho que aprender y usted puede enseñármelo todo. ¿Ha sufrido mucho?
–Bastante –dijo el viejo.
–Le traeré la comida y los periódicos –dijo el muchacho–. Descanse bien, viejo. Le traeré medicina de la farmacia para las manos.
–No olvides de decirle a Perico que la cabeza es suya.
–No. Se lo diré.
Al atravesar la puerta y descender por el camino tallado por el uso en la roca de coral iba llorando nuevamente.
Esa tarde había una partida de turistas en la Terraza, y mirando hacia abajo, al agua, entre las latas de cerveza vacías y las picúas muertas, una mujer vio un gran espinazo blanco con una inmensa cola que se alzaba y balanceaba con la marea mientras el viento del este levantaba un fuerte y continuo oleaje a la entrada del puerto.
–¿Qué es eso? –preguntó la mujer al camarero, y señaló al largo espinazo del gran pez, que ahora no era más que basura esperando a que se la llevara la marea.
–Tiburón –dijo el camarero. Un tiburón.
Quería explicarle lo que había sucedido.
–No sabía que los tiburones tuvieran colas tan hermosas, tan bellamente formadas.
–Ni yo tampoco –dijo el hombre que la acompañaba.
Allá arriba, junto al camino, en su cabaña, el viejo dormía nuevamente. Todavía dormía de bruces y el muchacho estaba sentado a su lado contemplándolo. El viejo soñaba con los leones marinos.
FIN

El padre Sergio.De León Tolstói.Relato sobre un anacoreta.

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En la entrada anterior comenté un personaje real,Dersu Uzala,el cazador de la taiga,hoy presento otro personaje ligado a la historia literaria rusa.Esta vez, cómo el de Giono ,es de ficción.Probablemente inspirado en historias de algún personaje de la vida real.
El padre Sergio es una breve novela de Tolstói en la que incide en uno de sus temas favoritos: la necesidad de encontrar fe del ser humano. Profundamente religioso, Tolstói trató de forma directa o indirecta esta circunstancia en algunos de sus relatos, abordando la complicada circunstancia del hombre que no está seguro de sus creencias.
En El padre Sergio Tolstói presenta a Stepán Kasatski, un joven oficial del ejército que al descubrir que su prometida fue amante del zar Nicolái I decide abandonar su fulgurante carrera militar y convertirse en monje. Guiado por un consejero espiritual y alejado de la sociedad, Kasatski, convertido ya en el padre Sergio, sufre de constantes ataques de duda: a pesar de que anhela olvidar la gloria del mundo al que pertenecía y a las damas a las que cortejaba, siente que su fe no es todo lo sólida que debería ser. Por ello se traslada a un pequeño enclave donde vive como ermitaño y trata de consolidar sus creencias a través del aislamiento. Pero al cabo de unos años su fama como monje devoto se extiende y sus “poderes curativos” atraerán a multitudes; Kasatski siente que sus dudas no desaparecen y, finalmente, sucumbe a la tentación de la carne. Sólo después de cometer ese pecado se dará cuenta de lo que ha pasado buscando toda su vida.
Tolstói construye con Karatski un personaje admirable: un hombre de intenciones honorables y justas, que trata por todos los medios de entender qué espera de la vida y cómo puede afrontar su existencia con serenidad. Sin embargo, su orgullo y su debilidad se manifiestan de manera palpable: al principio en forma de dudas y vacilaciones; después, encarnados en la mujer con la que pone fin a su vida de monje. El pecado del padre Sergio no es sólo físico, sino que constituye una auténtica traición a lo que considera sus principios morales.
No obstante, Tolstói da un pequeña, pero importante, vuelta de tuerca al final del libro: Karatski se reencuentra con una compañera de juegos de la infancia, una mujer que casi lo ha perdido todo en la vida, que mantiene con un pobre salario a su hija, su yerno y su nieto, y que, sin embargo, le acoge con amabilidad y le ofrece todo aquello que hay en su hogar. Será ella la que le muestre el camino a seguir para alcanzar la verdadera fe: «Yo vivía para la gente con el pretexto de vivir para Dios», piensa él, «mientras que ella vive para Dios con el pretexto de vivir para la gente.» El protagonista comprende esta verdad después de haber pasado más de veinte años como monje, pero la revelación adquiere categoría de certeza: Karatski, ya en su madurez, está dispuesto a encontrar a Dios renunciando a agradar a los hombres; no hay necesidad de aparentar una profunda convicción si nuestras obras nos pueden enaltecer por sí solas.
Esta historia de conversión y sabiduría es narrada con la característica contención de Tolstói. El personaje de Karatski se va definiendo poco a poco gracias a sus acciones y, sobre todo, a sus reflexiones (un rasgo propio de los personajes dostoievskanos); el resultado es un protagonista de una hondura real y dotado de una peculiar humanidad.El padre Sergio es una obra menor dentro de la producción del autor, pero refleja a la perfección las preocupaciones morales y espirituales del gran escritor ruso. Y es que los grandes genios, incluso en sus trabajos más flojos, tienen siempre algo que ofrecer.
Tolstoi retrata, como sólo él puede hacerlo, un problema básico de la condición humana, que transciende el ejemplo religioso que le ocupa, y se expande a todo el entramado de excesos, obsesiones,perfeccionismos y manías que no solo existía en su época sino que se magnifica en la actual.
En un cuento bien guiado de principio a fin, dibuja al personaje central Stepan Kasatski, como el ideal del hombre hecho a sí mismo que busca su destino. Paso a paso, depura, lima y pule su vida militar y también la personal para convertirse en el prohombre de su generación.
La posibilidad de una mancha no ya en su vida, sino en la de su prometida, hiere profundamente su orgullo –uno de los temas vertebrales del relato- y le hace cambiar de rumbo completamente.
Abandona el mundo castrense por el monacal, aspirando a conseguir su “posición” en otro ámbito. La hipocresía y los desengaños le atormentan a diario, pero firme y fuerte sigue adelante tras su ideal inalcanzable.
Hasta que entra en la espiral autodestructiva, cuanto más religioso es, más orgulloso se siente de serlo, y cuanto más orgullo, más alto aspira, y cuanto más alto, aspira menos espiritualidad tiene. Algo parecido a las curvas felicidad/dinero que llegado a cierto punto caen en picado. Su destino le lleva a ese final esperado, logrando solo el equilibrio con menos ambiciones.
Un coaching excelente y útil para quienes aspiran en cualquier campo del mundo civilizado a ser los números uno, con un formato novelado, con abundantes datos autobiográficos de Tolstoi y que se puede leer de una sentada. Un clásico atractivo con moraleja interesante.
De esta historia el cine de la primera etapa de la  URSS  realizó una película en  1918.También en Francia en 1945 se realizo una película con guión de Pierre Laroche y dirigida por Lucien Ganier-Raymond.

http://cinesovietico.wordpress.com/2009/02/13/el-padre-sergio-1918/

Reseña oficial de la editorial que lo publica :

Atormentado por un desengaño amoroso, el príncipe  Stepán Kasatski abandona el regimiento de la guardia del Zar Nicolái I e ingresa en un convento para hacerse monje con el nombre de Sergio. LevTolstói escribió esta novela entre 1890 y 1898, aunque no sería publicada hasta 1911, un año después de su muerte. El padre Sergio es una obra de madurez, una profunda reflexión psicológica donde analiza con un estilo directo y poderoso la sinceridad de la fe y la búsqueda desesperada de la libertad. Apasionado lector y traductor de los Evangelios, lo que le costaría la expulsión de la iglesia ortodoxa, Tolstói ofrece un final con moraleja no exento de ironía, de un sentido del humor profundo y sordo que late en cada una de las páginas del relato.

http://www.elplacerdelalectura.com/2009/03/el-padre-sergio-lev-tolstoi_654.html

El análisis que hace una profesora de Pedagogía ,desde una perspectiva de la Psicología y el Psicoanálisis:
Encontramos en esta obra de Tolstoi un pasaje revelador que permite ilustrar los estragos que produce en un sujeto estar bajo el gobierno del superyó. Una mujer viuda decide visitar al padre Sergio con el fin de probar su santidad por medio de la exhibición de sus encantos. Cuando él escucha la voz de esta mujer, quien en tono suplicante le ruega le abra su puerta en medio de una noche lluviosa, dice: “!Dios mío! ¿Será verdad lo que he leído en las vidas de los santos: ¡que el diablo adopta la forma de mujer!?”. Esta le suplica que le dé posada por una noche, a lo que él accede con gran dificultad, asignándole un cuarto contiguo al suyo. Tantos años de renuncias no parecían servirle para nada.
“Se daba cuenta de su debilidad y de que en cualquier momento podía caer en la tentación y por eso no cesaba en sus oraciones. Sergio percibía, advertía que el peligro y la perdición estaban allí mismo, sobre él, a su alrededor, y que sólo podía salvarse si no la miraba ni un sólo instante. Pero el deseo de mirarla se apoderó de él de pronto”.
El padre Sergio decide castigar su perdición cortándose los dedos. En este drama él se presenta como un condenado por su propio juicio. La paradoja es que tampoco este acto lo libra de las pulsiones.
Luego de este hecho empezó a circular en la región la idea de que él era un santo. La gente empezó a frecuentarlo pidiéndole que sanara a algún enfermo. Su poder y fama cada vez eran mayores, retornando a él un viejo anhelo: Ser reconocido por los otros como un ser superior. Anhelo mundano que acrecentaba un profundo desprecio hacia sí mismo.
“Vienen a verme de mil verstas de distancia, de mí escriben en los periódicos: el emperador lo sabe, lo saben en Europa, en la descreída Europa”. Pensaba. De pronto se sintió avergonzado de su vanidad y de nuevo volvió a sus rezos. “Señor Rey de los cielos, consuelo y alma de la verdad, ven a nosotros; límpianos de todo pecado y salva nuestra alma. Líbrame de la funesta gloria del mundo que me domina”, repitió, recordando las muchas veces que lo había pedido y lo vana que, en ese sentido, habían resultado hasta entonces sus oraciones. Estas, hacían milagros para los demás, pero no podía conseguir que Dios le librara de tan mezquina pasión”.
En el texto La introducción al narcisismo, Freud argumenta cómo el incumplimiento de los ideales libera libido homosexual, la cual se transforma en sentimiento de culpa. Así, este sentimiento, el cual es un derivado de la angustia, se produce por la pérdida de amor frente al superyó, instancia que le exige al sujeto ajustarse al deber ser.
En otra ocasión, aparece nuevamente la tentación de la carne a la que cede sin remedio, cuando un señor lleva a su joven hija para que la cure de sus dolencias. Este episodio, en el cual el padre Sergio es poseído por la pasión, despierta en él un profundo deseo de acabar con su vida. En este instante Dios deja de existir. Declinar a lo que él considera sucio y mundano, el goce, significa para el Anacoreta la inexistencia de la perfección, por tanto, ni él ni Dios tienen derecho a existir, ninguno de los dos es un ser supremo. El encuentro con la inconsistencia del Otro, inconsistencia que lo pone de cara al goce del Otro, provoca la caída de lo que se constituía en la razón de su existencia. Se desastillan uno a uno sus ideales quedando frente a una dimensión del ser que le resulta insoportable.
En medio de este drama, el padre Sergio cae fatigado de cansancio y sueña. Ve a un ángel que llega a él y le indica que debe buscar a una vieja mujer que conoció de niño, quien le enseñará qué debe hacer y cómo lograr la salvación. El padre Sergio toma el sueño como una visión enviada por Dios, y decide realizar lo que se le indica.
Luego de conversar con esta mujer, él le hace una confesión fundamental, confesión que significa que él es un hombre que reconoce su castración, consintiendo aquello de lo real que lo constituye irremediablemente: “Te ruego, Páshenka que tomes las palabras que te voy a decir ahora como una confesión, como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. No soy un santo varón. Páshenka, ni siquiera un hombre como todos. Soy un pecador sucio, inmundo, descarriado, orgulloso, no sé si soy el peor… Pero hay que vivir. Y yo, que creía saberlo todo, que enseñaba a otros la manera de vivir, no sé nada y vengo a que me instruyas”.
En este punto algo fundamental ocurrió en la vida del personaje. Librado de esa batalla interior, al reconocerse como ser en falta, toma distancia de sus ideales y emprende un camino que evoca a los ascetas. Seres que despojados de sus pretensiones encuentran un goce en el amor a Dios. Goce por fuera de los emblemas fálicos que prometen la consistencia del ser.
El padre Sergio [Cuento. Texto completo]

León Tolstoi
I
Alrededor del año 1840, en Petersburgo, tuvo lugar un suceso que sorprendió a cuantos de él tuvieron noticias: un oficial de coraceros del regimiento imperial, guapo joven de aristocrática familia en quien todo el mundo veía al futuro ayudante de campo del emperador Nicolás I y a quien todos auguraban una brillantísima carrera, un mes antes de su enlace matrimonial con una hermosa dama tenida en mucha estima por la emperatriz, solicitó ser relevado de sus funciones, rompió su compromiso de matrimonio, cedió sus propiedades, no muy extensas, a una hermana suya, y se retiró a un monasterio, decidido a hacerse monje. El suceso pareció insólito e inexplicable a las personas que desconocían las causas internas que lo provocaron; para el joven aristócrata, Stepán Kasatski, su modo de proceder fue tan natural, que ni siquiera cabía en su imaginación el que hubiera podido obrar de manera distinta.
Stepán Kasatski tenía doce años cuando murió su padre, coronel de la Guardia, retirado, quien dispuso en su testamento que si él faltaba no se retuviera al hijo en su casa, sino que se le hiciera ingresar en el Cuerpo de cadetes. Por doloroso que a la madre le resultara separarse de su hijo, no se atrevió a infringir la voluntad de su difunto esposo, y Stepán entró en el cuerpo indicado. La viuda, empero, decidió trasladarse a Petersburgo junto con su hija Várvara a fin de vivir en la misma ciudad que su hijo y poder tenerlo consigo los días de fiesta.
El muchacho se distinguió por sus brillantes dotes y por su enorme amor propio. Fue el primero en ciencias, sobre todo en matemáticas, por las que sentía notoria preferencia, en instrucción militar y equitación. A pesar de su excesiva estatura, era un joven apuesto y ágil. También por su conducta habría sido un cadete modelo de haber dominado sus arrebatos de ira. No bebía, no llevaba una vida licenciosa y era muy sincero. Lo único que le impedía ser ejemplarmente irreprochable eran sus estallidos de cólera, durante los cuales perdía el dominio de sí mismo y se convertía en una fiera. Un día estuvo a punto de echar por la ventana a un cadete a quien se le había ocurrido burlarse de su colección de minerales. Otra vez por poco se hunde irremisiblemente: arrojó un plato lleno de chuletas a un oficial veedor de la Escuela, y, según dicen, lo abofeteó por haberse retractado éste de sus palabras y haber mentido insolentemente. Sin duda lo habrían degradado si el director no hubiera echado tierra al asunto y no hubiera despedido al veedor.
A los dieciocho años lo destinaron al aristocrático regimiento de la Guardia. El emperador Nikolái Pávlovich había conocido a Stepán Kasatski en la Escuela de cadetes, y después, en el regimiento, siguió haciéndolo objeto de su distinción, por lo cual se pronosticaba que Kasatski sería el ayudante de campo del soberano. Kasatski lo esperaba con toda el alma y no sólo por amor propio, sino ante todo porque desde sus años de cadete quería profundamente, con auténtica pasión, a Nikolái Pávlovich. Cada vez que el emperador visitaba la Escuela -lo cual ocurría con frecuencia-, entraba con paso marcial, alto, vistiendo uniforme militar, abombado el pecho, curva la nariz sobre el bigote, cuidadosamente recortadas las patillas, y saludaba con potente voz a los cadetes, Kasatski sentía la exaltación del enamorado, como la experimentó más tarde al encontrar el objeto de su amor. Pero el entusiasmo que sentía por Nikolái Pávlovich era aún más fuerte: habría querido mostrarle que su fidelidad no tenía límites, habría querido sacrificar algo por él incluso su vida. Nikolái Pávlovich sabía que despertaba semejante fervor y lo estimulaba concientemente. Participaba en los juegos de los cadetes, alternaba con ellos, los trataba ora con infantil sencillez, ora amistosamente o con solemne majestuosidad. Después del último incidente de Kasatski con el oficial, Nikolái Pávlovich nada dijo al cadete, pero cuando éste se le quiso acercar, lo apartó con un gesto teatral y, frunciendo el seño, lo amenazó con el dedo. Al marcharse dijo:
-No olvides que lo sé todo, pero algunas cosas no quiero saberlas. Sin embargo están aquí.
Y señaló el corazón.
Cuando los cadetes terminaron la Escuela y se presentaron ante el emperador, Nikolái Pávlovich ya no hizo alusión al incidente y dijo, como siempre, que todos ellos podían dirigírsele en persona, que debían servirle fielmente, a él y a la patria, y que siempre seguiría siendo para ellos su mejor amigo. Todos se sintieron emocionados, y Kasatski lloró y se juró entregarse en cuerpo y alma al servicio del adorado zar.
Cuando se incorporó al regimiento, su madre se trasladó a Moscú, acompañada de su hija, y luego a la aldea. Kasatski cedió a su hermana la mitad de su herencia. Con la parte que le quedó estaba en condiciones de hacerle frente a las necesidades que imponía servir en un regimiento de tanto rango como el suyo.
Aparentemente, Kasatski era como cualquier otro oficial del regimiento de la Guardia dispuesto a hacer una brillante carrera; pero en su interior se verificaba un complicado y duro trabajo que dio comienzo, por lo visto, en su propia infancia y tomó formas muy diversas, aunque la esencia era siempre la misma: alcanzar la perfección y el éxito en todas las ocupaciones que requerían su concurso hasta ganarse el aplauso y la admiración de las gentes. Cuando se trató del estudio y de las ciencias, trabajó de firme hasta que lo encomiaron y lo presentaron como ejemplo a los demás. Alcanzando un objetivo, se lanzaba a la consecución de otro. Obteniendo el primer puesto en el estudio, y hallándose todavía en la Escuela de cadetes, creyó notar que hablaba el francés con poca soltura y trabajó hasta dominar este idioma tan perfectamente como el ruso. Más tarde se aficionó al ajedrez, y antes de salir de la Escuela logró jugar magistralmente.
Aparte del objetivo fundamental de su vida, que consistía en servir al zar y a la patria, Kasatski siempre se proponía alcanzar algún otro fin. Por insignificante que éste fuera, se entregaba plenamente a su consecución y hasta haberlo conseguido no vivía para otra cosa. Pero, una vez ganada esta meta, un nuevo fin surgía en su conciencia ocupando el lugar del anterior. Este afán de distinguirse y lograrlo entregándose a la consecución de algún objetivo, llenaban por entero su vida. Cuando ingresó en el regimiento se propuso ser un modelo de perfección en el cumplimiento de sus obligaciones, y al poco tiempo llegó a ser un oficial ejemplar pese a sus arranques de cólera, defecto que también en el regimiento lo llevó a realizar actos reprobables y perjudiciales para el buen éxito de su carrera. Más tarde, conversando con personas de la alta sociedad, entendió que su formación general cojeaba en algunos aspectos, y decidió acabar con ello, lo que logró estudiando tenazmente. Se propuso luego llegar a una posición brillante en la alta sociedad, aprendió a bailar de forma insuperable y al poco tiempo lo invitaban a todos los bailes aristocráticos y a algunas veladas. Sin embargo, no se sintió satisfecho. Estaba acostumbrado a ser el primero en todo y en ese terreno se hallaba muy lejos de haberlo logrado.
Entonces, y me figuro que ello es así siempre y en todas partes, la alta sociedad constaba de cuatro clases de gentes, a saber: 1) de cortesanos ricos; 2) de gente no rica, pero nacida y educada en los medios cortesanos; 3) de gente rica que imita a los cortesanos, y 4) de gente ni rica ni cortesana que pretende ser uno y lo otro. Kasatski no pertenecía a los primeros círculos. En los dos últimos, era acogido con los brazos abiertos. Al introducirse en la alta sociedad, decidió también entrar en relaciones con una mujer distinguida y lo logró pronto, con no poca sorpresa para sí mismo. Pero no tardó en darse cuenta de que los círculos que él frecuentaba eran de orden inferior a otros, más encumbrados. Comprendió asimismo que en estos últimos él era un extraño, a pesar de que no se le negaba la entrada. Lo trataban con deferencia, pero dándole a entender que él no pertenecía a los suyos. Kasatski quiso sentirse en dichos círculos como en su propio medio. Necesitaba para ello ser ayudante de campo del emperador -lo esperaba -o casarse con una dama de aquel mundo. Decidió hacerlo así. Eligió a una hermosa joven de la corte imperial. No solo pertenecía a los círculos que Kasatski deseaba escalar, sino, además, estaba tan bien situada que buscaban su amistad incluso las personas de mayor rango e influencia. Era la condesa Korotkova. Kasatski puso en ella sus ojos pensando en su carrera, pero también movido por la extraordinaria belleza de la joven, y pronto se enamoró de ella. Al principio la condesa Korotkova lo trataba con mucha frialdad. De pronto se produjo un cambio, se hizo muy cariñosa y su madre empezó a invitar con frecuencia a su casa al joven oficial.
Kasatski pidió la mano de la condesa y su petición fue atendida. Se quedó sorprendido de la facilidad con que había alcanzado semejante dicha, y de algo raro que notó en el trato de la madre y de la hija. Pero estaba enamorado y ciego. A ello se debió que no se enterara de lo que sabía casi todo el mundo en la ciudad, y era que su novia se había convertido en la amante de Nikolái Pávlovich hacía un año.
II
Dos semanas antes del día señalado para la boda, Kasatski se hallaba en la casa de campo de su prometida, en Tsárskoe Seló. Era un caluroso día de mayo. Los dos enamorados se paseaban por el jardín y se sentaron en un banco de una avenida sombreada por los tilos. Meri llevaba un vestido blanco de muselina que daba especial realce a su belleza. Parecía la encarnación de la inocencia y del amor. Sentada en el banco, ya bajaba la cabeza, ya contemplaba al apuesto galán que le hablaba con extremada ternura y solicitud, temiendo ofender y mancillar con sus palabras y hasta con sus gestos la angelical pureza de su novia. Kasatski pertenecía a aquellas personas de mediados de siglo, tan distintas de las de hoy, que admitían como bueno para sí el relajamiento de las relaciones sexuales sin que sintieran por ello el menor remordimiento, pero exigían de la esposa una pureza absoluta, celestial. Casta y celestialmente puras veían a las jóvenes de su ambiente y las divinizaban. Mucho había de falso y perjudicial en este punto de vista respecto a la vida disoluta de los hombres, pero en lo tocante a la mujer la idea entonces predominante -tan distinta de la que impera hoy entre los jóvenes, que ven en cada muchacha una hembra que busca a su pareja- resultaba a mi juicio altamente beneficiosa. Al verse tratadas como ángeles, se esforzaban en tratar de serlo en mayor o menor grado. Ese era el concepto que de la mujer tenía Kasatski, y con esos ojos contemplaba él a su novia. Nunca se había sentido tan enamorado como el día a que nos referimos, y no experimentaba hacia su novia el más leve apetito sensual. Al contrario, la contemplaba embelesado como algo inaccesible.
Se levantó del banco y se quedó de pie frente a su amada, erguido en su alta estatura, apoyando ambas manos en el sable.
-Sólo ahora he llegado a saber cuán inmensa es la felicidad que el hombre es capaz de sentir. ¡Y es a usted, es a ti -dijo sonriendo tímidamente -a quien se lo debo!
Se hallaba en aquella fase en que el «tú» no se ha hecho todavía familiar, y al mirarla con limpia mirada, de la cabeza a los pies, le resulta difícil tratar de «tú» a un ángel semejante.
-Me he conocido a mí mismo gracias… a ti, he advertido que soy mejor de lo que creía.
-Lo sé hace mucho. Por esto precisamente le quiero.
Un ruiseñor dejó oír trinos en unas ramas próximas; susurró el verde follaje acariciado por un soplo de brisa.
Kasatski tomó la mano de la joven y la besó. Las lágrimas se le asomaron a los ojos. La condesa comprendió que su amado le agradecía lo que ella acababa de decirle: que lo quería. El joven oficial dio unos pasos, silencioso; se acercó luego al banco y se sentó.
-Sabe usted, sabes… es igual. Cuando me fijé en ti no me movía un impulso desinteresado, quería ligarme con la alta sociedad; pero luego, cuando te conocí mejor… ¡Qué mezquino me ha parecido todo eso en comparación con lo que tú eres! ¿No te enojarás por lo que te digo?
La joven no respondió a la pregunta, se limitó a rozar con su mano la de él.
-Has dicho… -se sintió cohibido, le parecía excesivamente osado lo que tenía a flor de labio-. Has dicho que me quieres; perdóname, lo creo; pero ¿no hay algo, además de esto, que te inquieta y turba? ¿Qué es?
«Ahora o nunca -pensó ella-. De todos modos lo sabrá. Pero ahora ya no lo pierdo. ¡Sería horrible que me dejara!»
Contempló con ojos de enamorada su figura grande, noble y poderosa. Ahora lo quería más que a Nikolái, y a ningún precio lo cambiaría por éste, si no se tratara de un emperador.
-Escúcheme. No puedo ocultar la verdad. He de decírselo todo. ¿Pregunta usted qué me inquieta? Pues, el haber amado.
Ella puso la mano en la del joven con gesto suplicante.
Él callaba.
-¿Desea usted saber a quién? A él, al soberano.
-A él todos lo queremos. Me imagino que sería cuando usted estaba en el colegio.
-No, después. Fue una locura. Luego pasó. Pero he de decirle…
-Bueno, ¿y qué?
-Es que no fue sólo un juego.
La condesa se cubrió la cara con las manos.
-¿Qué dice usted? ¿Qué le entregó a él?
Ella callaba.
Kasatski se levantó de un salto y, pálido como la muerte, temblorosos los pómulos, se quedó de pie ante ella. Recordó entonces que Nikolái Pávlovich, habiéndolo encontrado en la avenida Nevski, lo felicitó cariñosamente.
-¡Dios mío, qué he hecho, Stepán!
-¡No me toque, déjeme! ¡Oh, qué crueldad!
Kasatski le volvió la espalda y entró en la casa. Allí encontró a la madre.
-¿Qué ocurre, príncipe? Yo… -se calló al ver el rostro del joven, rojo de ira.
-Usted lo sabía y quería aprovecharse de mí para cubrirlos. ¡Si no fuera usted una mujer! -exclamó levantando su enorme puño; dio media vuelta y se fue corriendo.
Si el amante de su prometida hubiera sido un simple particular, lo habría muerto; pero se trataba del adorado zar.
Al día siguiente solicitó un permiso y pidió que lo relevaran de sus funciones. Pretextó una enfermedad, para no tener que visitar a nadie, y se marchó a su aldea.
Pasó allí el verano, poniendo en orden sus asuntos. Cuando el estío tocó a su fin, Kasatski no regresó a Petersburgo, sino que se fue a un monasterio y se hizo monje.
Su madre le escribió desaconsejándole que diera un paso tan decisivo, pero él le contestó diciéndole que la llamada de Dios era superior a todas las demás consideraciones, y que él la sentía. Únicamente su hermana, tan orgullosa y ambiciosa como él, lo comprendió.
Comprendió que su hermano se hacía monje para llegar a mayores alturas que quienes pretendían demostrarle que estaban más encumbrados que él. No se equivocaba. Haciéndose monje, Kasatski hacía patente su desprecio por cuanto parecía tan importante a los demás, y así lo había considerado él mismo mientras estuvo en el regimiento. Se situaba en una nueva cima tan elevada, que desde ella podía mirar de arriba abajo a las personas a quienes antes envidiaba. Pero no era éste el único sentimiento que lo movía, como se figuraba su hermana, Várienka. Existía en él otro sentimiento auténticamente religioso que ésta desconocía, sentimiento que, entretejido con el orgullo y con su afán de ser el primero en todo, movía a dar un paso de tanta trascendencia. El desengaño que acababa de sufrir con Meri (la prometida), a la cual había idealizado como ángel purísimo, y la ofensa sentida, resultaron tan profundos que se desesperó, ¿y adónde podía conducirle la desesperación? A Dios, a su fe infantil, que nunca había perdido.
III
Kasatski entró en el monasterio el día de la Intercesión.
El abad era un varón de noble familia y docto escritor, venerable por su rango como sucesor de los monjes de Valaquia, cuyas reglas les obligan a obedecer incondicionalmente al director espiritual y maestro que eligen. El abad era discípulo del venerable padre Ambrosio, de perdurable fama, discípulo a su vez de Macari, y éste, del venerable padre Leonid, quien lo fue de Paisi Velichkovski. A aquel abad se subordinó, como a padre espiritual suyo, Kasatski.
En el monasterio, además del sentimiento que experimentaba al tener conciencia de su superioridad sobre los demás, hallaba Kasatski íntimo gozo esforzándose por alcanzar el grado máximo de perfección en su vida monacal, tanto exterior como interiormente, del mismo modo que en todas sus demás empresas. Así como en el regimiento no sólo era un oficial impecable que hacía más de lo que se exigía y ampliaba el marco de su perfeccionamiento, en el monasterio se esforzaba también por ser perfecto: trabajaba siempre, era un religioso sobrio, humilde, limpio en el hacer y en el pensar, obediente. Esta última cualidad o grado de perfección era la que más lo ayudaba a encontrar llevadera la vida. No importaba que muchas de las reglas que debía observar en aquel monasterio, sumamente concurrido, no le gustaran y lo escandalizaran; todo se reducía a la nada por medio de la obediencia. «No es cosa mía razonar; mi obligación es obedecer, velando las sagradas reliquias, cantando en el coro o llevando las cuentas del servicio de hostería.» La obediencia a su venerable padre espiritual eliminaba la posibilidad de dudas en todos los terrenos. Sin esta obediencia, se habría sentido abrumado por la duración y la monotonía de los oficios religiosos, por el trajín de los visitantes y por otras particularidades de la hermandad monacal, pero gracias a esta virtud no sólo lo soportaba todo con alegría, sino que encontraba en ello gran apoyo y consuelo. «No sé por qué hace falta escuchar varias veces al día unas mismas preces, pero sé que es necesario, encuentro alegría en ello.» Su venerable padre espiritual le dijo que del mismo modo que se necesita alimento material para la conservación de la vida, hace falta el espiritual -el rezo en la iglesia-, a fin de sostener la vida del espíritu. Kasatski lo creía así, y realmente los oficios religiosos, aunque a veces le costara trabajo levantarse por la mañana, le proporcionaban indudable sosiego y alegría. Lo llenaba de contento el tener conciencia de su propia humildad y de saber indudablemente todos los actos que realizaba por indicación del padre espiritual. El interés de la vida estribaba no sólo en subordinar cada vez más plenamente la propia voluntad, en alcanzar una humildad cada día mayor, sino en todas las virtudes cristianas que al principio le parecieron fácilmente asequibles. Cedió sus bienes a su hermana y no lo sentía. No era perezoso. No le resultaba difícil humillarse ante los inferiores; antes bien, le proporcionaba un íntimo gozo. Incluso le era fácil vencer el pecado de concupiscencia, tanto de la gula como de la lujuria. Su padre espiritual lo puso en guardia sobre todo contra este pecado, y Kasatski se alegraba de estar limpio de él.
Sólo lo torturaba el recuerdo de la novia. No se trataba del mero recuerdo, sino de la viva representación de lo que habría podido ocurrir. A pesar suyo, se le venía a la memoria una favorita del soberano, más tarde casada y convertida en una magnífica esposa y madre de familia. Su marido ocupaba un alto cargo, tenía influencia y honores, amén de una buena y arrepentida esposa.
Cuando se hallaba en buena disposición de ánimo, estos pensamientos no lo conturbaban. Si entonces lo recordaba se sentía contento de haberse librado de aquellas tentaciones. Pero había momentos en que de pronto todo cuanto constituía la razón de su vida se esfumaba y él dejaba de verlo aún sin dejar de creer en ello. Entonces era incapaz de evocar en su interior esa razón de su vivir y se apoderaban de él los recuerdos y -horrible es decirlo -se arrepentía de haber abrazado la vida monacal.
En esta situación lo único que podía salvarlo era la obediencia, el trabajo y los rezos en el transcurso de toda la jornada. Rezaba como siempre, se prosternaba, incluso rezaba más que otros días, pero lo que rezaba era el cuerpo sin alma. Eso duraba un día, a veces dos, y luego pasaba. Pero ese día o esos dos días eran terribles. Kasatski sentía que no se encontraba bajo su propio poder ni bajo el de Dios, sino bajo algún poder extraño. Lo único que podía hacer y realmente hacía era lo que le aconsejaba su venerable padre espiritual para contenerse: no emprender nada y esperar. En realidad, durante esos días, Kasatski no vivía según su voluntad propia, sino según la de su padre espiritual, y en esta situación hallaba un particular sosiego.
Así vivió Kasatski siete años en aquel monasterio. A finales del tercer año, fue tonsurado y ordenado sacerdote con el nombre de Sergio. La ordenación constituyó un importante acontecimiento en la vida interior de Sergio, quien si antes experimentaba gran consuelo y elevación espiritual cuando comulgaba, después que tuvo ocasión de oficiar él mismo, el acto del ofertorio lo sumía en un estado de excelsa beatitud. Luego, este sentimiento fue debilitándose, y, cuando tuvo que celebrar la misa en un estado de depresión espiritual, comprendió que aquel estado de éxtasis acabaría por desaparecer. En efecto, este sentimiento se hizo más débil, pero quedó como una costumbre.
Al séptimo año, la vida del monasterio lo aburría. Todo cuanto podía aprender allí lo había aprendido. Todo cuanto era necesario alcanzar lo había alcanzado. Allí no le quedaba nada que hacer.
El estado de letargo en que se encontraba se hacía cada día más sensible. En el transcurso de estos años murió su madre y se casó Meri. Ambas noticias lo dejaron indiferente. Toda su atención, todos sus intereses, se hallaban concentrados en su vida interior.
En el cuarto año de su monacato, el obispo tuvo para él muchas palabras de encomio, y su venerable padre espiritual le dijo que no debería de negarse a admitir algún cargo elevado si se lo ofrecían. Entonces se encendió en él la ambición monástica, ese estado de ánimo que tanto le había disgustado en los monjes. Lo destinaron a un monasterio cercano a la capital. Quería renunciar a ese destino, pero su padre espiritual le ordenó aceptarlo. Sergio así lo hizo. Se despidió de su superior y se trasladó al otro monasterio.
El paso a la abadía de la capital fue un notable acontecimiento en la vida del padre Sergio. Se encontró allí con tentaciones de todo género y para vencerlas tuvo que poner en juego todas sus fuerzas.
En el anterior monasterio la seducción de la mujer lo atormentaba poco. En cambio aquí, esta tentación alcanzó una fuerza terrible, llegando incluso a adquirir forma determinada. Una señora conocida por su poca recomendable conducta empezó a mostrarse obsequiosa con Sergio. Habló con él y le rogó que la visitara. Sergio se negó rotundamente, pero quedó horrorizado ante la inequívoca fuerza de su deseo. Se asustó tanto, que se lo contó por carta a su padre espiritual, pero esto le pareció poco. Llamó a un joven novicio y, venciendo la enorme vergüenza que lo embargaba, le confesó su debilidad y le rogó que lo vigilara, y que no lo dejara ir a ningún sitio, excepción hecha de los oficios divinos y de los actos de penitencia.
Constituía además gran motivo de escándalo para Sergio el hecho de que el abad de ese monasterio, hombre de mundo, muy listo, que estaba haciendo una brillante carrera eclesiástica, le era sumamente antipático. Por más que luchara consigo mismo, Sergio no podía vencer esa antipatía. Se sometía, pero en el fondo de su alma no cesaba de censurarlo. Y este mal sentimiento estalló.
Fue en el segundo año de su estancia en el nuevo monasterio. He aquí lo que sucedió. Con motivo de las fiestas de Intercesión, se celebraban las vísperas en la iglesia mayor. El templo estaba muy concurrido. Oficiaba el propio abad. El padre Sergio se había entregado al rezo en su lugar habitual, pero estaba torturado por la lucha que en él solía desencadenarse durante los oficios religiosos, especialmente en la iglesia mayor, cuando no oficiaba. Se debía esta lucha a la irritación que le producían los señores y, especialmente, las damas que allí acudían. Sergio se esforzaba por no verlos, por no advertir lo que pasaba en torno suyo. No quería ver cómo un militar acompañaba a unas damas abriéndose paso entre la gente, ni cómo otros se hacían señas mirando a los monjes, a menudo a él mismo y a otro monje conocido por su distinguido porte y hermosas facciones. Era como si pusiera anteojeras a su atención a fin de obligarse a no ver más que la llama de los cirios junto al iconostasio, las imágenes sagradas y los sacerdotes que oficiaban; a no oír nada excepto las palabras del rezo, cantadas o recitadas, y a no experimentar ningún sentimiento que no fuera el de abandono de sí mismo en el cumplimiento del deber, como lo experimentaba siempre al oír las oraciones tantas veces oídas y repetir anticipadamente sus palabras.
Estaba, pues, de pie, inclinándose profundamente, persignándose cuando el ritual lo prescribía, luchando consigo mismo, entregándose al frío raciocinio o ahogando conscientemente en su interior sentimientos e ideas, cuando se le acercó el tesorero de su abadía, el padre Nikodim, otro gran motivo de escándalo para el padre Sergio, que lo tachaba, a pesar suyo, de adulador servil del abad. El padre Nikodim saludó a Sergio con una profunda reverencia y le dijo que el abad lo llamaba. Sergio recogió el manteo, se puso el bonete y avanzó con sumo cuidado entre la multitud que llenaba el templo.
Lise, regardez à droite, c´est lui1 -se oyó que decía una voz de mujer.
Où, où? It n´est pas tellement beau.2
El padre Sergio sabía que hablaban de él. Oyó lo que decían y, como siempre que se sentía tentado, repitió: «y no permitas que caigamos en la tentación». Bajó la cabeza y la mirada, dejó atrás el ambón, cedió el paso a los canocarcas que vestidos con sus albas llegaban en ese momento delante del iconostasio, y entró en el altar por la puerta del lado norte. Como de costumbre, hizo una reverencia inclinándose hasta la cintura ante el icono. Luego, sin pronunciar palabra, levantó la cabeza en dirección al abad, cuya figura había visto con el rabillo del ojo junto a otra vestida de gala. El abad, de pie junto a la pared, puestas las vestiduras sagradas, se frotaba los galones de la casulla apoyando sus cortos y rollizos brazos sobre su prominente abdomen. Se sonreía hablando con un militar que vestía uniforme de general y llevaba varias condecoraciones y charreteras, de las que enseguida se dio cuenta el padre Sergio, con su mirada experta en estas cuestiones. El general pertenecía al séquito del emperador y había sido comandante del regimiento en que Sergio había prestado sus servicios. Ahora, por lo visto, era una persona muy influyente, y el padre Sergio advirtió en seguida que el abad lo sabía y se alegraba, razón por la cual tenía radiante la roja y gorda cara. El padre Sergio se sintió herido y amargado, y esa sensación fue todavía mayor cuando oyó de labios del abad que éste lo había llamado porque el general tenía mucha curiosidad por ver, como él mismo decía, a su antiguo compañero de servicio militar.
-Estoy muy contento de verlo a usted en figura de ángel -le dijo el general alargándole la mano-. Espero que no haya olvidado usted a un antiguo camarada.
El rostro del abad, encarnado y sonriente en el marco de sus canas, como aprobando las palabras del general; la cara acicalada y satisfecha de éste, el olor a vino que de su boca se desprendía y el olor a tabaco de sus patillas, acabaron con la ecuanimidad del padre Sergio, quien se inclinó una vez más ante el abad y dijo:
-Reverendo padre, ¿ha tenido a bien llamarme? -tanto la expresión de su cara como su actitud añadían: ¿para que?
El abad dijo:
-Le he llamado para que se entreviste con el general.
-Reverendo padre, me aparté del mundo para librarme de las tentaciones -replicó palideciendo y con los labios temblorosos-. ¿Por qué me somete usted a ellas aquí, durante las horas del rezo y en el templo de Dios?
-Vete, vete -le dijo el abad, irritado y frunciendo el seño.
Al otro día el padre Sergio pidió perdón al abad y a los demás hermanos por su orgullo, pero después de haber pasado la noche rezando, creyó que debía abandonar la abadía. Escribió en este sentido a su padre espiritual, suplicándole que le permitiera volver a su lado. Le dijo que se sentía débil e incapaz de luchar contra las tentaciones, solo, sin su ayuda. Y se arrepentía de su pecado de orgullo. El siguiente correo le trajo la respuesta. Su padre espiritual le decía que todo el mal estaba en su orgullo. El arranque de cólera que había sufrido -proseguía el padre espiritual- se debía a que al humillarse y renunciar a los honores no había obrado por amor de Dios, sino por orgullo, como diciendo, fíjense en mí, no necesito nada. Por este motivo no pudo soportar el acto del abad: «ya ven, he renunciado a todo por amor a Dios y ahora me muestran como si fuera un animal raro».
«Si hubieras despreciado la gloria por amor a Dios, lo habrías soportado. Aún no has ahogado en ti el orgullo mundano. He pensado en ti, hijo mío, Sergio, he rezado, y he aquí lo que Dios me dicta: vive como hasta ahora y sométete. Acabo de enterarme de que ha muerto en santidad el anacoreta Hilarión, después de vivir dieciocho años en su celda. El abad del monasterio de Tambino me ha preguntado si sé de algún hermano que quiera vivir allí. En esto me llega tu carta. Preséntate al padre Paisi, en el monasterio de Tambino, y pídele que te deje ocupar la celda vacía. Por mi parte ya le escribiré. No es que puedas tú sustituir a Hilarión, pero necesitas la soledad para vencer tu orgullo. Que Dios te bendiga.»
Sergio obedeció a su padre espiritual. Enseñó la carta al abad y, obtenido el permiso correspondiente, se dirigió hacia la celda solitaria de Tambino, después de haber hecho entrega de todos sus bártulos a la abadía.
El superior de la comunidad de Tambino, excelente persona, procedente de una familia de mercaderes, acogió, tranquilo y sencillo, al padre Sergio y lo instaló en la celda de Hilarión, poniendo a su servicio un hermano lego, si bien luego lo dejó solo, atendiendo al ruego del propio Sergio. La celda era una cueva abierta en la montaña. Allí mismo, en la parte posterior, se había enterrado a Hilarión. En la parte anterior había un nicho con un jergón de paja para dormir, una mesita y una estantería para las imágenes sagradas y los libros. Junto a la puerta exterior, que se cerraba, había una tablita en la que una vez al día un monje del monasterio dejaba el alimento.
Y el padre Sergio se hizo ermitaño.
IV
En el sexto año de vida anacorética, durante las fiestas de carnaval, un grupo de alegres personas ricas de la ciudad próxima, hombres y mujeres, después de hartarse de hojuelas y vino, decidieron dar un paseo en troika. Formaban el grupo dos abogados, un rico propietario, un oficial y cuatro mujeres. Una de ellas era la esposa del oficial; la otra, lo era del terrateniente; la tercera era una solterona hermana de este último y la cuarta una mujer divorciada, hermosa y rica, que alteraba el sosiego de la ciudad con sus extravagancias.
El tiempo era espléndido, el hielo del camino parecía bruñido como un entarimado. Recorrieron unas diez verstas, y luego se detuvieron para decidir hacia dónde irían, si más lejos o volverían a la ciudad.
-¿Adónde lleva este camino? -preguntó Makovkina, la bella mujer divorciada.
-A Tambino, que está de aquí a doce verstas -respondió uno de los abogados que le hacía la corte.
-¿Y luego?
-Luego a L., por el monasterio.
-¿Allí donde vive ese que llaman padre Sergio?
-Sí.
-¿Kasatski? ¿Ese ermitaño tan guapo?
-El mismo.
-¡Mesdames! ¡Señores! Vamos a visitar a Kasatski. En Tambino descansaremos y tomaremos algo.
-Pero no nos dará tiempo para volver a dormir en casa.
-No importa, pasaremos la noche en la celda de Kasatski.
-Sitio no faltará. En el monasterio hay una hostería que no es mala. Estuve allí cuando me encargué de la defensa de Majin.
-No, yo pasaré la noche con Kasatski.
-Eso es imposible. Ni siquiera usted, con todo su poder, lo conseguirá.
-¿Imposible? ¿Quiere apostar algo?
-Venga. Si usted pasa la noche con Kasatski, estoy dispuesto a todo lo que usted quiera.
A discretion.
-¡Y usted, también!
-De acuerdo. Adelante.
Ofrecieron vino a los cocheros. El grupo de amigos se sirvió empanadillas, vino y caramelos que sacaron de una caja. Las damas se arrebujaron bien con sus blancos abrigos de piel de perro. Los cocheros discutieron acerca de quién iría delante, hasta que uno de ellos, con gallardo movimiento, hizo restallar el látigo y lanzó un grito. Cantaron los cascabeles y se oyó el chirrido de los trineos al deslizarse sobre la nieve helada. Apenas se notaba ninguna sacudida, el trineo se inclinaba ligeramente hacia los costados, el caballo lateral galopaba acompasada y alegremente, atada la cola sobre la adornada retranca; el camino, llano y liso, corría veloz hacia atrás; el cochero agitaba airosamente las riendas; el abogado y el oficial, sentados uno frente a otro, estaban bromeando con Makovkina, la cual, arrebujada en su abrigo, permanecía inmóvil y pensaba: «Siempre lo mismo y siempre repugnante: caras rojas y lucientes oliendo a vino y a tabaco, las mismas palabras, los mismos pensamientos y siempre dando vueltas alrededor de la misma porquería. Todos están contentos y convencidos de que ha de ser así y que pueden seguir viviendo de esta manera hasta el fin de sus días. Yo no puedo. Estoy harta. Necesitaría algo que lo desbaratara y trastornara todo. Que nos ocurriera lo que a ésos, creo que de Saratov, que fueron de paseo y se helaron. ¿Qué harían mis amigos? ¿Cómo se comportarían? Qué duda cabe, como unos cobardes. Cada uno pensaría únicamente en sí mismo. Yo misma me comportaría villanamente. Pero yo por lo menos soy hermosa. Lo saben. ¿Y ese monje? ¿Es posible que ya no comprenda tales cosas? No puede ser. Esto es lo único que todos comprenden. Como el otoño pasado aquel cadete. ¡Y qué estúpido era…!»
-Iván Nikoláievich! -exclamó.
-¿Qué manda, mi señora?
-¿Cuántos años tendrá?
-¿Quién?
-Kasatski.
-Me parece que unos cuarenta.
-¿Y recibe a todo el mundo?
-Sí, pero no siempre.
-Tápame los pies. Así no. ¡Qué poca maña se da! Todavía más, más; así. Y no tiene por qué apretarme las piernas.
Así llegaron hasta el bosque en que se encontraba la celda. Makovkina bajó y mandó alejarse a los demás. Intentaron disuadirla. Pero ella se enojó y les dijo que se fueran. Entonces los trineos se pusieron en camino, y ella, envuelta en su blanco abrigo de pieles, echó a andar por el sendero. El abogado bajó del trineo y se quedó mirándola.
V
El padre Sergio llevaba más de cinco años viviendo en su celda, en su ermita solitaria. Tenía cuarenta y nueve. Su vida era dura. No por el trabajo del ayuno y de las preces; éstos no eran verdaderos trabajos, sino por la lucha interior que tenía que sostener, contra lo que había esperado. Dos eran los motivos de su lucha: la duda y las tentaciones de la carne. Los dos enemigos atacaban siempre al unísono. A él le parecía que eran dos, pero en realidad se trataba de uno solo. Tan pronto quedaba deshecha la duda, caía asimismo aniquilada la lujuria. Pero él creía que eran dos diablos distintos y luchaba separadamente con ellos.
«¡Dios mío, Dios mío! -pensaba-, ¿por qué me niegas la fe? Sí, contra la lujuria lucharon san Antonio y otros, pero creían. Tenían fe, y yo a veces paso minutos, horas y días sin fe. ¿Para qué ha de existir el mundo, con todos sus encantos, si es pecaminoso y hay que renunciar a él? ¿Por qué has creado tú la tentación? ¿La tentación? ¿Pero no será también una tentación el que quiera yo apartarme de las alegrías de la vida y aspire a alcanzar algo donde quizá no haya nada? -Conforme lo pensaba, se sentía horrorizado-. ¡Miserable, miserable! ¿Y pretendes ser santo?» Se reprendía a sí mismo. Se puso a orar. Pero no bien dio comienzo a los rezos, se vio tal cual era cuando vivía en el monasterio: con el bonete, el manteo y su majestuoso aspecto. Movió la cabeza. «No, no soy así. Esto es una falacia. Pero engaño a los otros. No puedo engañarme a mí mismo ni engañar a Dios.» Dobló los bordes de los hábitos y contempló sus descarnadas pierna, enfundadas en los calzones. Se sonrió.
Luego soltó los bordes de sus hábitos y empezó a leer el libro de las oraciones, a santiguarse y a inclinarse. «¿Es posible que este lecho sea mi tumba?» Leyó. Y fue como si un diablo le musitara al oído: «El lecho solitario ya es una tumba. Es una farsa». Vio con imaginación los hombros de una viuda que en otro tiempo fue su amiga. Sacudió de su mente tales pensamientos y prosiguió la lectura. Leídas las reglas, tomó los Evangelios, los abrió al azar y dio en un pasaje, que repetía a menudo y sabía de memoria: «Señor, ayúdame a vencer mí incredulidad». Apartó de sí las dudas que lo asaltaban. Como si se tratara de un objeto en equilibrio inestable, volvió a colocar su fe sobre el inseguro soporte y se alejó cautelosamente para no derribarla con algún movimiento descuidado. Volvieron a su sitio las anteojeras y el padre Sergio se tranquilizó. Repitió la oración de su infancia: «No me abandones, Señor, no me abandones». Se sintió aliviado, invadido por un sentimiento de alegría y ternura. Luego se santiguó y se acostó en su esterilla, sobre un estrecho banco, utilizando como almohada sus hábitos de verano. Se quedó dormido. Entre sueños creyó oír repiqueteos de cascabeles. No sabía si era algo real o soñado. Un golpe en la puerta lo despierta. Se levanta sin dar crédito a sus oídos. Pero el golpe se repite. No cabía duda, habían golpeado muy cerca, en su propia puerta, y se había oído una voz de mujer.
«¡Dios mío! ¿Será verdad lo que he leído en las vidas de los santos, que el diablo se presenta en forma de mujer…? Sí, es una voz de mujer, ¡una voz dulce, tímida y grata! ¡Fu! -y escupió al lanzar esta exclamación-. No es así, ha sido todo una alucinación mía.» Se acercó a un rincón y se dejó caer de rodillas frente al icono. Aquel movimiento regular y habitual yo por sí mismo le proporcionaba consuelo y satisfacción. Le cayeron los cabellos sobre el rostro y apretó la frente sobre el húmedo y frío suelo, donde se formaban breves hileras de polvillo de nieve arrastrado por el viento que soplaba por debajo de la puerta.
Recitó un salmo contra las tentaciones, el que recomendó para tales casos el venerable Pimen. Levantó sin la menor dificultad el magro y ágil cuerpo sobre sus fuertes piernas nervudas y se dispuso a proseguir la lectura de los salmos, pero en vez de leer aguzaba involuntariamente el oído. Deseaba oír algo más. El silencio era absoluto. En un rincón las gotas de agua que se desprendían de la bóveda resonaban como antes al caer en la tinaja. Fuera, la oscuridad era total. La niebla apagaba el brillo de la nieve. Silencio, nada más que silencio. De pronto se oyó un rumor junto a la ventana y una voz inconfundible, aquella dulce y tímida voz, una voz que sólo podía pertenecer a una mujer atractiva, dijo:
-Por Dios, ábrame…
Le pareció que la sangre se le agolpaba en el corazón. Ni siquiera pudo suspirar. «Que Dios resucite y me ampare…»
-No soy el diablo… -no cabía duda de que se sonreían los labios que pronunciaban aquellas palabras-. No soy el diablo, sino una pobre pecadora que se ha extraviado, en el sentido recto de la palabra, no en el otro. -Se echó a reír-. Estoy helada y pido asilo…
El padre Sergio acercó el rostro al cristal del ventanuco. Sólo se veía los destellos del candil reflejado en el vidrio. Se puso las manos a ambos lados de la cara y miró. Niebla, oscuridad, un árbol. ¿Y a la derecha? Allí estaba ella. Sí, era una mujer envuelta en un abrigo de blancas pieles, tocada con un gorro. Su carita linda, bondadosa y asustada, se inclinaba mirándolo, a dos pulgadas de la suya propia. Sus ojos se encontraron y se reconocieron. No es que se hubieran visto antes, pero en la mirada que cambiaron se dieron cuenta (sobre todo él) de que se reconocían y se comprendían. Después se esta mirada, no cabía ya duda ninguna de que se trataba del diablo y no de una mujer sencilla, buena, dulce y tímida.
-¿Quién es usted? ¿Qué quiere? -preguntó él.
-¡Ábrame ya! -dijo ella con caprichoso requerimiento-. Estoy helada. Le digo que me he extraviado.
-Soy un monje, un ermitaño.
-Bueno, pero abra. ¿Quiere usted que me quede yerta al pie de la ventana mientras usted reza?
-Pero cómo usted…
-No me lo voy a comer, no tema. Por Dios, déjeme entrar. No resisto el frío más tiempo.
Empezó a tener miedo y pronunció estas últimas palabras casi sollozando.
Él se apartó de la ventana y dirigió su mirada al icono en que estaba Jesucristo con la corona de espinas. «Señor, ayúdame. Señor, no me abandones», murmuró persignándose e inclinándose profundamente, hasta la cintura. Se acercó a la puerta, que daba a una especie de minúsculo zaguán, y la abrió. Allí buscó a tientas el gancho que cerraba la puerta exterior. Fuera se oyeron pasos. La mujer se apartaba de la ventana y se dirigía a la puerta. «¡Ay!», exclamó de pronto. Había metido un pie en el charco que se formaba delante del umbral. Al padre Sergio le temblaban las manos y no podía levantar el gancho.
-¿Qué espera? Déjeme entrar. Estoy empapada, aterida. Usted sólo piensa en la salvación de su alma y deja que me hiele.
El padre Sergio tiró de la puerta hacia sí, levantó el gancho y, sin calcular el impulso, empujó la puerta hacia fuera, dando un golpe a la mujer.
-¡Oh, perdone! -exclamó, volviendo de improvisto a la expresión y al tono que tan familiares le eran en otros tiempos, al alternar con damas.
Ella se sonrió al oír ese «perdone», pensando: «No es tan terrible como suponía».
-No ha sido nada, no ha sido nada. Usted me ha de perdonar a mí -dijo pasando por delante del padre Sergio-. No me habría atrevido nunca a molestarle. Pero me encontraba en una situación muy apurada.
-Entre usted -musitó él cediéndole el paso.
Notó un fuerte olor de finos perfumes, como no sentía hacía muchos años. La mujer cruzó el pequeño zaguán y penetró en el recinto anterior de la cueva; él la siguió, después de haber cerrado la puerta sin poner el gancho.
«Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, perdone a este pobre pecador; Señor, ten compasión de este pobre pecador», repetía sin cesar en su interior y, además, moviendo involuntariamente los labios.
-Acomódese -dijo.
Ella permaneció de pie, en medio de la estancia, mirándolo con una sonrisa burlona en los ojos. De su ropa se desprendían gotas de agua.
-Perdóneme que haya quebrantado su soledad. Pero ya ve usted en qué situación me encuentro. Todo se debe a que salimos de la ciudad a dar un paseo en trineo y yo aposté que volvería sola a pie desde Voroviovka, pero me equivoqué de camino, y si no hubiera dado con su ermita… -empezó a decir, mintiendo descaradamente.
Pero se sintió tan confusa al fijarse en el rostro del padre Sergio, que no pudo seguir la patraña y se calló. Se lo había imaginado distinto. No era tan guapo como se había figurado, pero le parecía magnífico. El aspecto del padre Sergio con sus cabellos entrecanos y ensortijados, lo mismo que el pelo de la barba, su nariz de línea correcta y aquellos ojos ardientes como brasas cuando miraban de frente, la impresionaron profundamente.
Él comprendió que la mujer mentía.
-Bueno, no se preocupe -dijo mirándola y bajando nuevamente los ojos-. Yo pasaré ahí y usted descanse.
Descolgó el candil, encendió una vela y, haciendo ante la mujer una profunda reverencia, pasó al cuartucho que había al otro lado de un tabique de madera. Arrastró algún objeto hacia la puerta. Al oírlo, se dijo la mujer, sonriendo: «Probablemente asegura la puerta para que yo no pueda entrar». Se quitó el abrigo de blancas pieles, el gorro, al que se le habían pegado algunos cabellos, y el pañuelito de punto que llevaba debajo del gorro. No estaba empapada, y si lo dijo cuando estaba junto a la ventana, fue sólo como pretexto para que la dejara entrar. Pero frente al umbral había metido en un charco el pie izquierdo, hasta la pantorrilla, y tenía lleno de agua el zapato y la bota de goma que llevaba encima. Se sentó en el camastro del padre Sergio -una tabla cubierta únicamente con una estera -y empezó a descalzarse. Aquella pequeña celda le pareció encantadora. Mediría unos ocho pies de ancho por unos diez u once de largo. Estaba limpia como un cristal. No había en ella más que el camastro donde la mujer se hallaba sentada, y encima un estante con libros. En un rincón había un atril. En la puerta, colgado de unos clavos, un abrigo y una sotana. Sobre el atril, la imagen de Jesucristo con la corona de espinas, y un candil. Se notaba un olor raro de aceite, a sudor y a tierra. Pero todo le parecía agradable. Incluso el olor.
Los pies mojados, sobre todo el izquierdo, le dolían, y se puso a descalzarse apresuradamente sin dejar de sonreír, contenta no tanto de haber logrado lo que se proponía, sino de haber visto que había conturbado al padre Sergio, a ese hombre magnífico, sorprendente, raro y atractivo. «No ha correspondido… ¡Qué más da!», se dijo para sí.
-¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! Es así cómo le llaman, ¿verdad?
-¿Qué quiere usted? -le respondió una voz tranquila.
-Por favor, perdóneme que haya roto su soledad. Pero créame, no he podido evitarlo. Me habría puesto enferma. No sé lo que me va a pasar. Estoy empapada. Tengo los pies hechos un témpano.
-Perdóneme -respondió la voz sosegada-, nada puedo hacer por usted.
-Por nada del mundo lo habría incomodado. Sólo me quedaré hasta el amanecer.
El padre Sergio no respondió, y la mujer oyó un leve balbuceo. «Por lo visto reza», se dijo.
-No entrará usted aquí, ¿verdad? -preguntó sonriéndose-. He de quitarme la ropa para secarla.
El padre Sergio no respondió y continuó rezando sus oraciones al otro lado del tabique con la misma voz reposada.
«Este sí es un verdadero hombre», pensó ella tirando con dificultad de la bota mojada. Por más que tiraba, no podía quitársela y esto le hizo gracia. Se rió muy bajito, pero sabía que él oía su risa y que esta risa influía en él tal como ella deseaba. Se rió más fuerte, y aquella risa alegre, natural y bondadosa influyó realmente sobre el padre Sergio tal como ella había deseado.
«A un hombre como éste se le puede amar. ¡Qué ojos los suyos! ¡Y qué rostro más abierto, más noble y más apasionado!, por muchas que sean las oraciones que rece -pensó ella-. Las mujeres no nos engañamos. Tan pronto acercó su rostro al cristal y me vio, lo comprendí y lo supe. Lo leí en el brillo de sus ojos. Me amó, me deseó. Sí, me deseó», decía sacando, por fin, zapato y bota y quitándose luego las medias. Para quitarse aquellas largas medias prendidas en elásticos, tenía que levantarse la falda. Sintió vergüenza y dijo:
-No entre.
Pero del otro lado del tabique no llegó respuesta alguna. Seguía oyéndose el acompasado murmullo, al que se añadió el ruido de unos movimientos. «Se inclina hasta poner la frente en el suelo, no hay duda -pensó ella-; pero de nada le servirá -musitó-. Piensa en mí. Como pienso yo en él. Piensa en estas piernas mías», dijo quitándose las medias mojadas y recogiendo las desnudas piernas sobre el camastro. Permaneció sentada unos momentos, abrazándose las rodillas en actitud pensativa. «¡Cuánta soledad, cuánto silencio! Nadie sabría nunca…» Abrió la estufa y puso las medias a secar. Después, pisando levemente el suelo con sus pies descalzos, volvió al camastro, donde se sentó otra vez con las piernas recogidas. Al otro lado del tabique no se oía ni el más leve ruido. Makovkina consultó el diminuto reloj que le pendía del cuello. Eran las dos de la madrugada. «Mis amigos han de venir a buscarme a eso de las tres.» Tenía a su disposición una hora escasa.
«¿He de permanecer todo este tiempo aquí sola? ¡Qué tontería! No quiero. Ahora mismo lo llamo.»
-¡Padre Sergio! ¡Padre Sergio! ¡Sergio Dmitrich, príncipe Kasatski!
Nada se oyó al otro lado del tabique.
-Óigame, no sea usted cruel. No lo llamaría si no lo necesitara. Estoy enferma. No sé lo que me pasa -exclamó con voz quejumbrosa-. ¡Ay, ay! -gimió, dejándose caer sobre el camastro.
Y, cosa rara, se sentía realmente mal, creía desfallecer, le dolía todo el cuerpo, temblaba como si tuviera fiebre.
-Óigame, ayúdeme. No sé lo que me pasa. ¡Ay, Ay! -Se desabrochó el vestido, dejando los senos al aire, y extendió los brazos desnudos hasta los codos-. ¡Ay, ay!
El padre Sergio permanecía en su cuartucho rezando. Acabadas las oraciones vespertinas, se quedó de pie, inmóvil, fija la mirada en la punta de la nariz, componiendo una prudente oración y repitiendo con toda el alma: «Señor mío Jesucristo. Hijo de Dios, ten compasión de mí».
Pero lo oía todo. Oyó el roce de la seda cuando ella se quitó el vestido, oyó las pisadas de los desnudos pies por el suelo, la oyó frotarse las piernas. Se sintió débil y comprendió que podía caer en cualquier momento. Por esto no dejaba de orar. Experimentaba algo semejante a lo que debía experimentar el héroe legendario obligado a caminar sin volver los ojos a su alrededor. Sergio notaba, sentía que el peligro y la perdición estaban ahí, encima, en torno, y que sólo podía salvarse si no contemplaba a aquella mujer ni un instante. Pero de pronto se apoderó de él el deseo de verla. En aquel mismo momento dijo ella:
-Escúcheme, esto es inhumano. Puedo morirme.
«Sí, iré, como aquel padre que puso una mano sobre la mujer del pecado y la otra sobre una parrilla al rojo vivo. Pero no tengo parrilla.» Miró a su alrededor. Vio el candil. Puso el dedo en la llama y frunció el ceño, dispuesto a resistir. Por unos momentos le pareció que no sentía ningún dolor, pero de repente, sin tener aún conciencia de si lo que sentía era dolor y cuál era su intensidad, hizo una mueca y retiró la mano sacudiéndola. «No, no lo resisto.»
-¡Por Dios! ¡Oh, socórrame! ¡Me muero, oh!
«¿Debo, pues, condenarme? No puede ser.»
-Ahora la atenderé -dijo, y abrió la puerta de su cuartucho, pasó por delante de ella sin mirarla, entró en el pequeño zaguán donde cortaba la leña y buscó a tientas el tajo sobre el que hacía las astillas y el hacha que tenía apoyada al muro.
-Ahora mismo -repitió, y agarrando el hacha con la mano derecha puso un dedo de la izquierda sobre el tajo, levantó la herramienta y de un golpe se lo cortó, más abajo de la segunda articulación. El trozo de dedo cortado saltó más fácilmente que las astillas del mismo grosor, rodó por el tajo y cayó al suelo produciendo un sordo ruido.
Sergio oyó este ruido antes de percibir el dolor. Pero no había tenido tiempo aún de sorprenderse de que no le doliera, cuando sintió como una mordedura intensísima y notó que por el dedo cercenado le salía la tibia sangre. Envolvió rápidamente el dedo herido con el borde de su hábito y, apretándolo a la cadera, volvió sobre sus pasos. Se detuvo ante la mujer, y bajando la vista preguntó quedamente:
-¿Qué quiere usted?
Al ver aquel pálido rostro, con un leve temblor en la mejilla izquierda, la mujer se sintió de pronto avergonzada. Saltó del camastro, agarró el abrigo y se lo echó encima, envolviéndose en él.
-Me sentía mal… me he resfriado… yo… Padre Sergio… yo…
Sergio levantó los ojos, que le brillaban con dulce y alborozado resplandor, y dijo:
-Dulce hermana, ¿por qué has querido perder tu alma inmortal? Las tentaciones son propias del mundo, pero ¡ay de aquel que las provoca!… Reza para que Dios te perdone.
Ella lo escuchó y se le quedó mirando. De pronto notó el ruido de un líquido que caía gota a gota. Se fijó y vio que la sangre fluía de la mano de Sergio y bajaba por un costado de sus hábitos.
-¿Qué se ha hecho en la mano?
Recordó el ruido que acababa de oír, tomó el candil y penetró en el zaguán. En el suelo vio el dedo ensangrentado. Más pálida todavía que él, volvió a la reducida estancia y quiso decirle algo; pero el padre Sergio entró silenciosamente en el cuartucho del fondo y cerró la puerta.
-Perdóneme -dijo la mujer-. ¿Cómo podré alcanzar el perdón de mi pecado?
-Vete.
-Déjeme que le vende la herida.
-Vete de aquí.
Se vistió apresuradamente, sin decir palabra. Arrebujada en su abrigo, se sentó esperando la llegada de sus amigos. A lo lejos se oyeron unos cascabeles.
-Padre Sergio, perdóneme.
-Vete. Te perdonará Dios.
-Padre Sergio, cambiaré de vida. No me abandone.
-Vete.
-Perdóneme y concédame su bendición.
-En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo -se le oyó al otro lado del tabique-. Vete.
La mujer prorrumpió en sollozos y salió de la celda. El abogado iba a su encuentro y le dijo:
-He perdido la apuesta, ya lo veo, paciencia. ¿Dónde quiere usted sentarse?
-Me da lo mismo.
Subió al trineo y en todo el camino de regreso no dijo ni una palabra.
* * *
Un año más tarde ingresó en un convento, donde lleva una vida muy austera bajo la dirección del ermitaño Arsenio, quien de vez en cuando le escribe una carta.
VI
El padre Sergio vivió siete años más en su ermita. Al principio aceptaba muchas de las cosas que le llevaban: té, azúcar, pan blanco, leche, ropas, leña. Pero a medida que transcurría el tiempo imponía más rigor a sus costumbres, y fue renunciando a todo lo superfluo. Llegó, por fin, a no aceptar más que pan negro una vez a la semana. Todo cuanto le llevaban lo distribuía entre los pobres que acudían a verlo.
Se pasaba el tiempo rezando en la celda o conversando con quienes lo visitaban, cuyo número era cada día mayor. Únicamente salía de su celda para ir a la iglesia, unas tres veces al año, y para ir a buscar leña o agua, cuando lo necesitaba.
A los cinco años de vivir así tuvo lugar al suceso que pronto llegó a conocimiento de todo el mundo: la visita nocturna de Makovkina y el cambio radical que inmediatamente después sufrió la mujer y su ingreso en el convento. Desde entonces la fama del padre Sergio fue en aumento. Cada día era mayor el número de personas que lo visitaban. Pronto se instalaron junto a su celda otros monjes, construyeron una iglesia y una hostería. La fama del padre Sergio, agrandando como siempre en estos casos la importancia de los actos realizados, se fue extendiendo hasta lugares cada vez más lejanos. Empezaron a acudir a su retiro gentes de remotas comarcas, comenzaron a llevarle enfermos pidiéndole que los curara.
La primera curación se produjo en el octavo año de su vida retirada. Se trataba de un muchacho de catorce años. Su madre lo llevó ante el padre Sergio, a quien rogó pusiera sus manos sobre el niño. Al padre Sergio ni en sueños se le había ocurrido pensar que podía curar a los enfermos. Habría considerado semejante idea gran pecado de orgullo. Pero la madre de aquel niño le rogaba insistentemente, se arrastraba a sus pies preguntándole por qué no querían ayudar a su hijo habiendo curado a otros, le suplicaba fervorosamente por amor de Nuestro Señor Jesucristo. Cuando el padre Sergio decía que sólo Dios puede curar, la madre le replicaba que únicamente le pedía una cosa: que pusiera la mano sobre su hijo y rezara. El padre Sergio se negó y se retiró a su celda. Pero a la mañana siguiente (estaban en otoño y las noches eran ya frías), al ir a buscar agua, vio otra vez a aquella madre y a su hijo, el muchacho de catorce años, pálido, desmedrado, y oyó la misma súplica. El padre Sergio recordó la parábola del juez mentiroso, y aunque hasta entonces había estado plenamente convencido de que no debía acceder a lo que le rogaban, comenzó a tener sus dudas, por lo cual se puso a orar y rezó hasta que en su alma hubo nacido una resolución. Y fue ésta que él debía dar cumplimiento al deseo de la madre, pues era posible que la fe que tenía salvara a su hijo. En cuanto a sí mismo, se dijo que en este caso él no sería más que un mero e insignificante instrumento elegido por Dios.
Se acercó entonces a la madre, puso la mano sobre la cabeza del muchacho y empezó a rezar.
Madre e hijo se fueron; un mes más tarde éste se había curado. La fama de la santa fuerza curativa del venerable Sergio, como entonces empezaron a llamarle, corrió como reguero de pólvora por aquellos contornos, y no hubo semana, a partir de este acontecimiento, que no acudiesen enfermos a visitarle, a pie o a caballo. Como había accedido al ruego de unos, no podía negarse a satisfacer a los otros. Ponía la mano y oraba. Muchos se curaban y con ello la fama del padre Sergio no hizo más que acrecentarse.
Así transcurrieron nueve años de vida monacal y trece de vida en soledad. El aspecto del padre Sergio no podía ser más venerable: tenía la barba luenga y blanca, pero los cabellos, aunque ralos, se le conservaban negros y rizados.
VII
Desde hacía varias semanas una cuestión preocupaba seriamente al padre Sergio. ¿Obraba bien al aceptar la vida que llevaba, a la que había llegado no tanto por sí mismo como por los requerimientos del archimandrita y del abad? Comenzó después de la curación del niño de catorce años. Desde entonces, de mes en mes, de semana en semana, de día en día, notó el padre Sergio que se destruía su vida interior y que el lugar de ésta lo iba ocupando la vida exterior. Era como si le hubieran dado la vuelta sacando afuera lo de adentro.
El padre Sergio vio que se había transformado en un medio para atraer visitantes y personas que hacían donativos al monasterio. Por ello, las autoridades monacales lo rodeaban de las condiciones adecuadas a fin de que pudiera ser lo más útil posible. No lo dejaban hacer ningún trabajo físico. Lo surtían de cuanto pudiera necesitar y únicamente le exigían que no negara la bendición a quienes acudían a solicitársela. Para que ello le resultara más cómodo, fijaron días de visita. Dispusieron convenientemente un lugar de recepción para los hombres y otro aislado por una barandilla a fin de que no lo derribaran las entusiastas peregrinas que se le acercaban en alud. Desde allí podía bendecir a los reunidos. Le decían que la gente lo necesitaba, que no podía negarse a que lo vieran quienes deseaban verlo si quería ser fiel a la ley del amor divino, y que apartarse de esas gentes sería una crueldad. Cuando oía tales razones las aprobaba, pero a medida que se rendía a esa vida se daba cuenta de que los valores externos iban desplazando a los internos, que se secaba en él el hontanar del agua viva y que sus obras se dirigían cada día más hacia los hombres y cada día menos hacia Dios.
Cuando pronunciaba un sermón ante la gente e incluso cuando se limitaba a bendecirla, cuando rezaba impetrando la curación de los enfermos, cuando daba un consejo o alumbraba el camino de una vida, cuando escuchaba las palabras de gratitud de las personas a quienes había curado, según decían, o había ayudado con sus palabras, no podía evitar el sentirse contento. Tampoco podía despreocuparse de las consecuencias de sus actos ni de la influencia que sobre la gente tenían. Pensaba que era una llama ardiente, y cuanto más lo creía tanto más débil y apagada sentía la divina luz de la verdad que en él brillaba. «¿Qué parte va a Dios de lo que yo hago y cuál a los hombres?» Esta cuestión lo atormentaba constantemente, y nunca pudo darle una respuesta, o, mejor dicho, nunca se atrevió a dársela. En lo más recóndito de su alma se decía que el diablo había trocado su actividad para con Dios en actividad para los hombres. Lo sentía de este modo, porque así como antes le resultaba muy doloroso que lo arrancaran de su soledad, ahora ésta le resultaba penosa. Se sentía atraído por los visitantes, que lo fatigaban; pero en el fondo del alma su presencia lo alegraba, lo satisfacían las alabanzas de que era objeto.
Hubo un tiempo en que incluso decidió huir, esconderse. Llegó a pensar en todos los detalles del plan. Se hizo con una camisa y unos pantalones de mujik, un caftán y un gorro, diciendo que necesitaba éstas para dárselas a los mendigos. Pero se las guardaba y veía en su pensamiento de qué modo iba a vestirse; se cortaría el pelo y marcharía. Primero tomaría el tren, y cuando hubiese recorrido unas trescientas verstas bajaría y pediría limosna por las aldeas. Preguntó a un viejo soldado qué hacía, si le daban limosna y albergue. El soldado se lo explicó todo y el padre Sergio pensó que podría hacer lo mismo. Una noche llegó a vestirse, dispuesto a huir, pero no sabía qué era lo justo: quedarse o abandonar la ermita. Al principio vacilaba, luego la indecisión fue desapareciendo, se habituó a su nuevo estado y se sometió al diablo. Únicamente las ropas de mujik le recordaban sus ideas y sentimientos.
Cada día acudía más gente y cada vez era menor el tiempo de que disponía para su confortamiento espiritual y para los rezos. A veces, en momentos luminosos, pensaba que se había convertido en una especie de paraje en el que antes hubiera habido una fuente. «Había una fuentecita de agua viva que manaba de mí, a través de mí. Entonces vivía la verdadera vida. Pero cuando “ella” (recordaba siempre con entusiasmo aquella noche y a ella, a la que llamaban ahora madre Agna) quiso seducirlo, ella sorbió un poco de aquella agua pura. Desde entonces, empero, el agua no tiene tiempo de acumularse. Antes llegan los sedimentos, apretujándose. Lo han pisoteado todo. No queda más que barro.» Así razonaba en algunos raros momentos de clarividencia; pero su estado habitual era de cansancio y enternecimiento ante sí mismo por dicho cansancio.
* * *
Había llegado la primavera. En la víspera de Pentecostés el padre Sergio celebraba el oficio divino en su cueva, llena de gente. Cabrían unas veinte personas. Todas eran gente rica, señores y comerciantes. El padre Sergio abría las puertas a todo el mundo, pero el monje que velaba por él y otro de turno que diariamente enviaban a su retiro desde el monasterio, hacían la selección. La muchedumbre, unos ochenta peregrinos, entre los que predominaban las mujeres, se agolpaban en el exterior esperando la salida del ermitaño y su bendición. El padre Sergio decía la misa, y cuando iba a bendecir… la tumba de su antecesor se tambaleó, y habría caído de no haberlo sostenido un mercader que estaba a su espalda y el monje que hacía las veces de diácono.
-¿Qué le pasa? ¡Padrecito, padre Sergio! ¡Pobrecito! ¡Señor Todopoderoso! -prorrumpieron las mujeres-. Ha quedado pálido como la pared.
Pero el padre Sergio se recobró en seguida, y aunque se sentía muy débil, se desprendió de los brazos del mercader y del diácono y siguió cantando la misa. El padre Serapión, el diácono, los acólitos y la señora Sofía Ivánovna, que vivía siempre junto a la ermita y cuidaba del padre Sergio, empezaron a suplicarle que interrumpiera la ceremonia.
-No es nada, no es nada -musitó el padre Sergio, sonriendo casi imperceptiblemente por debajo de sus poblados bigotes-, no interrumpan el oficio.
«Así obran los santos», pensó.
-¡Es un santo! ¡Un ángel de Dios! -oyó que exclamaba a su espalda Sofía Ivánovna y también el mercader, que lo había sostenido.
No hizo caso de los ruegos que le dirigían y prosiguió celebrando el oficio divino. Apretujándose una vez más, se dirigieron a la pequeña iglesia inmediata y allí el padre Sergio acabó de celebrar las vísperas, si bien abreviándolas algo.
Inmediatamente después del oficio bendijo a los presentes y salió para sentarse en un banco que había bajo un olmo, a la entrada de la cueva. Quería descansar, respirar el aire fresco, pues lo necesitaba; pero tan pronto hubo salido, la gente se le echó encima pidiendo la bendición, consejo y ayuda. Había en aquella muchedumbre peregrinos que se pasan la vida recorriendo los lugares santos, yendo de un padre a otro padre y conmoviéndose ante cualquier objeto sagrado y ante todo padre venerable. Sergio conocía bien a este tipo tan corriente de peregrinos, el menos religioso, el más frío y el más convencional. Había asimismo peregrinos, ancianos misérrimos, muchos de ellos borrachines, que vagabundeaban de un monasterio a otro sin más objetivo que el de subsistir. No faltaban tampoco campesinos, hombres y mujeres, que acudían movidos por pretensiones egoístas de curación o en busca de consejo para resolver sus dudas acerca de cuestiones eminentemente prácticas, como el casamiento de una hija, el alquiler de una tienda, la compra de unas tierras; o que solicitaban la absolución de graves pecados, como el haber aplastado a un pequeñuelo mientras dormían o por haber tenido un hijo fuera del matrimonio. Todo esto le era conocido desde hacía mucho tiempo y no encerraba para él ningún interés. Le constaba que estas personas nada nuevo le dirían y esos rostros no despertarían en él ningún sentimiento religioso; pero no dejaba de satisfacerle ver a esa muchedumbre que tenía necesidad de él, de su bendición y de su palabra, tan estimada. Por todas estas razones aquella gente lo abrumaba y, al mismo tiempo, le resultaba agradable. El padre Serapión los quiso arrojar de allí diciendo que el padre Sergio estaba cansado, pero éste recordó las palabras del Evangelio: «Dejen que (los niños) vengan a mí», y conmovido consigo mismo por dicho recuerdo, dijo que no hicieran marchar a nadie.
Se levantó, se acercó a la barandilla junto a la cual se agrupaba el tropel de gente y comenzó a bendecirla y a responder a las preguntas que le hacían. El sonido de su voz era tan débil que él mismo se sorprendió. Sin embargo, pese a su buena voluntad, no pudo atender a todo el mundo. De nuevo se le enturbió la vista, vaciló y se agarró a la barandilla. Otra vez notó que le afluía la sangre a la cabeza. Primero se quedó pálido y luego, de pronto, se puso rojo.
-Realmente habrá que esperar hasta mañana, hoy no puedo -dijo, y después de bendecirlos a todos a la vez dirigió sus pasos hacia el banco.
El mercader volvió a agarrarlo por el brazo y lo ayudó a caminar y a sentarse.
-¡Padre! -clamaba la muchedumbre-. ¡Padre! ¡Padrecito! ¡No nos abandones! ¡Estamos perdidos sin ti!
Una vez hubo ayudado al padre Sergio a sentarse en el banco bajo el olmo, el mercader se arrogó funciones de policía y se puso a dispersar enérgicamente a la muchedumbre. Verdad es que hablaba en voz baja, de manera que el padre Sergio no pudiera oírlo, pero lo hacía en tono que no admitía réplica:
-Fuera, fuera. Los ha bendecido, ¿qué más quieren? ¡Hala, hala! Si no, les doy un trastazo. ¡Venga! ¡Eh, tú, vieja andrajosa! ¡Venga, en marcha! ¿Adónde te metes? Lo dicho: se acabó. Mañana Dios dirá, hoy no puede más, está desfallecido.
-¡Padrecito, déjeme que le vea la carita, sólo un instante! -decía la anciana.
-Te voy a dar yo buena carita, ¿dónde te metes?
El padre Sergio notó que el mercader obraba con mucho rigor y dijo con un hilito de voz al hermano lego que no echaran a nadie. Sabía que de todos modos no le harían caso y tenía enormes deseos de permanecer solo, y de descansar, pero envió al hermano lego a transmitir sus palabras a fin de impresionar más a la gente.
-Está muy bien, está bien. No los echo, procuro convencerlos -respondió el mercader-; serían capaces de acabar con él. No tienen compasión, sólo piensan en sí mismos. Lo dicho: no es posible. Vete. Mañana.
Y el mercader los arrojó a todos.
Aquel hombre puso tanto celo en su obra porque era amigo del orden y también de meterse con la gente y de imponerse a los demás, pero ante todo porque necesitaba al padre Sergio. Era viudo, y tenía una hija única, enferma, soltera, y acudió con ella a impetrar su curación al padre Sergio salvando una distancia de mil cuatrocientas verstas. Hacía dos años que su hija estaba enferma, y él había hecho cuanto había podido para curarla. Primero la tuvo en una clínica en la ciudad universitaria de la provincia, sin resultado alguno. La llevó luego a un mujik de Samara, que la alivió algo. Después hizo que la visitase un famoso doctor de Moscú, que le cobró mucho dinero. Pero todo fue inútil. Le dijeron que el padre Sergio curaba y a él acudía ahora. Cuando hubo echado a la gente, el mercader se le acercó e hincándose de rodillas le dijo en alta voz sin preámbulo alguno:
-Padre santo, bendice a mi hija enferma, cúrala de su doloroso mal. Me atrevo a humillarme a tus santos pies.
Juntó las manos suplicantes; hablaba y obraba como si verificara un acto neta y firmemente determinado por unas normas y por la costumbre, como si la curación de la hija tuviera que pedirse de aquella manera concreta y no de cualquier otro modo. Obró con tal seguridad en sí mismo, que incluso al padre Sergio le pareció que era precisamente así como debían hacerse y pedirse aquellas cosas. Sin embargo, lo mandó levantarse y explicar de qué se trataba. El mercader le contó que su hija, una doncella de veintidós años, hacía dos que estaba enferma, desde la repentina muerte de su madre. Entonces se asustó y se puso mala. Añadió que la había traído desde mil cuatrocientas verstas de distancia y que ahora esperaba en la hostería hasta que el padre Sergio le permitiera presentarse. «Durante el día está en su cuarto, tiene miedo a la luz, y únicamente puede salir cuando el sol se ha puesto.»
-¿Y qué, está muy débil? -inquirió el padre Sergio.
-No, débil no está, y es robusta, pero neurasténica , según dijo el doctor. Si el padre Sergio me permite que la traiga, lo haré volando. ¡Padre santo, devuelva la vida a mi corazón, devuélvame mi hija, salve con sus preces a mi hija enferma!
El mercader volvió a hincarse de rodillas con aparatoso movimiento y permaneció inmóvil, inclinando la cabeza sobre sus brazos cruzados. El padre Sergio lo mandó levantarse por segunda vez y, después de reflexionar en lo penosa que era su labor y en la conformidad de ánimo con que a pesar de todo la realizaba, suspiró profundamente, guardó unos instantes de silencio y dijo:
-Está bien, tráigala por la noche. Rezaré por ella; pero ahora me siento cansado. -Y cerró los ojos-. Mandaré recado.
El mercader se retiró, andando de puntillas sobre la arena, con lo cual sólo logró que las botas rechinaran con más fuerza. El padre Sergio se quedó solo.
Su vida estaba consagrada a los oficios divinos y a los visitantes, pero aquel día había sido particularmente fatigoso. Por la mañana sostuvo una larga conversación con un alto dignatario que había acudido a verlo. Luego recibió a una señora acompañada de su hijo, un joven profesor ateo, al que su madre trajo porque ella era muy creyente y gran admiradora del padre Sergio, al que rogó hablara con su hijo. La conversación fue muy pesada. Por lo visto el joven profesor no quería entrar en discusión con el monje y le daba la razón en todo, como si estuviera hablando con una persona débil. El padre Sergio, empero, vio que aquel joven no creía y que, a pesar de ello, se sentía bien, estaba tranquilo y no tenía complicaciones de conciencia. Ahora recordaba con disgusto todo aquello.
-Ha de comer algo, padrecito -le dijo el hermano lego.
El hermano entró en la choza, construida a unos diez pasos de la cueva, y el padre Sergio se quedó solo.
Estaba muy lejano el tiempo en que nadie le hacía compañía y él mismo cuidaba de la limpieza de su celda y se alimentaba exclusivamente de raíces y pan. Hacía ya mucho que, según le habían explicado, no tenía derecho alguno a olvidarse de su salud y le preparaban comidas nutritivas, aunque de ayuno. Se servía poco, pero mucho más que antes. A menudo comía con particular deleite y no como en otro tiempo, con repugnancia y conciencia del pecado. Así lo hizo ese día. Tomó papilla, bebió una taza de té y comió medio trozo de pan blanco.
El hermano lego se retiró y el padre Sergio se quedó completamente solo bajo el olmo.
Era una maravillosa noche de mayo. Los abedules, los álamos blancos, los olmos, los cerezos silvestres y las encinas acaban de revestirse de verdor. Los cerezos silvestres que crecían detrás del olmo estaban floridos, aún no había comenzado a caerles la flor. Los ruiseñores lanzaban al aire sus trinos, uno muy cerquita y otros dos o tres abajo, en los arbustos de las orillas del río. Más allá, a lo lejos, subían al cielo los cánticos de la gente que regresaba del trabajo al término de la jornada. El sol se había escondido detrás del bosque y esparcía sus rayos a través del follaje. Toda esa parte se hallaba envuelta en una luz verdosa. La otra, vista desde el olmo, era oscura. Los escarabajos volaban, chocaban entre sí y caían al suelo.
Terminada la cena, el padre Sergio se puso a rezar mentalmente: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten compasión de nosotros». Luego leyó un salmo, y de improviso, cuando había llegado a la mitad, un gorrión batió alas desde un arbusto y se posó en el suelo, donde, piando y a saltitos, se le fue acercando, hasta que al fin se asustó y emprendió el vuelo. Rezó una oración en la que se hablaba de la renuncia del mundo y se apresuró a terminarla pronto, a fin de enviar a buscar al mercader y a su hija enferma, que había despertado su interés. Para él sería una distracción, una cara nueva. Además, tanto ella como su padre lo tenían por santo, por un religioso suyas preces podían curar. Él lo negaba, pero en el fondo de su alma creía que era verdad.
A veces se preguntaba sorprendido cómo había podido ocurrir que él, Stepán Kasatski, hubiera llegado a ser un intercesor tan extraordinario entre los hombres y Dios, capaz de hacer verdaderos milagros. Pero no había duda de que era así. No podía cerrar los ojos a los milagros de que él mismo había sido testigo, desde que curó a aquel muchacho enfermo hasta que, gracias a sus oraciones, había devuelto la vista a una viejecita hacía poco tiempo. Por extraño que resultara, era así. La hija del mercader le interesaba, pues, por tratarse de una nueva criatura, porque en ello podía reafirmar su poder curativo y su gloria. «Vienen a verme desde mil verstas de distancia, escriben en los periódicos, se entera el emperador, llega a oídos de Europa, de la descreída Europa», pensaba. De repente sintió vergüenza de su vanidad y se puso a orar mentalmente. «Señor, Rey de los cielos, consuelo de los hombres, alma de la verdad, pon tus ojos en nosotros, límpianos de todo pecado y salva nuestras almas. Líbrame de la funesta gloria de este mundo, que me consume», repitió, aunque pensando también que muchas veces había elevado ese ruego al Señor y que hasta entonces sus preces habían resultado, en este sentido, totalmente vanas. Sus oraciones hacían milagros para los demás, pero Dios no lo escuchaba cuando le pedía que lo librara de esta mezquina pasión.
Recordó sus oraciones de los primeros tiempos de ermitaño, cuando suplicaba que se le concediera la gracia de la pureza, de la humildad y del amor, y recordó asimismo que entonces tenía la impresión de que Dios escuchaba sus ruegos; entonces estaba limpio de pecado y se cercenó el dedo. Levantó el muñón del dedo, cubierto en su punta por las arrugas de la piel fruncida, y lo besó. Le pareció que en aquel entonces también era humilde, pues se sentía siempre repulsivo a la naturaleza pecadora. Creyó que entonces poseía también amor, pues recordaba la ternura con que trató a un anciano, a un antiguo soldado borracho que había ido a pedirle dinero, y como la había recibido a ella. ¿Y ahora? Se preguntó si quería a alguien, a Sofía Ivánovna o al padre Serapión, si experimentaba algún sentimiento de amor hacia todas esas personas que acudían a verlo, hacia aquel joven ilustrado con quien estuvo conversando, pedante, atento sólo a poner de manifiesto su inteligencia y a demostrar que, por sus conocimientos, estaba al día. El amor de todos ellos le era agradable y necesario, pero él no correspondía con amor. No sentía amor, no era humilde, ni puro.
Le agradaba saber que la hija del mercader tenía veintidós años. Deseaba ver si era o no hermosa. Y al preguntar si era débil quería enterarse precisamente de si tenía o no encanto femenino.
«¿Es posible que haya caído tan bajo? -Pensó-. Señor, no me abandones, reconfórtame, Señor y Dios mío.» Juntó las manos y se puso a orar. Cantaron los ruiseñores. Un escarabajo se posó en su cabeza y se le deslizó por el pescuezo. Se lo quitó de encima. «¿Existirá realmente? ¿Y si estoy llamando a una casa cerrada por afuera…? El candado está en la puerta y yo podría verlo. Los ruiseñores, los escarabajos, la naturaleza, son este candado. Quizá tenga razón el joven.» Y se puso a rezar en voz alta y estuvo rezando largo rato hasta que le desaparecieron estos pensamientos y volvió a sentirse tranquilo y seguro. Tocó una campanilla y dijo al hermano lego, que se le acercó, que podía recibir a aquel mercader y a su hija.
El mercader acudió llevando del brazo a la hija, la acompañó hasta la celda y se retiró en seguida.
Era una muchacha muy blanca, pálida, rellenita, sumamente tímida, de rostro infantil con expresión amedrentada y de formas muy desarrolladas. El padre Sergio permaneció en el banco junto a la entrada de la cueva. Cuando bendijo a la muchacha, que se detuvo ante él al entrar en la celda, se horrorizó de sí mismo por el modo como le había mirado el cuerpo. La joven pasó y él sintió la mordedura de la carne. Al verle la cara comprendió que la muchacha era sensual y boba. Se levantó y entró en la celda. Ella se había sentado en un taburete, esperándolo.
Se levantó al verlo entrar.
-Quiero ir con papá -dijo.
-No temas -le respondió-. ¿Qué te duele?
-Me duele todo -añadió ella, y de pronto una sonrisa le iluminó el rostro.
-Te curarás -dijo él-. Reza.
-He rezado mucho y no me ha servido de nada -continuaba sonriendo-. Rece usted y ponga en mí su mano. Lo he visto en sueños.
-¿Cómo me ha visto?
-He visto que usted me ponía la mano sobre el pecho, así -le tomó una mano y se la apretó contra el seno-. Aquí.
Él le cedió la mano derecha.
-¿Cómo te llamas? -le preguntó, temblando de los pies a la cabeza, sintiendo que estaba vencido y que el deseo lúbrico se había escapado de su dominio.
-María. ¿Por qué?
Ella le tomó la mano y se la besó repetidamente. Luego le pasó un brazo por la cintura y lo apretó contra sí.
-¿Qué haces? -dijo él-. María, eres Satanás.
-Bueno, supongo que no importa.
Lo abrazó y se sentó con él en la cama.
* * *
Al amanecer él salió.
«¿Es posible que esto haya ocurrido en realidad? Vendrá el padre. Ella se lo contará. Es el diablo. ¿Qué voy a hacer? Aquí está el hacha con que me corté el dedo.» Agarró el hacha y se dirigió a la cueva.
Se encontró con el hermano lego.
-¿Quiere usted que corte leña? Déme el hacha, haga el favor.
Se la dio. Entró en la celda. Ella estaba acostada, durmiendo. La miró horrorizado. Pasó al cuartucho del fondo, se puso la ropa de mujik, tomó unas tijeras, se cortó el cabello, y por el sendero bajó hacia el río, donde no había estado ni una vez durante los últimos cuatro años.
El camino seguía a lo largo del río. Anduvo hasta el mediodía. Entonces se metió en un campo de centeno y se echó a descansar. Al anochecer llegó a una aldea, pero no entró en ella, sino que se dirigió a un lugar escarpado de la orilla del río. Era de madrugada, una media hora antes de la salida del sol. Todo se veía gris y tenebroso. Soplaba del oeste el frío viento del amanecer. «Sí, hay que terminar. Dios no existe. ¿Cómo acabar? ¿Arrojándome al río? Sé nadar, no me ahogaré. ¿Ahorcándome? Sí, con el cinturón, de una rama.» Esto le pareció tan posible e inmediato, que se horrorizó. Quiso rezar, como solía hacerlo en los momentos de desesperación. Pero no tenía a quién dirigirse. Dios no existía. Se recostó apoyando la cabeza sobre la mano. De pronto sintió tal necesidad de dormir, que no pudo sostener por más tiempo la cabeza en esta posición. Dobló los brazos, se acostó y en seguida se quedó dormido. Pero fue sólo por unos instantes. Se despertó al momento y empezó a ver o a recordar como entre sueños.
Se ve en la aldea siendo un niño muy pequeño, en la casa de su madre. Llega un coche y de él bajan su tío Nikolái Serguéievich con su enorme barba negra en forma de pala, y Páshenka, una niña delgaducha de grandes ojos dulces y tímido rostro. Dejan a Páshenka con él y con otros niños, amigos suyos. Hay que jugar con la niña, pero resulta aburrida, es boba. Al fin, para burlarse de ella le piden que demuestre que sabe nadar. La niña se echa al suelo y allí bracea como si estuviera en el agua. Todos se ríen, se burlan. Ella se da cuenta, se pone roja como la grana. Da tanta lástima, que remuerde la conciencia. Nunca podrá olvidar su sonrisa torcida, bondadosa y resignada. Sergio recuerda cuando volvió a verla después de aquel día. Había transcurrido mucho tiempo. Era poco antes de hacerse monje. Se había casado con un propietario que había dilapidado los bienes que ella aportó al matrimonio, y le pegaba. Tenía entonces dos hijos, un niño y una niña. El primero murió pronto.
Sergio recordaba cuán desgraciada la había encontrado. Volvió a verla, ya viuda, estando él en el monasterio. Seguía siendo la misma. No podía decirse que fuera tonta, pero sí insulsa, insignificante e infeliz. Había acudido con su hija y el novio de ésta. Entonces ya eran pobres. Más tarde, oyó decir que vivía en cierta capital de distrito y que había quedado muy pobre. «¿A santo de qué pienso en ella? -se preguntaba Sergio, pero no podía dejar de pensar en Páshenka-. ¿Dónde estará? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Seguirá siendo tan infeliz como era entonces, cuando mostraba sobre el santo suelo que sabía nadar? Pero ¿por qué he de pensar en ella? ¿Qué tontería es ésta? Hay que acabar de una vez.»
De nuevo tuvo miedo y volvió a pensar en Páshenka para salvarse de aquella espantosa idea.
Echado de este modo, permaneció largo rato pensando ya en su necesario fin, ya en Páshenka. Le parecía que ella sería su salvación. Finalmente se durmió. Vio en sueños a un ángel que se le acercó y le dijo: «Vete a ver a Páshenka y por ella sabrás qué has de hacer, dónde está tu pecado y dónde tu salvación.»
Se despertó y se dijo que Dios le había enviado aquella visión. Se alegró y decidió hacer lo que el ángel le había dicho. Sabía cuál era la ciudad en que vivía Páshenka. Distaba unas trescientas verstas. Y hacia allí encaminó sus pasos.
VIII
Hacía ya mucho tiempo que Páshenka era una mujer llamada Praskovia3 Mijáilovna, vieja, seca, arrugada, suegra de un funcionario llamado Mavrikiev, hombre fracasado y borracho. Vivían en la capital de distrito, donde su yerno había tenido el último empleo. Allí ella sostenía a toda su familia, a su hija, al propio yerno, enfermo y neurasténico, y a cinco nietos. Y los mantenía dando lecciones de música, a cincuenta kopeks la hora, a las hijas de los mercaderes. Algunos días tenía cuatro horas, a veces cinco, de suerte que ganaba aproximadamente unos sesenta rublos al mes. Gracias a esto vivían, mientras esperaban una colocación. Praskovia Mijáilovna escribió a todos sus parientes y conocidos pidiendo recomendaciones para obtenerla. También escribió en este sentido a Sergio, pero cuando llegó la carta él ya no estaba.
Era sábado, y Praskovia amasaba con sus propias manos la pasta para hacer ensaimadas con papas, que tan buenas salían al cocinero siervo de su papaíto. Quería agasajar a sus nietos al día siguiente, domingo.
Su hija Masha estaba atendiendo al pequeñuelo. Los mayores, un niño y una niña, estaban en la escuela. El yerno no había pegado ojo por la noche y acababa de dormirse. Praskovia Mijáilovna también había pasado gran parte de la noche sin dormir, procurando suavizar la cólera de su hija contra su marido.
Comprendía que el yerno era una criatura débil, que no podía hablar ni vivir de otro modo, y como veía que los reproches de su hija no servían de nada, procuraba atenuarlos y evitarlos para que su casa no se convirtiera en un infierno. Era una mujer que casi no podía soportar físicamente las malas relaciones entre las personas. Para ella estaba claro que así nada podía arreglarse y que la situación no hacía más que empeorar. Ni siquiera lo pensaba. Sencillamente, al ver a una persona airada sufría como la hacían sufrir un mal olor, un ruido molesto o como si le dieran golpes.
Estaba muy satisfecha por haber enseñado a Lukeria de qué modo se amasaba la pasta, cuando Misha, su nietecito de seis años, con su delantalito, sus piernas torcidas y sus zurcidas medias, entró corriendo en la cocina, asustado.
-Abuela, un viejo muy feo te llama.
Lukeria miró y dijo:
-Sí, debe ser un mendigo.
Praskovia Mijáilovna se sacudió los brazos, se secó las manos con el delantal y se disponía a entrar en una habitación para tomar el bolso y dar una limosna de cinco kopeks al desconocido, cuando recordó que no tenía piezas menores de diez y pensó que lo mejor sería darle un trozo de pan. Se acercó al armario, pero se avergonzó de su mezquindad y ordenó a Lukeria cortar un trozo de pan mientras ella misma iba a buscar la moneda de diez kopeks. «Este es tu castigo -se dijo-. Darás dos veces.»
Dio ambas cosas al caminante y, cuando lo hubo hecho, no se sintió orgullosa de su largueza, antes al contrario, se avergonzó y le pareció poco lo que había dado. Tan importante era el aspecto del mendigo.
A pesar de haber recorrido trescientas verstas pidiendo limosna en nombre de Jesucristo, a pesar de ir roto, de haber enflaquecido y de haber quedado muy curtido; a pesar de que llevaba al cabello cortado y su gorro era de mujik, lo mismo que las botas, a pesar de que se inclinó humilladamente, Sergio conservaba el aspecto majestuoso que tanto atraía a todo el mundo. Pero Praskovia Mijáilovna no lo reconoció. Ni podía reconocerlo, pues hacía ya casi treinta años que no lo veía.
-No se ofenda, padrecito, por mi pequeña limosna. ¿Desea usted comer algo, quizá?
Sergio tomó el pan y la moneda. Praskovia Mijáilovna se sorprendió de que aquel hombre se la quedara mirando en vez de irse.
-Páshenka, he venido a verte. Atiéndeme.
La miro con sus hermosos ojos negros, insistentes y suplicantes, a los que el aflorar de unas lágrimas puso singulares reflejos. Bajo el canoso pelo de los bigotes le temblaron lastimeramente los labios.
Praskovia Mijáilovna cruzó los brazos sobre su seco pecho, abrió la boca y clavó los ojos en el rostro del peregrino.
-¡No puede ser! ¡Stiopa! ¡Sergio! ¡Padre Sergio!
-Sí, el mismo -musitó Sergio quedamente-. Pero no soy Sergio, el padre Sergio, sino el gran pecador Stepán Kasatski, perdido sin remisión… Acógeme, ayúdeme.
-¡No es posible! ¿Cómo ha llegado usted a tanta renunciación? Entre.
Ella le tendió la mano, pero él la siguió sin tomársela.
¿Adónde lo haría pasar? El piso era pequeño. Al principio ocupaba una habitación diminuta, un cuartucho oscuro, pero luego incluso este cuarto lo cedió a la hija, a Masha, que en aquel momento estaba allí acunando al pequeñuelo.
-Siéntese aquí un momento -dijo a Sergio, señalándole el banco de la cocina.
Sergio se sentó y, con gesto que por lo visto ya le era habitual, se quitó la bolsa que llevaba a la espalda, sacándola primero por un hombro y luego por el otro.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánta renunciación, padrecito! ¡Tanta fama, y de pronto así…!
Sergio no respondió, se sonrió con mansedumbre mientras ponía la bolsa al suelo.
-Masha, ¿sabes quién es?
Praskovia Mijáilovna explicó en voz baja a su hija quién era Sergio y juntas sacaron del cuartucho la ropa blanca de la cama y la cunita, dejándolo libre para el recién llegado.
Praskovia Mijáilovna lo acompañó al cuartucho.
-Descanse aquí. No lo tome a mal, pero he de irme.
-¿Adónde?
-Doy lecciones. Casi me da vergüenza decírselo, enseño música.
-La música es buena cosa. Pero he venido para tratar de un asunto. Praskovia Mijáilovna, ¿cuándo podré hablar con usted?
-Para mí será una gran alegría. ¿Al atardecer?
-Está bien, pero he de rogarle otra cosa aún: no diga a nadie quién soy. Sólo me he descubierto a usted. Nadie sabe qué ha sido de mí. No ha de saberlo nadie.
-¡Ay, ya se lo he dicho a mi hija!
-Bueno, pídale que lo calle.
Sergio se quitó las botas, se acostó y quedó dormido en seguida, después de una noche de insomnio y de una caminata de cuarenta verstas.
* * *
Cuando Praskovia Mijáilovna regresó, Sergio estaba sentado en el cuartucho, esperándola. No salió a comer y tomó un plato de sopa y papilla que le llevó Lukeria.
-¿Cómo has venido antes de lo que me dijiste? -preguntó Sergio-. ¿Podemos hablar ahora?
-¿A qué debo yo la felicidad de tener una visita semejante? He dejado una lección para otro día… Yo soñaba con ir a visitarlo, le escribí, y de pronto, ¡usted aquí! ¡Qué alegría!
-¡Páshenka! Te ruego que tomes como en confesión las palabras que ahora te voy a decir; que sean como palabras dichas ante Dios a la hora de la muerte. ¡Páshenka! No soy ningún santo, no soy ni siquiera un hombre sencillo como todos. Soy un pecador, un pecador sucio, asqueroso, descarriado, orgulloso; no sé si soy el peor de todos, pero si soy peor que los hombres más ruines.
Al principio, Páshenka lo miraba abriendo desmesuradamente los ojos; le creía. Pero cuando llegó a creerle del todo, puso una mano sobre la de él y dijo sonriendo piadosamente:
-Stepán, ¿no exageras un poco?
-No, Páshenka. Soy un lujurioso, un asesino, un blasfemo y un farsante.
-¡Dios mío! ¿Cómo es eso? -exclamó ella.
-Pero es necesario vivir. Y yo que creía saberlo todo, que enseñaba a los demás cómo hay que vivir, veo que no sé nada y vengo a pedirte consejo.
-No digas eso, Stepán. Te burlas. ¿Por qué siempre te ríes de mí?
-Está bien, me río, me río; pero dime, ¿cómo vives tú y cómo has vivido?
-¿Yo? He llevado una vida desastrosa, ruin, y ahora Dios me castiga. Muy bien empleado. Vivo de una manera tan estúpida, tan estúpida…
-¿Cómo te casaste? ¿Cómo viviste con tu marido?
-Todo fue detestable. Me enamoré de la manera más tonta. Mi padre estaba en contra de que me casara con aquel hombre. No quise escuchar a nadie, me casé. Y una vez casada, en vez de ayudar al marido, lo atormenté porque tenía celos y no fui capaz de librarme de ellos.
-Creo que bebía.
-Sí, pero yo no sabía sosegarme. Le echaba en cara ese defecto, y no era un defecto, sino una enfermedad. No podía contenerse y yo no quería dejarlo beber. Teníamos unas riñas espantosas.
Miraba a Kasatski con ojos que el recuerdo hacía hermosos y doloridos.
Kasatski se acordó de que, según le habían contado, el marido de Páshenka le pegaba. Y al contemplar ahora su cuello desmedrado y seco, con venas prominentes por debajo de las orejas y un moño de escasos cabellos semicanos y semirrubios, tenía la impresión de que estaba viendo cómo había ocurrido todo aquello.
-Luego me quedé sola, con dos hijos y sin recursos.
-Pero tenías una finca.
-La vendimos ya en vida de mi marido… y lo gastamos todo. Había que vivir y yo no sabía hacer nada, como ocurre a todas las señoritas. Pero yo era de las más incapaces e inútiles. Así fuimos consumiendo las pocas cosas que nos quedaban. Yo enseñaba a los hijos y al mismo tiempo aprendía algo. Entonces, cuando Mitia iba a la cuarta clase, se puso enfermo y Dios se la llevó. Masha se enamoró de Vania, mi yerno. Es buena persona, pero un desgraciado. Está enfermo.
-Mamita -exclamó su hija, interrumpiéndola-. Tome a Misha. No puedo hacerme pedazos.
Praskovia Mijáilovna se levantó y, calzada con sus gastados zapatos, salió con paso ligero para volver en seguida llevando en brazos a un pequeñuelo de dos años que se echaba hacia atrás agarrándole la pañoleta con ambas manos.
-¿Qué enfermedad tiene?
-Neurastenia, una enfermedad terrible. Consultamos. Nos dijeron que debíamos ir a otro lugar, pero hacía falta dinero. No pierdo la esperanza de que le pase. No tiene nada que le moleste especialmente. Pero…
-¡Lukeria! -se oyó que gritaba Vania con voz enojada y débil-. Siempre la mandan a alguna parte cuando la necesito. ¡Abuela!…
-¡Ya voy! -respondió Praskovia Mijáilovna, interrumpiéndose otra vez-. Todavía no ha comido. No puede comer con nosotros.
Salió y estuvo preparando algo. Por fin entró de nuevo, secándose las curtidas y sarmentosas manos.
-Ya ves cómo vivo. Todos nos quejamos, todos estamos descontentos, pero gracias a Dios los nietos son buenos y fuertes. Todavía se puede vivir. Pero no vale la pena hablar de mí.
-¿De qué viven?
-Yo gano alguna cosa. ¡Cuando pienso lo que me aburría la música y lo útil que me es ahora!
Se había sentado frente a la cómoda y tamborileaba con los sarmentosos dedos de su pequeña mano a modo de ejercicio.
-¿Cuánto te pagan por cada lección?
-Los hay que me pagan un rublo, otros cincuenta kopeks, y algunos treinta. Son todos muy buenos conmigo.
-Y qué, ¿progresan? -preguntó Kasatski, sonriendo levísimamente con los ojos.
Praskovia Mijáilovna, de momento, no creyó que él le hiciera en serio esta pregunta y lo miró interrogadora.
-También progresan. Hay una niña muy bien dotada, hija de un carnicero. Es una niña muy buena. Si yo fuera una mujer capaz, podría hallar una colocación para mi yerno aprovechando las relaciones de los padres de mis alumnos. Pero no he sabido hacerlo y ya ve en qué situación están ahora los míos.
-Sí, sí -dijo Kasatski inclinando la cabeza-. ¿Vas mucho a la iglesia, Páshenka? -interrogó.
-¡Ay, no me lo pregunte! Es tan difícil, me he abandonado tanto… Con los niños, ayuno y suelo ir; pero a veces paso meses enteros sin acercarme. Mando a los pequeños.
-¿Por qué no vas tú misma?
-A decir verdad -se sonrojó-, me da vergüenza ir rota a la iglesia, por mi hija y por mis nietecitos. No tengo vestido nuevo que ponerme. Además soy perezosa.
-¿Y en casa, rezas?
-Sí, rezo maquinalmente, pero ¿qué valor tiene ese rezo? Sé que no está bien hacerlo así, pero me falta el verdadero sentimiento. Uno no piensa más que en las pequeñeces de cada día…
-Sí, es cierto -musitó Kasatski, como si aprobara aquellas palabras.
-Ya voy, ya voy -exclamó ella respondiendo a una llamada del yerno, y salió de la habitación después de haberse ajustado la trenza en la cabeza.
Esta vez tardó en volver. Cuando regresó, Kasatski continuaba sentado en la misma posición, apoyados los codos sobre las rodillas y baja la cabeza; pero se había puesto ya la bolsa a la espalda.
Ella entró con un candil de hojalata, sin pantalla. Kasatski la miró con sus ojos magníficos y cansados y suspiró profundamente.
-No les he explicado quién es usted -comenzó a decir tímidamente-. Sólo les he dicho que es un peregrino de familia noble y que yo lo conocía. Vamos al comedor a tomar el té.
-No…
-Bueno, lo traeré aquí.
-No, no necesito nada. Que Dios no te deje de la mano, Páshenka. Me voy. Si tienes compasión de mí, no digas a nadie que me has visto. Por Dios redivivo te lo pido. Perdóname, por amor de Dios.
-Bendígame.
-Te bendecirá Dios. Perdóname, por amor de Jesucristo.
Quería irse, pero ella no lo dejó salir sin darle antes pan, unas rosquillas y mantequilla. Kasatski lo tomó y se fue.
La calle estaba oscura, y aún no había andado más de dos casas, cuando Páshenka lo perdió de vista y sólo pudo comprobar que Kasatski proseguía su camino al oír que el perro del arcipreste lo saludaba con sus ladridos.
«Ahora veo claro el significado de mi sueño. Páshenka es precisamente lo que yo tenía que ser y no fui. Yo vivía para los hombres con el pretexto de vivir para Dios. Ella vive para Dios imaginándose que vive para los hombres. Una buena palabra, un vaso de agua dado sin pensar en la recompensa, tiene más valor que todo cuanto he hecho yo para favorecer a la gente. Sin embargo, ¿no había un deseo sincero de servir a Dios?», se preguntaba, y la respuesta fue la siguiente:
«Sí, pero todo eso era impuro, se hallaba invadido por la enmarañada maleza de la fama mundana. No, no existe Dios para quien vive como vivía yo, pensando en alcanzar la gloria entre los hombres. Ahora lo buscaré.»
Y siguió, como antes de venir a casa de Páshenka, pidiendo de pueblo en pueblo un pedazo de pan y un albergue en nombre de Jesucristo, cruzándose con otros peregrinos, hombres y mujeres. A veces la dueña de alguna casa lo trataba con malos modos, o lo injuriaba algún mujik borracho, pero casi siempre le daban de comer y de beber y aun añadían algo para el camino. Su aspecto señorial le granjeaba la simpatía de algunas personas. Otras, en cambio, parecía que se alegraban de que un señor como él hubiera caído en la miseria. Pero su mansedumbre los vencía a todos.
Con frecuencia hallaba en las casas los libros del Evangelio y los leía en voz alta y entonces la gente lo escuchaba conmovida y se sorprendía de oírle como si les leyera algo nuevo y a la vez muy conocido.
Cuando podía ayudar a alguien con un consejo o con un saber, o cuando convencía a los que reñían para que hicieran las paces, no encontraba agradecimiento alguno, pues se iba antes de que pudieran manifestárselo. Y poco a poco Dios comenzó a hacérsele presente.
Un día iba de camino con dos ancianas y un antiguo soldado. Se encontraron con dos señores, un hombre y una mujer, que viajaban en coche tirado por un brioso animal, acompañados de otro varón y otra dama que montaban a caballo. Los que montaban a caballo eran el marido de la señora y la hija, mientras que en el coche iban la primera y un viajero que debía ser francés.
Al cruzarse con el pequeño grupo que iba a pie, estos señores lo hicieron parar. Querían mostrar a aquel señor, probablemente francés, les pèlerins4, gente que en vez de trabajar se pasa la vida caminando de un lugar a otro, siguiendo una tradición propia del pueblo ruso. Hablaban en francés, creyendo que no los entendían.
Demandez-leur -dijo en francés –s´ils sont bien sûrs de ce que leur pèlerinage est agréable à Dieu.5
Se lo preguntaron. Las viejecitas respondieron:
-Dios dirá. A Él vamos. ¿Lo merecemos?
Preguntaron al viejo soldado. Respondió que era solo y que no tenía dónde meterse.
Preguntaron a Kasatski quién era.
-Un esclavo del Señor.
Qu´est-ce qu´il dit? Il ne répond pas.6
Il dit qu´il est un serviteur de Dieu.
Cela doit être un fils de prêtre. Il a de la race. Avez-vous de la petite monnaie?
El francés tenía monedas y dio veinte kopeks a cada uno de los caminantes.
Mais dites-leur que ce n´est pas pour des cierges que je leur donne, mais pour qu´ils se régalent de thé; té, té, -dijo sonriéndose-; pour vous, mon vieux7 -añadió dándole a Kasatski unas palmaditas en el hombro con su mano enguantada.
-Que Jesucristo nos salve -respondió este último sin ponerse el gorro e inclinando su cabeza calva.
A Kasatski este encuentro le dio particular alegría, porque despreció la opinión de la gente e hizo lo más sencillo e insignificante: tomó humildemente los veinte kopeks y los dio a un compañero suyo, a un mendigo ciego. Cuanta menos importancia tenía la opinión de los hombres, tanto más intensamente dejaba sentir su presencia Dios.
Así vivió Kasatski ocho meses. Al noveno, lo detuvieron en una ciudad de provincias, en un albergue donde pasaba la noche con otros peregrinos. Como no tenía documentos, lo llevaron a la comisaría. Cuando le preguntaron en el interrogatorio qué había hecho de los documentos y quién era, respondió que no tenía documentos y que él era un esclavo del Señor. Lo consideraron vagabundo, lo juzgaron y lo desterraron a Siberia.
En Siberia se estableció en los terrenos yermos de un rico propietario y ahora vive allí. Trabaja el huerto de un señor, enseña a sus hijos y visita a los enfermos.
FIN
1898

 

 

Dersu Uzala.El cazador de la taiga.

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La entrada de hoy se refiere a un personaje singular .Si en la anterior comentaba el caso del plantador de árboles del norte de Provenza.Hoy un personaje también fascinante: Dersu Uzala,el cazador de la taiga del extremo oriente ruso de principios del siglo XX.En este caso como en el anterior ,al protagonista lo conocemos por un escritor.Alguien que deja para la posteridad el relato del encuentro con ese personaje,así como la plasmación de la vida y obra del mismo.Si en el relato anterior era un escritor (Giono),en el caso que nos ocupa ahora se trata de un oficial ingeniero (topógrafo) que, enviado a levantar mapas de aquellas zonas poco exploradas de Rusia,se topa con el cazador.
Cuando en 1906, Vladimir Arseniev, oficial del ejército del zar y explorador, regresó a Moscú de su primera expedición con mapas de los desconocidos confines de Siberia y fue recibido como un héroe, su primera reacción fue protestar y pedir reconocimiento para el que consideraba artífice real de la proeza: Dersu Uzala, el cazador Dersu, un hombre sencillo capaz de descigrar con prodigiosa intuición los secretos de la taiga, un guía que salvó la vida de Arseniev y de sus hombres en varias ocasiones mientras les descubría los caminos que convertían el bosque profundo en un lugar accesible donde los Ussuri, su pueblo, vivían en armonía con la naturaleza. Como tributo a Dersu, Vladimir Arseniev escribió las memorias de sus viajes que, además de obras maestras sobre la exploración y la etnografía no científica, son, por encima de todo, un hermoso homenaje a la amistad entre dos espíritus puros y un canto a la naturaleza. Un clásico de la literatura de viajes, cuya adaptación al cine por el director Akira Kurosawa mereció el Oscar a la mejor película extranjera en 1975.

[uzala.JPG][dersu.jpg]В.К.Арсеньев и Дерсу УзалаArchivo:VK Arsenyev.jpgФайл:Marka Arsenev 40 kopeek.jpg
http://es.wikipedia.org/wiki/Vlad%C3%ADmir_Ars%C3%A9niev
http://es.wikipedia.org/wiki/Dersu_Uzala

El relato está aquí:

La película ,tal vez,aquí:
http://www.megaupload.com/?d=3U5KUR7G
Un artículo de Miguel Ángel Jiménez Guerra ,lo expresa de forma magnífica,comentando la cita del libro de Arseniev,comentando las palabras del cazador :

“Mira, tú eres un verdadero niño; te paseas con la cabeza colgando, sin ver nada, a pesar de tus ojos, y sin comprender las cosas. ¡Están bien los ciudadanos en su ciudad! Allí no tienen ninguna necesidad de cazar el ciervo; si quieren comerlo lo compran. Pero cuando viven solos en la montaña perecen”.Palabras muy lúcidas las del protagonista de la novela: los hombres civilizados están tan acostumbrados a gozar de todas las comodidades que raramente piensan en el trabajo que cuesta obtenerlas. Para él sus acompañantes son una especie de ingenuos menores de edad de los que tiene que cuidar para que el bosque no acabe con ellos. Ciertamente, las acciones de Dersu contribuyen decisivamente al buen fín de las expediciones.El libro de Arseniev trasciende la tradicional literatura de viajes, pues además de las descripciones precisas de la flora y fauna de los lugares explorados, un poco a la manera de Julio Verne, relata la historia de una profunda amistad entre dos seres humanos provenientes de mundos muy distintos, tal y como retrata magistralmente la película de Akira Kurosawa.Además, quizá sin saberlo, Arseniev realiza una reivindicación de la historia no escrita de tantos hombres solitarios que han vivido en comunión con la naturaleza, resguardados de los males de la sociedad humana y sin entender sus ventajas. Hombres que no han participado en los hechos que recogen los libros de historia, pero que le dan una dimensión especial a la palabra “humano”.La auténtica barbarie se encontraba instalada en la sociedad de la que Arseniev provenía. Si bien, como se ha indicado, su libro no contiene mención alguna a los excepcionales hechos históricos sucedidos en la Rusia de su tiempo, ello no fue obstáculo para que, al poco de su muerte, fuera acusado por el gobierno stalinista de dirigir una red de espías: su mujer fue ejecutada y su hija enviada al gulag.

http://www.suite101.net/content/dersu-uzala-de-vladimir-arseniev-a8415

Otro autor ,Esteban Ierardo, lo ha expresado también de forma magnífica:

Frente al mundo natural, la reacción del hombre es compleja, y puede expresarse mediante un movimiento triple: por un  lado, la cultura se proyecta sobre la presencia salvaje de la naturaleza para ordenarla e integrarla a la civilización. En segundo término el hombre puede idealizar la vida natural y entronizarla como esencia más auténtica y, paralelamente, de forma velada, humanizar la otredad de lo salvaje. Y también, la respuesta puede ser una intensa y asombrada observación de lo natural, que experimenta así la condición primaria y superior de la naturaleza. La primera y tercera posibilidad recién mencionadas, se reflejan en el vínculo del explorador ruso y Dersu Uzala. Arseniev explora la taiga salvaje para cartografiarla, para ubicar la tierra en los mapas. Es el movimiento de proyección ordenadora de la civilización sobre lo terrestre. Dersu encarna el movimiento contrario. Es la salida de la primacía de un orden humano sobre lo natural para compenetrarse con una realidad pre-cartográfica y originaria. Y es en el contexto de estas dos actitudes contrastadas donde se produce el encuentro entre dos culturas, entre lo moderno y lo arcaico. El encuentro entre dos culturas puede significar la trasformación de ambos términos de la relación, o de uno solo de ellos. Tal vez es más factible la alteración de la cultura que recibe o recupera algo ausente que es presencia en la otra. En la cultura moderna y racionalista que representa Arseniev y su formación científica, la apertura emocional y la mirada espiritual de la naturaleza de Dersu es ausencia. Estas cualidades del cazador invaden positivamente la sensibilidad del capitán científico ruso. La nobleza de Dersu, su carácter generoso y desinteresado, es también una riqueza ética que, gradualmente, infunde respeto y estima entre Arseniev y sus hombres. Ante los rusos, Dersu expone también su experiencia de la naturaleza animista y premoderna. El animismo percibe una fuerza viviente en cada presencia natural. Un rasgo perceptivo que se manifiesta, por ejemplo, cuando el cazador y la patrulla rusa se refugian de la lluvia. Las gotas del cielo parecen que caerán largamente. Pero Dersu escucha los pájaros, señal de que la cascada que se derrama desde lo alto pronto decrecerá. El sol está próximo a reaparecer. Y los rayos solares efectivamente penetran entre abiertos penachos de nubes. Dersu señala al sol. Pero: ¿qué puede saber el cazador sobre el sol?, sugieren los sarcásticos soldados. ¿Cómo puede saber algo sustantivo sobre el fuego solar un nómada primitivo de los bosques? Ese conocimiento sólo puede estar reservado al conocimiento científico, capaz de traducir su realidad en proposiciones de física, química, o matemáticas. Pero Dersu se sorprende: “¿Es que no han visto nunca el sol?”. El hombre moderno poco atiende a los fuegos celestes, o a las maravillas terrestres. Su relación con los elementos, con el conjunto de la naturaleza, suele estar mediada por sus conceptos, por sus representaciones intelectuales, por una cosmovisión racional. El sujeto así no percibe directamente el sol. La fuerza solar sólo le entrega una definición, una idea. Pero Dersu percibe la antorcha del cielo. Sabe que el sol está vivo, y que de él depende la vida terrestre. Percibe su energía vehemente y la venera. Su valoración de la naturaleza es efecto de un continuo ver, de una alerta percepción de las fuerzas naturales como entidades vivientes.Y, paralelamente, frente a la riqueza natural, la mirada del cazador cultiva un saber empírico, particular. Dersu ve y descifra huellas, señales. Recoge información sobre el deambular de animales o personas. Es rastreador. Dersu no se distancia de las coronas vegetales del bosque mediante cálculos matemáticos o teorizaciones filosóficas. El cazador convierte a la tierra y sus rastros en textos a descifrar, en tejidos sutiles de evidencias físicas a interpretar. La lectura empírica de señales que surge con las prácticas de caza deriva en las particulares habilidades de rastreadores y baquianos de diversas culturas donde el hombre no ha roto todavía la empatía con su entorno geográfico  El cazador sabe de forma inductiva. Va de lo particular a lo general. Observa las señales escritas en lo físico, en lo material. Dersu es heredero del ancestral saber de los cazadores paleolíticos.

http://www.temakel.com/cinedersuuzala.htm

Tres vídeos que reflejan al personaje, extraídos de la película de Akira Kurosawa:

http://www.youtube.com/watch?v=hnZlYyUhGXk&feature=player_embedded

http://www.youtube.com/watch?v=770T7UkqJl0&feature=player_embedded

http://www.youtube.com/watch?v=Y-XNoJ8Ub64&feature=player_embedded

El cine de Akira Kurosawa es el más conocido referente del cine japonés en Occidente.  Dentro de la vasta filmografía del artista de la pequeña y vigorosa isla del Lejano Oriente, Dersu Uzala es uno de sus films más entrañables. A comienzos del siglo pasado, Vladimir Arseniev, un explorador ruso, geógrafo y capitán del ejército, se encuentra con un vivo exponente de la sabiduría arcaica, de la íntima relación con el bosque y los ritmos naturales: el cazador Dersu Uzala. En 1923, Arserniev publica un libro sobre sus viajes, durante los cuales conoce a Dersu. No podía imaginar entonces que sus recuerdos serían luego el alimento para una de las obras de mayor poesía y humanismo en la historia del cine de autor. Aquí presentamos un texto personal sobre el film de Kurosawa y sobre la perdida cosmovisión de un solitario cazador.

http://www.dersuuzala.info/?p=78

Más sobre la obra de V.Arseniev:

VLADIMIR ARSENEV Klavdievich
Amir A. Khisamutdinov

В.К.АрсеньевПамятник В.К.Арсеньеву в г.Арсеньеве

Vladivostok
En las selvas de Primorie
En el borde del Ussuri con Dersu Uzala
En el Sikhote-Alin. Muerte Dersu
Bajo el lema del Jubileo en la taiga
En San Petersburgo
En la región montañosa de Jan De Yange
Tesoro en Korfovskoy y un viaje a Kamchatka en 1918
Estilo de Vida
Cómo convertirse en un viajero
Aventuras en Gizhiga
En Comandantes
En la sociedad de la región de Amur
Calumnia
En una recepción en el KGB
En Khabarovsk
Anyuiskiy expedición y la denuncia
Último viaje
Reunión del “lobo de mar y la taiga”
Tras Dersu
Más información en el servidor:
Ensayos sobre la historia de la investigación en el Lejano Oriente ruso
Ciencia
Mar Museo del Estado de im.V.K.Arseneva
fotos usados de los álbumes de fotos Vladimir Arseniev Klavdievich, Vladivostok, editorial “Ussuri”, 1997